martes, 23 de junio de 2026

Amores traicionados


En las paredes desconchadas también habitan historias calladas: relatos de desamor, celos e infidelidades. La naturaleza de los muros se parece más de lo que creemos a la naturaleza humana.
Poco importa que no podamos reconocer la especie ni el sexo de los implicados. Aun así, resulta fácil intuir emociones: la tristeza y la soledad en ese fragmento aislado que parece haberse desprendido del resto, y, al mismo tiempo, el afecto y la ternura en esos otros trozos que, acercándose apenas, semejan darse un beso casto y silencioso.
Tal vez las paredes, como las personas, también conservan cicatrices; y en cada grieta, queda adherido el eco de una historia que ya nadie recuerda, pero que todavía puede sentirse.

lunes, 22 de junio de 2026

Cossos Presents


​El retrato fotográfico y su diálogo con la palabra escrita son dos de las disciplinas que más me apasionan; una combinación idónea para difundir ideas y dar voz a proyectos sociales. Aunque me siento cómodo trabajando la narrativa visual en otros ámbitos de la fotografía, debo confesar que con el retrato mi relación es compleja: entre la proliferación de los selfies y el generalizado miedo a la cámara, capturar la esencia de un rostro se ha convertido en un verdadero desafío.
​Con estas reflexiones en mente, me acerqué al Casal de Barri de la Prosperitat. Mi intención inicial era simplemente tomar un café y evocar viejos tiempos; recordar, por ejemplo, aquel reportaje de El País sobre el ajedrez gigante que la asociación Jaque al Rey instalaba en la plaza Ángel Pestaña, o el programa de iniciación al ajedrez Leonart que grabamos en 2008 para Televisión Española junto al Gran Maestro Miguel Illescas.
​Sin embargo, tras el café, me encontré con la exposición "Cossos presents" (Cuerpos presentes). La muestra, promovida por la Fundació Enllaç de Barcelona, articula con maestría el retrato fotográfico del artista visual chileno Felipe Robles con las entrevistas y textos del psicólogo y dinamizador Adri Bartolomé.
​Es precisamente en esta propuesta donde la relación entre texto e imagen cobra todo su sentido político y social. La exposición presenta primeros planos entrañables, directos y espontáneos de personas mayores del colectivo LGTBQ+, acompañados de cartelas que sintetizan biografías complejas, a menudo marcadas por el desarraigo o el sufrimiento. Lejos de caer en el melodrama, el texto complementa la mirada de los protagonistas: donde la palabra narra la dificultad histórica, las imágenes responden con complicidad, alegría, serenidad y esperanza. Es un magnífico ejemplo de cómo la fotografía y el testimonio escrito se necesitan mutuamente para romper la invisibilidad y devolver la dignidad, recordándonos virtudes de las que, desgraciadamente, hoy no andamos sobrados.

viernes, 19 de junio de 2026

30 horas, 810 cm y 42 fotos

⚡️ 30 horas, 810 centímetros y 42 fotografías. Así es el proyecto de los alumnos de 3º de ESO que ya puedes visitar en el Centro Cívico Can Basté.
​Una recopilación de retratos y miradas de Turó de la Peira y Can Peguera que nos demuestran el poder de la fotografía joven. Nos muestran realidades tranquilas, inquietas, divertidas y profundamente sinceras que te hacen conectar con el barrio de una forma única.
​¡Una exposición que te remueve por dentro y te contagia las ganas de volver a empezar y mirar el mundo con la inocencia de los 15 años! 🎞️👇
​Ven a descubrir el talento de estos futuros fotógrafos.
​#ExposiciónBarcelona #NouBarris #FotografiaEnCurs #TalentoJoven #CulturaProximidad #BarcelonaCultura

​💡

martes, 16 de junio de 2026

El 183


​Vengo de visitar las magníficas exposiciones de Matisse y el desenfoque en CaixaForum, pero la muestra que hoy me ha encogido el corazón y me ha llenado de orgullo es mucho más cercana. Hablo de la exposición fotográfica escolar realizada por las alumnas y alumnos de 1º y 2º de ESO del Institut Escola Mestre Morera en la Biblioteca Zona Nord.
​A través de sus objetivos, estos jóvenes han retratado el alma, la cotidianidad y la dignidad de Torre Baró, Ciutat Meridiana y Vallbona. Capturas del autobús 183 uniendo caminos, las miradas de los vecinos en las paradas, los campos de fútbol entre bloques y la vida que transcurre en la Zona Nord.
​A veces nos quejamos por vicio. Al ver esto, uno se pregunta: ¿dónde habría llegado un doctor en Bellas Artes si en su juventud hubiera tenido la suerte de contar con profesores de fotografía como los de este proyecto?
​Frente a tantas tonterías (y cosas peores) que inundan las redes sociales, este proyecto didáctico nos demuestra que la educación pública y el arte local son las mejores herramientas para transformar la mirada de los jóvenes y tejer comunidad.
​¡Mi más sincera enhorabuena a los alumnos por su inmensa calidad técnica y artística, y al centro por un montaje impecable! 👏🏫❤️
​#ArteComunitario #ZonaNord #NouBarris #EducaciónPública #MestreMorera #FotografíaSocial #TorreBaró #CiutatMeridiana #Vallbona #TalentoJoven

