Durante mi juventud se pusieron de moda las bicis de carreras y, años más tarde, las de montaña y las urbanas. Pero las de paseo tradicionales siempre han mantenido su sitio. Ahora entreno en una bici estática repleta de pantallas que parece un simulador interactivo, pero sigo echando de menos la libertad de pedalear fuera, como en aquellos tiempos en que el tren aún llegaba a la estación de Camporrobles. Toca volver a sacar la bici por el pueblo y esperar que pronto vuelva a pasar el tren por nuestras vías.
La retina del sabio
Microrrelatos y escritos sobre la fotografía, la realidad y el deseo
miércoles, 2 de septiembre de 2026
La bicicleta
sábado, 29 de agosto de 2026
Mi credo
Me gustan muchas cosas y me cuesta entender que la vida tenga que reducirse a unas pocas aficiones, certezas o rutinas. Me encantan los musicales, desde West Side Story hasta La tienda de los horrores. La rumba de Peret y Gato Pérez me parece fantástica. Y qué decir de los Beatles, los Rolling Stones o Guns N’ Roses. Michael Jackson tenía sus manías y sus sombras, pero su música me parece extraordinaria. Me gusta el jazz, la bossa nova, el fado, el flamenco, la música de los cantautores, la canción francesa, la música clásica y, en general, las músicas del mundo. No creo que haya que escoger una sola música, una sola cultura o una sola manera de entender el arte para disfrutar de las demás.
También me gusta leer, tanto en papel como en ebook, y hacerlo sobre asuntos muy diferentes. La curiosidad me parece una de las mejores formas de mantenerse vivo intelectualmente. Por eso me resulta empobrecedor convertir un solo libro, una sola teoría o una sola interpretación del mundo en una especie de doctrina personal. Prefiero leer mucho, contrastar, cambiar de opinión cuando sea necesario y conservar siempre un margen para la duda. Algo parecido me sucede con la tecnología: utilizo el móvil, la televisión y el ordenador, pero desconfío de una vida en la que las pantallas terminan ocupando todo el espacio que deberían dejar a la conversación, la lectura, la observación o simplemente al aburrimiento.
Pasear, con o sin rumbo, me parece una de las formas más sencillas de libertad. Caminar permite mirar, pensar, encontrarse con lo inesperado y descubrir lugares que no aparecen cuando todo se hace deprisa. Por eso me cuesta entender que utilicemos el coche o el autobús para cualquier trayecto, incluso para comprar el pan, y que pasemos tantas horas sentados. No todo tiene que ser útil, rápido o productivo.
Con la comida tampoco aspiro a convertir las preferencias en dogmas. Prefiero comer poca carne, pero no le hago ascos a un arroz con conejo, unos pies de cerdo con caracoles, una hamburguesa de ternera o unas costillas de cordero. El agua y la cerveza sin alcohol son mis bebidas habituales para acompañar la comida. De vez en cuando, sin embargo, una buena cerveza con limón sienta de maravilla, y en las grandes celebraciones me parece que no debería faltar un brindis con cava o algo parecido. Un café me ayuda a despertar, pero el té me hace sentir mejor. Y puestos a elegir, me gustaría poder tomarlos en la terraza de un bar sin tener que respirar el humo del tabaco.
Intento cuidar la alimentación y mantener cierta moderación, aunque tampoco me entusiasman las soluciones milagrosas. Me interesa lo que tiene fundamento, y por eso desconfío de los ayunos ritualizados o de cualquier práctica presentada como saludable simplemente porque está de moda, tiene tradición o se repite mucho. Que algo sea antiguo o popular no significa necesariamente que sea cierto.
Conversar me parece maravilloso. Escuchar a otras personas, discutir ideas y descubrir puntos de vista diferentes es una de las mejores maneras de aprender. Lo que me asusta es la conversación convertida en proselitismo: la matraca de quienes necesitan convencernos de que poseen una verdad absoluta, ya sean terraplanistas o defensores de cualquier otra teoría que no admita dudas ni evidencias en contra. Me interesa mucho más la curiosidad que la certeza y el diálogo que el adoctrinamiento.