martes, 2 de junio de 2026

Morir matando. 2026

Sé que hay mucha gente que me ignora, que me mira mal, que no me comprende, que me envidia, que me compadece y que me desprecia. Seguro que algo habré hecho; no me cabe duda. Sin embargo, no lo comprendo. No estoy metido en política, saludo a todo el mundo y echo una mano a mucha gente.
Es cierto que me acuesto temprano, doy largos paseos, nado un poco y monto en la bicicleta estática de vez en cuando. Confieso que trato de leer tres o cuatro libros al mes, que leo la prensa todos los días, que me gusta desayunar con mi mujer y tomar café con mis amigos. Supongo que hago más fotos con el móvil de las que debería. Pero también fotografío con cámara digital y con una cámara de carrete de paso universal.
Puede que escriba poco y que no me aclare con mis papeles ni con mis archivos digitales. A veces me arrepiento de dedicar más tiempo a la inteligencia artificial que a mis amigos enfermos. También confieso que me gusta viajar un poco, escuchar música en CD, ver alguna que otra película y evocar los mejores años de mi vida.
Reconozco que soy un viejo pensionista que recuerda con relativa frecuencia su etapa laboral. No me gustan las guerras, no creo en las verdades eternas, me gusta soñar despierto y añoro los tiempos en que dormía de un tirón, mis sentidos eran más agudos y mi creatividad estaba en estado de gracia.
Por razones evidentes, estoy a la defensiva. Pero sigo dispuesto a luchar y, si fuera necesario, a morir matando.

martes, 26 de mayo de 2026

Jornada Antitabaco. Camporrobles

Tabaquismo

🚭💙 Hoy en Camporrobles hemos disfrutado de una bonita jornada de concienciación sobre los riesgos del tabaquismo organizada por nuestro centro de salud.
Durante la mañana, los participantes pudimos medir nuestro nivel de CO₂ y, quienes como yo conseguimos bajar de 5, ¡estamos aprobados! 👏😊
Además, realizamos una caminata a buen ritmo invitando a todos los vecinos a sumarse y apostar por hábitos más saludables. Para reponer fuerzas, disfrutamos de una refrescante degustación de sandía 🍉, un momento perfecto para compartir conversaciones y pasar un rato agradable entre vecinos.
Las enfermeras también nos informaron sobre un próximo taller para dejar de fumar y nos animaron a cuidar nuestra salud y llevar una vida más sana.
Gracias a todas las personas que participaron y al personal sanitario por su implicación y cercanía. ¡Pequeños pasos que suman mucho para nuestro bienestar! 💪🌿

lunes, 18 de mayo de 2026

Caminar 10.000 pasos

Modestamente, y sólo en mis mejores mañanas, a veces me permito imitar al gran Francesc Català-Roca en su etapa de jubilado. Català paseaba por Barcelona con una pequeña cámara de bolsillo equipada con un objetivo Zeiss, caminando sin prisa, como corresponde a los hombres que ya han dejado de fingir que el tiempo les pertenece. Se detenía en lugares particularmente fotogénicos, escogía una posición discreta y estratégica y esperaba. Esperaba simplemente a que ocurriera algo. O, más exactamente, a que la realidad tuviera la cortesía de organizarse ante sus ojos.
Ese gesto aparentemente inútil —esperar en una esquina a que pase una sombra, un perro, una pareja discutiendo o una anciana con bolsas de la compra— contiene probablemente más sabiduría que muchos tratados de productividad contemporánea.
Yo intento caminar diez mil pasos diarios, como recomiendan ahora médicos, relojes inteligentes y aplicaciones obsesionadas con evitar que muramos demasiado pronto. Así que me detengo menos que Català y, lamentablemente, tampoco poseo su mirada fotográfica. Él encontraba geometrías secretas; yo, con suerte, encuentro una farola torcida y un perro resignado.
Sin embargo, de vez en cuando hago alguna fotografía que me parece digna de salvarse del olvido inmediato. No digo una gran fotografía. No exageremos. A cierta edad uno aprende que la modestia no es una virtud: es simplemente una forma elegante de evitar el ridículo.
Por comodidad y discreción utilizo un smartphone. En este caso, un Huawei P40 con objetivo Leica, que funciona sorprendentemente bien para estos ejercicios de flânerie suburbana. Hay algo deliciosamente irónico en utilizar una tecnología diseñada para consumir vídeos idiotas y mensajes instantáneos con el propósito ligeramente anticuado de mirar el mundo.
Porque eso hacía el viejo flâneur: mirar.
Charles Baudelaire inventó la figura del flâneur como ese paseante urbano que vaga sin rumbo productivo, entregado a la observación minuciosa de la vida moderna. Más tarde, Walter Benjamin convirtió al flâneur en una especie de héroe melancólico de la ciudad contemporánea. Un espía sentimental del capitalismo. Un jubilado avant la lettre.
Y hay que reconocer que la jubilación favorece muchísimo el flâneurismo. El jubilado dispone precisamente de aquello que el capitalismo considera sospechoso: tiempo libre y lentitud. El jubilado pasea sin finalidad visible, y eso inquieta. La sociedad tolera mejor al corredor exhausto que al paseante contemplativo. El runner parece disciplinado; el jubilado que se detiene a mirar un balcón parece un individuo potencialmente peligroso o, peor aún, alguien que piensa.
Pasear tiene además un efecto terapéutico del que se habla poco. Caminar varias horas por la ciudad permite una saludable suspensión de la neurosis privada. Uno sale de casa preocupado por la tensión arterial, la factura de la luz o el deterioro de las rodillas y termina observando cómo un gato contempla el mundo desde un balcón con una serenidad budista.
La fotografía callejera cumple una función parecida. Obliga a prestar atención. Y prestar atención es quizá la forma más humilde y eficaz de meditación laica.
Mientras uno encuadra una sombra o espera a que un anciano cruce lentamente la acera con su perro, desaparece durante unos segundos el ruido mental habitual: la política, los suplementos culturales, el colesterol LDL y las noticias apocalípticas sobre inteligencia artificial. La cámara —incluso la humilde cámara del teléfono— actúa como una prótesis de la curiosidad.
En la fotografía que acompaña estas líneas aparece precisamente uno de esos momentos mínimos que probablemente no interesan a casi nadie y que, sin embargo, contienen una extraña densura humana. Un jubilado pasea a un perro. Arriba, en el balcón, otro animal observa la escena con esa superioridad moral que sólo poseen los gatos y algunos funcionarios de Hacienda. Una sábana cuelga atravesando la imagen como una bandera doméstica de rendición civil. La luz del mediodía organiza las sombras con una precisión casi teatral.
Nada extraordinario sucede. Y, sin embargo, sucede exactamente la vida.
Eso era lo que comprendían fotógrafos como Català-Roca: la épica verdadera de las ciudades no está en los monumentos sino en las pequeñas coreografías involuntarias de la gente corriente. Un hombre caminando. Un perro cansado. Un balcón desordenado. La ropa secándose al sol. La lenta decadencia de las fachadas. El milagro estadístico de que todos esos elementos coincidan durante una fracción de segundo.
Naturalmente, las redes sociales suelen recibir estas imágenes con una indiferencia devastadora. Uno sube la fotografía convencido de haber capturado una delicada meditación visual sobre la condición humana y obtiene tres “me gusta”: uno de un antiguo compañero de trabajo, otro de un primo que se ha equivocado de botón y un tercero generado probablemente por un bot ruso especializado en contenido geriátrico.
Las redes sociales prefieren otras cosas: gatos haciendo parkour, indignaciones instantáneas o fotografías de desayunos escandinavos. La contemplación lenta del espacio urbano compite mal contra una receta de tortilla viral.
Pero quizá esa indiferencia sea incluso saludable.
El fotógrafo aficionado jubilado descubre tarde o temprano que fotografiar no sirve para triunfar socialmente sino para sostener una conversación silenciosa con el mundo. Una conversación privada y ligeramente absurda. Uno sale a caminar con la vaga esperanza de encontrar algo que merezca ser mirado y regresa a casa con la sospecha de que el simple hecho de haber mirado ya justificaba el paseo.
Tal vez por eso tantos jubilados caminan.
Caminan para mantener a raya el azúcar, la hipertensión y la melancolía. Pero también para seguir formando parte del movimiento general de la ciudad. El jubilado sedentario desaparece lentamente; el jubilado que pasea todavía pertenece al paisaje humano.
Y si además lleva una pequeña cámara en el bolsillo —aunque sea un vulgar teléfono móvil con pretensiones Leica— puede incluso llegar a experimentar la ilusión maravillosa de que aún participa modestamente en la vieja tarea de descifrar el mundo.
No está mal para una mañana cualquiera.