Me gusta el orden y la limpieza, pero no hasta el punto de convertir una vivienda en un espacio impoluto y sin historia. Una casa completamente vacía de libros, discos, películas, fotografías y otros objetos culturales puede estar muy limpia y ordenada, pero también puede parecer un cementerio bien cuidado. Los objetos que acumulamos cuentan quiénes somos, qué hemos leído, qué hemos escuchado, qué hemos amado y qué hemos vivido. No quiero vivir entre trastos, pero tampoco entre paredes sin memoria.
Respeto profundamente las diferentes formas culturales y religiosas de relacionarse con la muerte y con los difuntos. Cada sociedad ha buscado sus propios rituales para afrontar algo que nos resulta difícil de aceptar. Yo, sin embargo, tengo claro que cuando muera será para siempre. No espero otra vida ni otra oportunidad. Por eso desearía que, cuando llegue el momento, no me hicieran sufrir más de lo inevitable y que, después, mis cenizas pudieran esparcirse por los alrededores de El Molón.
Guardo un gran recuerdo de los circos y los cómicos ambulantes de mi infancia, de la verbena de Sant Joan y, sobre todo, de los Reyes Magos. Hay recuerdos que sobreviven no porque fueran extraordinarios, sino porque forman parte de la manera en que aprendimos a mirar el mundo. La infancia está llena de esas pequeñas ceremonias que después se convierten en memoria.
De otras ceremonias, en cambio, me alejé. El franquismo me hizo aborrecer la Semana Santa. Supongo que también por eso desconfío de las tradiciones cuando dejan de ser una elección personal y se convierten en una obligación colectiva. Prefiero conservar aquello que nos ayuda a disfrutar, recordar, convivir y comprendernos, y dejar atrás lo que se utiliza para imponer miedo, culpa o una determinada manera de pensar.
Al final, creo que todo esto tiene bastante que ver con una misma forma de entender la vida: disfrutar de la cultura sin encerrarse en una sola cultura; comer con moderación sin convertir la comida en una religión; caminar sin necesidad de llegar a ninguna parte; conversar sin pretender tener siempre razón; mantener cierto orden sin borrar las huellas de nuestra vida; y afrontar la muerte sin demasiadas ilusiones, pero también sin renunciar mientras tanto a la curiosidad, al placer y a las pequeñas cosas que hacen que estar aquí merezca la pena.Me gustan muchas cosas y me cuesta entender que la vida tenga que reducirse a unas pocas aficiones, certezas o rutinas. Me encantan los musicales, desde West Side Story hasta La tienda de los horrores. La rumba de Peret y Gato Pérez me parece fantástica. Y qué decir de los Beatles, los Rolling Stones o Guns N’ Roses. Michael Jackson tenía sus manías y sus sombras, pero su música me parece extraordinaria. Me gusta el jazz, la bossa nova, el fado, el flamenco, la música de los cantautores, la canción francesa, la música clásica y, en general, las músicas del mundo. No creo que haya que escoger una sola música, una sola cultura o una sola manera de entender el arte para disfrutar de las demás.
También me gusta leer, tanto en papel como en ebook, y hacerlo sobre asuntos muy diferentes. La curiosidad me parece una de las mejores formas de mantenerse vivo intelectualmente. Por eso me resulta empobrecedor convertir un solo libro, una sola teoría o una sola interpretación del mundo en una especie de doctrina personal. Prefiero leer mucho, contrastar, cambiar de opinión cuando sea necesario y conservar siempre un margen para la duda. Algo parecido me sucede con la tecnología: utilizo el móvil, la televisión y el ordenador, pero desconfío de una vida en la que las pantallas terminan ocupando todo el espacio que deberían dejar a la conversación, la lectura, la observación o simplemente al aburrimiento.