viernes, 15 de mayo de 2026

Manual de l'escaquista veterà amb sentit comú



​Els escacs per internet ens han venut la idea que és fàcil jugar. Ja no cal anar a un club o a un cafè. Ara el rival és a un clic. Però, a quin preu?
​L'algoritme que aparella jugadors és sàdic. Et junta amb algú del teu nivell perquè pateixis sempre. En el vell casino d'abans, et podies trobar amb l'avi amable a qui guanyaves, o amb el mestre local que t'aixafava en deu moviments. Hi havia un ordre, hi havia història, hi havia vida. El programa, en canvi, et condemna a un avorriment de números: guanyaràs la meitat de les teves partides i perdràs l'altra meitat. És una igualtat digital que ens treu el dret a creure'ns millors del que som.
​La ment en els escacs per internet és la ment dividida. Jugar en una pàgina no és "jugar amb algú", és jugar contra una ombra mentre la teva vida real s'estripa al teu voltant.
​Fer moltes coses alhora: Al club i al cafè està mal vist mirar el mòbil mentre jugues. A casa, jugues una obertura mentre vigiles que la llet no vessi, escoltes les notícies de la fi del món i li dones una llaminadura al teu gosset o acaricies el teu gat. El resultat són uns escacs "ensaladilla": una mica de tècnica, una mica de distracció i molta deixadesa.
​Llocs estranys: Es juga a la sala d'espera del dentista, al metro o, siguem sincers, al bany. Els escacs han passat de ser el "Joc dels Reis" a ser el "Passatemps de l'estrenyit". Com hem de pensar bé una jugada complicada quan el lloc ens convida a acabar ràpid per raons del cos?
​Jugar en una pàgina web ens aïlla. Al club, si et mengen la dama, pots veure l'alegria en els ulls del rival, olorar el seu triomf, sentir la tensió. Els escacs són un esport de contacte mental. Per internet, el contacte es redueix a un missatge que diu "bon joc" (si el rival és educat) o a un insult en lletres rares (si no ho és).
​Hem canviat l'encaixada de mans al final de la partida per un botó que diu "Un altre cop". No busquem aprendre, busquem venjar-nos de seguida d'una icona que ben bé podria ser un programa o un nen de vuit anys en pijama a Singapur.
​Parlem de les partides d'un minut i altres de semblants. Això no són escacs; és un examen de reflexos per a pilots amb problemes de nervis. Per al jugador gran, les idees del qual ja no van tan ràpides, aquestes partides són una trampa mortal. Intentar pensar una jugada difícil a aquesta velocitat és com intentar fer un sudoku mentre et persegueix un lleó: el més segur és que acabis movent el ratolí sense cap sentit.
​El truc del ratolí: A aquest ritme, guanya qui té millor internet. Es perd per temps en posicions que són fàcils de guanyar, cosa que fa una ràbia que només es calma... jugant una altra partida. I així, fins a les tres de matinada.
​Els escacs per internet haurien de ser l'aperitiu, mai el plat fort. Juguem-hi, sí, però amb la calma de qui sap que la vida passa fora de la pantalla.
​La mesura justa: Proposo un màxim de tres partides al dia a ritme més lent (15 minuts + 10 segons, o bé 10+2). Jugar amb el televisor apagat. Amb la família avisada que "estem pensant".
​Tornar al cafè, al club, al casino: Recuperem la partida on es pot parlar de la jugada, on l'error es comparteix amb un somriure i on, si perds, almenys et queda el consol d'una cervesa o un cafè amb llet.
​Si seguim per aquest camí de velocitat absurda i soledat digital, acabarem tenint un dit polze ben inflat i sense saber parlar amb ningú més de seixanta segons.
​Recordi, estimat lector: els escacs es van inventar perquè dues ments es trobessin en un camp de batalla d'idees, no perquè dues persones ignorin els seus veïns mentre mouen peces virtuals a la parada de l'autobús.
​Baixi el ritme. Respiri. Miri el seu rival als ulls (encara que sigui per videotrucada, si no hi ha res més). I sobretot, no jugui a un minut si ja té fils de plata a la barba; el seu metge del cor l'hi agrairà.
​Resum del "Manual de l'Escaquista amb Sentit Comú":
​El rival no és un programa, encara que jugui com si ho fos.
​El bany no és un club d'escacs.
​Guanyar per temps en una jugada de mat en un moviment és legal, però fa lleig.
​Una partida en un cafè val més que mil clics.
​El silenci és el millor amic per pensar; la ràdio només serveix per excusar per què has perdut la torre.

Manual de ajedrecista veterano con sentido común


El ajedrez por internet nos ha vendido la idea de que es fácil jugar. Ya no hace falta ir a un club o un café. Ahora el rival está a un clic. Pero, ¿a qué precio?
El programa que empareja jugadores es sádico. Te junta con alguien de tu nivel para que sufras siempre. En el viejo casino  de antes, te podías encontrar con el "abuelo bueno" al que le ganabas, o con el "maestro local" que te aplastaba en diez movimientos. Había orden, había historia, había vida. El programa, en cambio, te condena a un aburrimiento de números: ganarás la mitad de tus partidas y perderás la otra mitad. Es una igualdad digital que nos quita el derecho a creernos mejores de lo que somos.

La mente en el ajedrez por internet es la mente dividida. Jugar en una página no es "jugar con alguien", es jugar contra una sombra mientras tu vida real se deshace a tu alrededor.

.Hacer varias cosas a la vez: En el club y en el café está mal visto mirar el móvil mientras juegas. En casa, juegas una apertura mientras vigilas que la leche no se salga, escuchas las noticias del fin del mundo y le das una chuche  a tu perrito "furia"  o acaricias a tu gato "calcetines". El resultado es un ajedrez "ensaladilla": un poco de técnica, un poco de despiste y mucha dejadez.
· Lugares raros: Se juega en la sala de espera del dentista, en el metro o, seamos sinceros, en el baño. El ajedrez ha pasado de ser el "Juego de los Reyes" a ser el "Pasatiempo del estreñido". ¿Cómo vamos a pensar bien una jugada complicada cuando el sitio nos invita a terminar rápido por razones de cuerpo?

Jugar en una página web nos aísla. En el club, si te comen la dama, puedes ver la alegría en los ojos del rival, oler su triunfo, sentir la tensión. El ajedrez es un deporte de contacto mental. Por internet, el contacto se reduce a un mensaje que dice "buen juego" (si el rival es educado) o a un insulto en letras raras (si no lo es).

Hemos cambiado el apretón de manos al final de la partida por un botón que dice "Otra vez". No buscamos aprender, buscamos vengarnos enseguida de un icono que bien podría ser un programa o un niño de ocho años en pijama en Singapur.

Hablemos de las partidas de un minuto y otras parecidas. Esto no es ajedrez; es un examen de reflejos para pilotos con problemas de nervios.

Para el jugador mayor, cuyas ideas ya no van tan rápidas, estas partidas son una trampa mortal. Intentar pensar una jugada difícil a esa velocidad es como intentar hacer un sudoku mientras te persigue un león: lo más seguro es que termines moviendo el ratón sin ningún sentido.