Pasear, con o sin rumbo, me parece una de las formas más sencillas de libertad. Caminar permite mirar, pensar, encontrarse con lo inesperado y descubrir lugares que no aparecen cuando todo se hace deprisa. Por eso me cuesta entender que utilicemos el coche o el autobús para cualquier trayecto, incluso para comprar el pan, y que pasemos tantas horas sentados. No todo tiene que ser útil, rápido o productivo.
Con la comida tampoco aspiro a convertir las preferencias en dogmas. Prefiero comer poca carne, pero no le hago ascos a un arroz con conejo, unos pies de cerdo con caracoles, una hamburguesa de ternera o unas costillas de cordero. El agua y la cerveza sin alcohol son mis bebidas habituales para acompañar la comida. De vez en cuando, sin embargo, una buena cerveza con limón sienta de maravilla, y en las grandes celebraciones me parece que no debería faltar un brindis con cava o algo parecido. Un café me ayuda a despertar, pero el té me hace sentir mejor. Y puestos a elegir, me gustaría poder tomarlos en la terraza de un bar sin tener que respirar el humo del tabaco.
Intento cuidar la alimentación y mantener cierta moderación, aunque tampoco me entusiasman las soluciones milagrosas. Me interesa lo que tiene fundamento, y por eso desconfío de los ayunos ritualizados o de cualquier práctica presentada como saludable simplemente porque está de moda, tiene tradición o se repite mucho. Que algo sea antiguo o popular no significa necesariamente que sea cierto.
Conversar me parece maravilloso. Escuchar a otras personas, discutir ideas y descubrir puntos de vista diferentes es una de las mejores maneras de aprender. Lo que me asusta es la conversación convertida en proselitismo: la matraca de quienes necesitan convencernos de que poseen una verdad absoluta, ya sean terraplanistas o defensores de cualquier otra teoría que no admita dudas ni evidencias en contra. Me interesa mucho más la curiosidad que la certeza y el diálogo que el adoctrinamiento.
Me gusta el orden y la limpieza, pero no hasta el punto de convertir una vivienda en un espacio impoluto y sin historia. Una casa completamente vacía de libros, discos, películas, fotografías y otros objetos culturales puede estar muy limpia y ordenada, pero también puede parecer un cementerio bien cuidado. Los objetos que acumulamos cuentan quiénes somos, qué hemos leído, qué hemos escuchado, qué hemos amado y qué hemos vivido. No quiero vivir entre trastos, pero tampoco entre paredes sin memoria.
Respeto profundamente las diferentes formas culturales y religiosas de relacionarse con la muerte y con los difuntos. Cada sociedad ha buscado sus propios rituales para afrontar algo que nos resulta difícil de aceptar. Yo, sin embargo, tengo claro que cuando muera será para siempre. No espero otra vida ni otra oportunidad. Por eso desearía que, cuando llegue el momento, no me hicieran sufrir más de lo inevitable y que, después, mis cenizas pudieran esparcirse por los alrededores de El Molón.
Guardo un gran recuerdo de los circos y los cómicos ambulantes de mi infancia, de la verbena de Sant Joan y, sobre todo, de los Reyes Magos. Hay recuerdos que sobreviven no porque fueran extraordinarios, sino porque forman parte de la manera en que aprendimos a mirar el mundo. La infancia está llena de esas pequeñas ceremonias que después se convierten en memoria.
De otras ceremonias, en cambio, me alejé. El franquismo me hizo aborrecer la Semana Santa. Supongo que también por eso desconfío de las tradiciones cuando dejan de ser una elección personal y se convierten en una obligación colectiva. Prefiero conservar aquello que nos ayuda a disfrutar, recordar, convivir y comprendernos, y dejar atrás lo que se utiliza para imponer miedo, culpa o una determinada manera de pensar.