· El truco del ratón: A este ritmo, gana el que tiene mejor internet. Se pierde por tiempo en posiciones que son fáciles de ganar, lo que da una rabia que solo se calma... jugando otra partida. Y así, hasta las tres de la mañana.

El ajedrez por internet debería ser el aperitivo, nunca el plato fuerte. Juguemos, sí, pero con la calma de quien sabe que la vida pasa fuera de la pantalla.

· La medida justa: Propongo un máximo de tres partidas al día a ritmo lento (15 minutos más 10 segundos , o10 +2). Jugar con el televisor apagado. Con la familia avisada de que "estamos pensando".
· Volver al café, al club, al casino, al centro social: Recuperemos la partida donde se puede hablar de la jugada, donde el error se comparte con una sonrisa y donde, si pierdes, al menos te queda el consuelo de una cerveza o un café con leche.

Si seguimos por este camino de velocidad absurda y soledad digital, acabaremos teniendo un dedo gordo hinchado y sin saber hablar con nadie más de sesenta segundos.

Recuerde, querido lector: el ajedrez se inventó para que dos mentes se encontraran en un campo de batalla de ideas, no para que dos personas ignoren a sus vecinos mientras mueven piezas virtuales en la parada del autobús.

Baje el ritmo. Respire. Mire a su rival a los ojos (aunque sea por videollamada, si no hay otra cosa). Y sobre todo, no juegue a un minuto si ya tiene canas en la barba; su médico del corazón se lo agradecerá.

Resumen del "Manual del Ajedrecista con Sentido Común":

1. El rival no es un programa, aunque juegue como uno.
2. El baño no es un club de ajedrez.
3. Ganar por tiempo en una jugada de mate en un movimiento es legal, pero mal visto.
4. Una partida en un café vale más que mil clics.
5. El silencio es el mejor amigo para pensar; la radio solo sirve para excusar por qué has perdido tu torre.

lunes, 11 de mayo de 2026

¿Cámara digital o móvil?

Al jubilarse, Ernesto sintió que el tiempo, por fin, volvía a ser suyo. Durante décadas había soñado con dedicarse a la fotografía de retrato, pero la vida —esa mezcla de prisas, obligaciones y silencios— siempre lo había empujado hacia otros caminos. Ahora, con el reloj a su favor, decidió que era el momento de comprarse un buen equipo. Claro que, para un hombre de su generación, navegar por la revolución digital no era precisamente un paseo.

Pasó noches consultando con la almohada, otras navegando por webs interminables y preguntando a la IA, que le respondía con una mezcla de precisión técnica y frialdad matemática. También visitó tiendas de fotografía donde los dependientes, jóvenes y veloces, parecían hablar un dialecto futurista. Entre sensores, procesadores y algoritmos, Ernesto se sentía a veces invisible, como si la sociedad hubiera decidido que la curiosidad de los mayores ya no importaba.

Por eso agradeció tanto el café con Julián, su amigo de siempre, en el bar del centro deportivo. Allí, entre el aroma a tostadas y el eco de las pelotas de pádel, discutieron como dos viejos sabios. Coincidieron en la magia de las lentes fijas, sobre todo las alemanas, y en la fiabilidad casi zen de las cámaras japonesas. Dudaron entre full frame o APS‑C, entre el clásico 50 mm o el elegante 80. Se quejaron del peso de las cámaras modernas y admitieron, con cierta resignación, que los móviles de alta gama hacían maravillas… al menos para ver en pantalla.

Ambos habían expuesto, concursado, publicado. Y aun así, las nuevas generaciones los ignoraban. Peor aún: en sus propias familias, retratar a nietos, hijos o cuñados se había vuelto misión imposible. Y cuando intentaban fotografiar a desconocidos, muchos los miraban con sospecha, como si una cámara fuese ya un presagio de algo malo.

Aun así, mientras apuraban el café, Ernesto sintió que la pasión seguía intacta. Y eso, pensó, era lo único que realmente importaba.

sábado, 9 de mayo de 2026

Torre Roja

En 2016 llegué a Ciutat Meridiana con muchas ganas de echar raíces. Poco después conocí a Enrique Martín, fundador del primer club de ajedrez del barrio, y a Antonio Fàbregas, entre muchas otras cosas excampeón de Catalunya de Preferente. Con ellos compartí largas conversaciones, cafés y partidas donde no solo se hablaba de aperturas y finales, sino también de cómo devolverle vida al ajedrez en el barrio. Soñábamos con refundar el club, y llenar de tableros y relojes las mesas del Centre Cívic Zona Nord y recuperar ese espacio donde cada movimiento sirve para pensar, aprender y encontrarse.
El Centre Cívic nos abrió las puertas y nos dio facilidades. Parecía que la partida empezaba bien planteada. Pero la vida, como el ajedrez, también obliga a defender posiciones difíciles. La pandemia, los problemas laborales y las enfermedades fueron retrasando aquel proyecto. Y en medio de esa partida dura, Enrique nos dejó para siempre. Antonio, por su parte, tuvo que marcharse del barrio. Fueron pérdidas dolorosas, de esas que dejan el tablero en silencio durante un tiempo.
Pero el ajedrez enseña que nunca hay que abandonar mientras quede una jugada posible.
Hoy Torre Roja reúne a aficionados y amigos del ajedrez de Ciutat Meridiana, Torre Baró, Vallbona y otros barrios cercanos. Nos encontramos en el Centre Cívic Zona Nord los martes por la mañana y los viernes por la tarde. Y allí donde nos llamen, porque creemos en un ajedrez abierto, popular y de barrio.
Jugamos, enseñamos, aprendemos, compartimos tiempo y hacemos comunidad. Cada partida es una excusa para hacer amigos, tender puentes entre generaciones y demostrar que el ajedrez no es solo un juego, sino también cultura, convivencia y esperanza. Disponemos de sala, material de juego y una pequeña biblioteca que seguimos construyendo entre todos, pieza a pieza.
Nos gustaría seguir difundiendo y practicando el ajedrez, mantener vivo el legado de quienes empezaron esta historia y abrir el tablero a cualquiera que quiera acercarse. Porque en barrios como el nuestro, cada ayuda cuenta y cada apoyo puede cambiar la partida.

domingo, 26 de abril de 2026

Entre Antonioni y Cortázar

  I. El ojo de la aguja: Entre Antonioni y el "cronopio"
​Aunque la estética gélida y el voyeurismo de Blow-Up me fascinan, mi brújula interna siempre señala hacia el Roberto Michel de «Las babas del diablo». Como el protagonista de Cortázar —y como el propio Julio—, vivo en esa tensión constante entre el signo escrito y el grano de la película, lidiando a menudo con cefaleas que parecen el precio a pagar por mirar demasiado. No aspiro a la alquimia verbal del autor de Rayuela, pero me obsesiona explorar esa frontera donde la literatura y la fotografía se solapan, un territorio que W.G. Sebald transitó como nadie, demostrando que una imagen no ilustra un texto, sino que lo acecha.
​Mis análisis se nutren de la analogía orgánica que Cortázar plantea en «Algunos aspectos del cuento», donde el relato es a la fotografía lo que la novela es al cine: una victoria por knock-out basada en la limitación del campo visual. Sin embargo, mi praxis se aleja de la suya. Siguiendo la estela de Man Ray, utilizo la cámara para «escribir» aquello que el lenguaje no alcanza a nombrar, y la pluma para diseccionar la ontología de la imagen.
​La deriva urbana y el punctum
​Mi escenario es la periferia, la conurbación barcelonesa. Me reconozco como un flâneur a la manera de Baudelaire o Walter Benjamin, pero mi interés no reside en el centro histórico, sino en los «no-lugares» de Marc Augé: desastres urbanísticos, grafiti y esa humanidad periférica que Joan Colom capturó con cámara oculta en el Raval. No busco la postal; huyo de ella. Incluso en vacaciones, mi mirada se impone una disciplina casi ascética para evitar el cliché turístico, buscando lo que Susan Sontag definía como la fotografía como «gramática y ética de la visión».
​Reivindico el error y el azar. A menudo, el sentido de una toma no reside en el sujeto principal (el studium), sino en ese detalle imprevisto, el punctum de Roland Barthes, que a menudo aparece fuera de foco o en un rincón de la composición. Por ello, cuestiono el dogma del «instante decisivo» de Cartier-Bresson. A veces, el instante no es decisivo por lo que sucede, sino por lo que el revelado y el reencuadre permiten «hacer suceder» a posteriori. La fotografía no es solo el disparo; es la autopsia posterior en el laboratorio.
​II. El gambito del revelador
​El laboratorio es mi santuario. El blanco y negro me permite una libertad demiúrgica que el color, con su automatismo industrial y su química caprichosa, me niega. Es en la cubeta, bajo la luz roja —tan cinematográfica como un encuadre de Hitchcock en La ventana indiscreta—, donde la realidad se reconstruye.
​La jugada pospuesta
​Recuerdo con especial nitidez un retrato que hice durante un torneo de ajedrez. La imagen capturaba a un jugador en el trance de la jugada secreta. Su rostro era un mapa de tensiones: el ojo izquierdo vigilando al rival, la mano derecha ocultando la frente, como el protagonista de La defensa Luzhin de Nabokov, atrapado en un laberinto mental donde el mundo exterior ha dejado de existir.
​En aquel momento, yo solo veía el gesto, la máscara. Como fotógrafos, sufrimos una suerte de ceguera selectiva; somos testigos que, por mirar el árbol, ignoramos el bosque. Es la paradoja del observador que describe Dziga Vertov con su «cine-ojo»: la lente ve más que el cerebro. Solo al ampliar la copia en el laboratorio, pude leer la verdad del tablero: jugada 40, una estructura de peones que evocaba una apertura cerrada, pero con boquetes en el flanco de rey que gritaban una vulnerabilidad absoluta.
​La lógica frente a lo inefable
​Pasé de ser un observador a ser el analista de El mundo de ayer de Stefan Zweig. Procesé la posición con un motor de ajedrez y consulté El arte del sacrificio en ajedrez de Rudolf Spielmann. La teoría era clara: un ataque a la bayoneta digno de Bobby Fischer. Pero la realidad, como en los mejores cuentos de Borges, siempre guarda un reverso inesperado.
​Al regresar al torneo, descubrí que la partida ni siquiera se había reanudado. Unas tablas pactadas por intereses estratégicos —la obtención de una norma de Maestro Internacional— habían desactivado toda la violencia lógica que mi ordenador y yo habíamos previsto.
​Aquella tarde comprendí que hay una zona de sombra que ni la emulsión de plata, ni los algoritmos más potentes, ni la dialéctica del ajedrez pueden iluminar: la voluntad humana, con sus pactos prosaicos y sus silencios, siempre escapa al encuadre.
 

miércoles, 22 de abril de 2026

El sentit comú...