Al final, creo que todo esto tiene bastante que ver con una misma forma de entender la vida: disfrutar de la cultura sin encerrarse en una sola cultura; comer con moderación sin convertir la comida en una religión; caminar sin necesidad de llegar a ninguna parte; conversar sin pretender tener siempre razón; mantener cierto orden sin borrar las huellas de nuestra vida; y afrontar la muerte sin demasiadas ilusiones, pero también sin renunciar mientras tanto a la curiosidad, al placer y a las pequeñas cosas que hacen que estar aquí merezca la pena.
jueves, 13 de agosto de 2026
Elogio de la Canon T90
lunes, 10 de agosto de 2026
Fotografiar en agosto
miércoles, 29 de julio de 2026
La fotografía vista a los 68 años
La Fotografía a los treinta años
martes, 28 de julio de 2026
Viva el ajedrez gigante
Tras concluir una partida, los ajedrecistas sentimos la necesidad casi física de estirar las piernas y practicar algún deporte de verdad. Quizá por eso cueste tanto catalogar el ajedrez como disciplina deportiva, a no ser que se le añada la consabida muletilla de «el deporte de la inteligencia».
Lo cierto es que la mayoría de los profesionales del tablero cultivan algún ejercicio físico: Kaspárov es un apasionado del fútbol, aunque la preferencia mayoritaria entre los grandes maestros se inclina hacia el tenis.
Sin embargo, existe una vía intermedia: el ajedrez gigante. Es decir, disputar la partida con piezas verdaderamente monumentales (de unos dos kilos cada una). Se juega al aire libre, en parques y plazas públicas, ofreciendo una experiencia sumamente gratificante en la que se maridan el esfuerzo intelectual y el ejercicio moderado. En la Sección d'Escacs del Casal Catòlic de Sant Andreu ya vivimos esta experiencia hace algún tiempo en la plaza Orfila, aunque la iniciativa no llegó a cuajar: los jugadores se resistían a acarrear las piezas y, claro está, la gracia del asunto residía en eso.
Este verano he tenido la oportunidad de reencontrarme con esta modalidad en Suiza. Se trata de un país pequeño, de unos seis millones de habitantes —una cifra pareja a la de Catalunya—. Más allá de sus célebres bancos y relojes, los suizos guardan la sana costumbre de disponer ajedreces gigantes en la mayoría de sus ciudades. Berna es, sin duda, la capital donde se cultiva esta afición con mayor entusiasmo; allí pude jugar en tres ocasiones. Tras una espera de casi dos horas para ocupar el tablero, el trámite valió sobradamente la pena. Salí victorioso de los tres encuentros, si bien mi desconocido oponente me plantó una firme batalla y, en el último combate (cuya transcripción figura más adelante), estuvo a punto de abocarme a unas tablas fotográficas.
La vivencia ha resultado enormemente enriquecedora y confío en poder replicarla pronto en Sant Andreu. Al exigir movimiento corporal, la mente se preserva activa y despejada. Aunque el esfuerzo inicial requiere cierto hábito, una vez que se le toma la medida se convierte en un placer. Es una práctica muy recomendable para cualquier aficionado, pero resulta idónea para combatir el sedentarismo y está especialmente indicada para los ajedrecistas de la tercera edad.
LA PARTIDA
Me dio la sensación de que los aficionados suizos asiduos al ajedrez gigante exhiben un nivel técnico equiparable al de un jugador de primera categoría en Catalunya. Con todo, resulta complejo trazar comparativas, pues el ritmo de juego sobre un tablero monumental posee un carácter muy particular.
Fue un choque tenaz. Con las piezas negras, planteé la aguda variante Ulvestad de la defensa de los dos caballos (consultar la página 32): 1. e4 e5 2. Cf3 Cc6 3. Ac4 Cf6 4. Cg5 d5 5. exd5 b5!?
Inicialmente, mi rival adoptó una postura excesivamente cauta. Sin embargo, al verse acorralado, articuló una réplica notable: un certero sacrificio de calidad neutralizó mi empuje y me colocó en una posición comprometida. Cuando todo apuntaba a un desenlace en tablas por repetición, mi oponente pasó por alto una decisiva entrega de dama en h4. El mate en una jugada quedó visto para sentencia.