​Ara que s'acosta el Dia del Llibre, em sembla un bon moment per mirar enrere i recordar el primer llibre d'escacs que va caure a les meves mans: El sentido común en ajedrez, de l'excapió del món Emanuel Lasker (Editorial Escaques, Barcelona, 1971).
​Aquell llibre no va ser només una lectura, sinó també la porta d'entrada a un món que m'acompanyaria tota la vida. Sobre les seves pàgines es basava el curs d'escacs que impartia el senyor Bechini, membre de l'Associació de Pares del col·legi La Salle Congrés i jugador del primer equip del Club d'Escacs Congrés.
​Vaig aprendre molt en aquelles classes, però potser vaig aprendre encara més en la intimitat silenciosa de la lectura, amb aquell exemplar que el meu pare em va regalar i que conservo a la memòria com un d'aquells regals que no envelleixen.
​Amb La Salle Congrés vam arribar a conquerir el Campionat Escolar de Barcelona. Més tard, amb el Club d'Escacs Congrés, vam ser campions de Catalunya juvenil per equips. Van ser anys de taulers, torneigs, viatges i amistats; anys en els quals els escacs eren una manera de mirar el món.
​I, entre partida i partida, van anar arribant molts altres llibres: Luděk Pachman, José Raúl Capablanca, Aaron Nimzowitsch, Bobby Fischer… autors que no només ensenyaven obertures o finals, sinó també una manera de pensar.
​L'últim a sumar-se a aquesta biblioteca personal ha estat l'estudi de Jaume Viñals, Manual de ajedrez para jugadores veteranos, sobre la pràctica dels escacs en els escaquistes federats més grans, una lectura que confirma que aquest joc no entén d'edats, sinó de passió.
​Fa poc també hem posat en marxa una biblioteca d'escacs a Torre Roja, com qui retorna al tauler una petita part de tot el que ha rebut. Vaig participar, a més, com a fotògraf en el llibre de Josep Guixà 100 anys, Federació Catalana d’Escacs, i moltes de les meves imatges han trobat el seu lloc a la revista Jaque, a la Revista Internacional de Ajedrez i al Butlletí d’Escacs.
​No sé encara com m'agradaria acomiadar-me d'aquest món: si llegint, escrivint, fotografiant, lluitant contra el drac o jugant a escacs. Però sí que tinc clara una cosa: m'agradaria fer-ho amb la serenitat de qui ha viscut intensament i, si és possible, amb una rosa als llavis.

martes, 21 de abril de 2026

El sentido común en ajedrez

Ahora que se acerca el Día del Libro, me parece un buen momento para volver la vista atrás y recordar el primer libro de ajedrez que cayó en mis manos: El sentido común en ajedrez, del excampeón del mundo Emanuel Lasker (Editorial Escaques, Barcelona, 1971).
Aquel libro no fue solo una lectura, sino también la puerta de entrada a un mundo que me acompañaría toda la vida. Sobre sus páginas se apoyaba el curso de ajedrez que impartía el señor Bechini, miembro de la Asociación de Padres del colegio La Salle Congreso y jugador del primer equipo del Club Ajedrez Congreso.
Aprendí mucho en aquellas clases, pero quizá aprendí todavía más en la intimidad silenciosa de la lectura, con ese ejemplar que mi padre me regaló y que conservo en la memoria como uno de esos regalos que no envejecen.
Con La Salle Congreso llegamos a conquistar el Campeonato Escolar de Barcelona. Más tarde, con el Club Ajedrez Congreso, fuimos campeones de Cataluña por equipos. Fueron años de tableros, torneos, viajes y amistades; años en los que el ajedrez era una forma de mirar el mundo.
Y, entre partida y partida, fueron llegando muchos otros libros: Luděk Pachman, José Raúl Capablanca, Aaron Nimzowitsch, Bobby Fischer… autores que no solo enseñaban aperturas o finales, sino también una manera de pensar.
El último en sumarse a esa biblioteca personal ha sido el estudio de Jaume Viñals sobre la práctica del ajedrez en los jugadores veteranos, una lectura que confirma que este juego no entiende de edades, sino de pasión.
Hace poco también hemos puesto en marcha una biblioteca de ajedrez en Torre Roja, como quien devuelve al tablero una pequeña parte de todo lo recibido. Participé además como fotógrafo en el libro del centenario de la Federació Catalana d’Escacs, y muchas de mis imágenes han encontrado su lugar en la revista Jaque, en la Revista Internacional de Ajedrez y en el Butlletí d’Escacs.
No sé aún cómo me gustaría despedirme de este mundo: si leyendo, escribiendo, fotografiando o jugando al ajedrez. Pero sí tengo clara una cosa: me gustaría hacerlo con la serenidad de quien ha vivido intensamente y, si es posible, con una rosa en los labios.