José-Manuel Torres
Berna Julio 1990
lunes, 27 de julio de 2026
Sabina, 19 06 1987
Alejandra, la hija de mi mujer, se sorprende que, yo asista a tan pocos conciertos. Tiene razón, en parte. Los años pesan, y cada vez me cuesta más afrontar los desplazamientos, las aglomeraciones y las inevitables incomodidades de un recital.
Sin embargo, mientras escucho un viejo disco de Joaquín Sabina grabado en directo con Viceversa, comprendo que hay otro motivo, mucho más profundo. La música tiene la extraña capacidad de abrir puertas que uno creía cerradas para siempre.
Había comprado una entrada para ver a Sabina en la plaza de toros Monumental. Era el 19 de junio de 1987. Unas horas antes, ETA había perpetrado el atentado de Hipercor, en la avenida Meridiana. Veintiuna personas fueron asesinadas y decenas más resultaron heridas. Aquella noche el concierto estuvo envuelto en una tristeza imposible de describir. Había menos público del esperado, pero, sobre todo, pesaba un silencio invisible que ninguna canción podía romper.
Para mí, el golpe fue todavía más cercano. Vivía y trabajaba en aquel barrio. El día anterior había estado comprando en ese mismo centro comercial. Bastó un solo día para que un lugar cotidiano se convirtiera en el escenario del horror.
Al día siguiente, 20 de junio, me correspondió guardar un minuto de silencio como secretario del comité de empresa del ambulatorio de Sant Andreu. Aquel minuto fue interminable. Un silencio cargado de dolor, de incredulidad y de una impotencia que, casi cuarenta años después, todavía no ha desaparecido del todo.
Quizá por eso ya no busco los conciertos con el entusiasmo de antes. Hay músicas que no solo despiertan recuerdos: también reabren heridas.
Y, precisamente por eso, me alegra que Alejandra pueda vivir la música de otra manera. Que disfrute de Rubén Blades, Bad Bunny o Shakira sin que cada canción arrastre el peso de una tragedia. Ojalá sus recuerdos de los conciertos estén hechos únicamente de alegría, de amigos y de noches inolvidables. Es un privilegio que mi generación, demasiadas veces, no tuvo.
viernes, 24 de julio de 2026
A mi madre le gustaba escuchar el acordeón. No sé si fue en su aldea, en alguna fiesta de agosto, o en Utiel, donde tal vez el instrumento sonaba entre el ruido de la gente y el calor de la tarde; lo cierto es que aquella música le devolvía —así lo intuyo— algo de su infancia y de su juventud, un tiempo que yo solo conozco a través de sus silencios. Era, además, seguidora fiel de la acordeonista María Jesús, cuyo nombre pronunciaba con una familiaridad que a mí, de adolescente, me resultaba extraña y entrañable a la vez.Por eso he seguido con un interés que no era solo curiosidad, sino una especie de deuda pendiente, el recital que Horacio Garrido ha dado en Camporrobles. Durante años recorrió, a veces solo y a veces junto a su padre, los pueblos de la provincia de Cuenca y otros muchos rincones de España, cargando el fuelle del acordeón como quien carga una memoria colectiva. Presentó también un libro, Con el acordeón a cuestas, de más de setecientas páginas donde recoge esa trayectoria, ese mapa hecho de caminos y de música. Pensé en mi madre durante todo el concierto. Le hubiera gustado, estoy seguro. Y aunque ella ya no estaba allí para escucharlo, algo de su gusto por aquellas notas seguía sonando en la sala, prestado por mí, que ahora ocupo su lugar en la fila de quienes aman el acordeón sin saber muy bien por qué. Ha sido un recital fantástico.