lunes, 20 de abril de 2026

Marco Aurelio



​Me encuentro estos días habitando las páginas de El sueño de Marco Aurelio, el estudio donde Frédéric Lenoir disecciona el alma del emperador filósofo. Por una de esas síncronas derivas del espíritu, un buen amigo, que hoy lidia con los rigores de la enfermedad, se ha refugiado recientemente en las Meditaciones de aquel césar.
​Acaso movidos por esa inercia estoica, ayer nos reunimos frente a una mesa de café. Allí, entre tazas cargadas de cafeína y una templanza compartida, la tecnología y la finitud se dieron la mano: mientras yo intentaba descifrar los laberintos de su teléfono móvil, él intentaba descifrar los del destino. Nos emplazamos para el próximo martes, sellando el encuentro con esa sentencia que Marco Aurelio grabó en la piedra del tiempo: vivir cada jornada como si en ella se agotara el mundo.
​Que la salud nos sea propicia a todos.







domingo, 19 de abril de 2026

Memoria de luces y sombras


​Apenas frecuento ya las salas de cine. Hoy, mi ritual se ha vuelto más íntimo: busco tesoros en formato DVD en las estanterías de las bibliotecas públicas, alimentando una pequeña colección personal donde el cine mudo —esos susurros de principios del siglo XX— ocupa un lugar de honor.
​Sin embargo, mi memoria siempre regresa a aquel haz de luz que el sacerdote de la parroquia de San Esteban proyectaba en la penumbra. En mi infancia, la magia eran los westerns, las peripecias de Charlot o las desventuras de El Gordo y el Flaco. Poco después, cuando cumplí los diez años, la primera televisión en blanco y negro colonizó mi salón. Guardo con una ternura intacta el recuerdo de Locomotoro, Valentina y el Capitán Tan, aunque el tiempo, siempre generoso, acabó por abrirme las puertas a los ciclos de Humphrey Bogart y Marilyn Monroe.
​Por aquel entonces, la figura de mi tío José Martínez irrumpía de vez en cuando en Barcelona. Venía de Perpiñán, donde se había afincado en los años treinta, y traía consigo un aura más francesa que española. Fue él quien, con su cámara, capturó mis primeras imágenes domésticas en color; y fue él quien me llevó de la mano a descubrir la inmensidad de La conquista del Oeste en el mítico Cinerama del Paralelo, antes de conducirme a mi primera corrida de toros.
​Años más tarde, el cine dejó de ser solo asombro para convertirse en estudio. De la mano de Miquel Porter, aprendí a descifrar la historia a través de la lente y rescaté, con ojos nuevos, las imágenes de mi adolescencia. Bajo su tutela descubrí la fuerza del cine soviético y el expresionismo alemán; me fascinó especialmente La fiebre del ajedrez, aquella joya de 1925 donde la figura de José Raúl Capablanca se movía entre fotogramas.
​Todavía puedo sentir el impacto de ver, hacia 1979, Star Trek en la pantalla del cine Río, en la calle Matanzas. Solía frecuentarlo porque allí cerca, en mi querido Club d’Escacs Congrés, pasaba las tardes entregado al tablero. Eran tiempos en los que el barrio estaba vivo de salas: el Diamante en la Riera de Horta, el Virrey, o los templos del paseo de Fabra i Puig: el Astor, el Victoria y el Odeón.
​Hoy, de toda aquella geografía sentimental, solo nos queda el refugio moderno del Heron City. El resto es, como en las películas que tanto amo, un fundido a negro.

viernes, 3 de abril de 2026

Llevarme la contraria

Casi todo el mundo parece empeñado en llevarme la contraria. Unos esgrimen su cosmovisión como si fuera la única verdad posible, y la defienden con argumentos místicos o artificios parecidos. Otros callan, y en su silencio se mezclan el respeto, el temor, el interés de venderme algo o la sórdida intención de estafarme. Solo la inteligencia artificial —y sus humildes hermanas menores— me da la razón, aunque lo hace con el descaro interesado de quien negocia con datos. En fin, me enerva que me contradigan más de la cuenta con razones opinables o insondables, y me sulfura que me adulen como si fuera un Tirano Banderas cualquiera… o algo mucho peor.

miércoles, 1 de abril de 2026

Polvo en el viento

Una de mis canciones favoritas es Dust in the wind del grupo Kansas. El genial José Luís  Martín da vueltas al tema en su viñeta de La Vanguardia.

martes, 31 de marzo de 2026

El Libro Rojo


Para intentar exorcizar un molesto resfriado, he decidido entregarme a una terapia combinada: analgésicos, antihistamínicos y la lectura de El Libro Rojo de Mao, en una entrañable edición de Júcar de 1976, con introducciones de Eduardo Haro Tecglen y de Lin Piao. Ignoro si es la química o la dialéctica, pero lo cierto es que voy mejorando.
Eso sí, mi cabeza empieza a poblarse de una belicosa marea de consignas maoístas, lo que no deja de ser inquietante. Por fortuna, no he tenido que memorizar el texto como hicieron en su día millones de chinos, aunque tampoco puedo decir que me resulte una experiencia del todo novedosa: ya tuve mi ración de catecismo político, social y religioso durante el franquismo.
Así que, por prescripción casi médica, he optado por cambiar de compañía y refugiarme en Sócrates y Platón, que, sin ser precisamente ligeros, resultan infinitamente más saludables.