Fábrica de Harinas de Camporrobles
En el marco de la Semana Cultural de Camporrobles, asistimos a una visita guiada a la antigua fábrica de Harinas San Isidro Labrador, un edificio de tres plantas que permaneció en funcionamiento entre 1926 y 1982. La visita fue conducida por Gerardo Gómez, concejal de Cultura, quien nos mostró las distintas dependencias y nos explicó la historia de esta emblemática industria harinera, que durante décadas abasteció al municipio y a su entorno.
Actualmente, parte del edificio y de su maquinaria han sido rehabilitadas, lo que permite apreciar el extraordinario valor patrimonial de este conjunto de arqueología industrial. Resulta fascinante contemplar aquellas máquinas, en su mayoría de fabricación española, testimonio del desarrollo tecnológico e industrial de buena parte del siglo XX.
La fábrica constituye, además, un valioso referente para comprender la evolución económica y social de Camporrobles en su contexto geohistórico, cuando la transformación de los cereales era una actividad esencial en una comarca de marcada vocación agrícola. Su cierre en 1982 refleja también los profundos cambios tecnológicos y productivos que experimentó el sector harinero, incapaz de competir con la automatización y los sistemas de molienda más modernos que se generalizaron durante la década de 1980.
martes, 7 de julio de 2026
Biblioteca Zona Nord
La biblioteca Zona Nord es, antes que un edificio, un refugio climático; un pacto de tregua contra el asfalto ardiente. Ahora que el calor estival nos abruma con su peso de plomo y las aulas han quedado vacías, el paisaje humano se ha transformado. Diríase que la juventud ha trocado los apuntes por la brisa de la playa, dejando las salas a merced de un silencio distinto.
Mi rincón predilecto sigue siendo la sección de prensa y revistas. Demorarme en esas páginas me rescata del ruido del mundo; me regala una paz interior y una capacidad de reflexión infinitamente superior a la prisa anestésica de las pantallas y el flujo incesante de internet. Y, sin embargo, a mi alrededor, la mayoría de los usuarios permanecen imantados a sus teléfonos, tablets u ordenadores. Me asalta la impresión de que habitan el lugar sin habitarlo, sin extraerle el verdadero jugo a este templo de calma. Quizá les baste con esa desconexión. Puede ser.
Por mi parte, mientras el planeta hierve ahí fuera, yo sigo fiel a mi certeza: no soy capaz de concebir ningún paraíso, ni cielo alguno, que no tenga la forma y el aroma de una buena biblioteca.
domingo, 28 de junio de 2026
Vallbona
sábado, 27 de junio de 2026
Tres mujeres
jueves, 25 de junio de 2026
Chavalas
Tengo que pasar más por Cornellá. Hay algo en esa ciudad que me atrae con una fuerza que no termino de explicarme —tal vez sean sus rascacielos, sus bares, su gente—, aunque sospecho que es todo eso junto, sedimentado en una forma de estar en el mundo que no pide permiso.
Por otra parte, me interesan las películas de ambiente fotográfico. Podría citar, a vuelapluma, Blow-Up, La ventana indiscreta, Los puentes de Madison o Minamata. A esa lista debo añadir ahora Chavalas (2021), de Carol Rodríguez.
El film habla de muchas cosas: de las dificultades de una joven fotógrafa con estudios universitarios para abrirse camino en un oficio que no la espera; de la contraposición entre la fotografía elitista —esa moda y publicidad que se mira en el espejo— y el fotógrafo de barrio, el que inmortaliza retratos y celebraciones sin aspavientos; y de la amistad. En especial, de esas amigas de la infancia que la vida va apartando sin que nadie lo decida del todo, y que un día simplemente ya no están.
Me interesó especialmente el tramo final: una exposición al aire libre colgada en los propios rascacielos de Cornellá, con grandes ampliaciones que devuelven a la ciudad su propio rostro. Y me gustó también ese momento en que la protagonista vuelve a fotografiar con el teléfono móvil las escenas cotidianas del barrio, combinándolo con cámaras digitales, como quien reconoce que la mirada importa más que el instrumento.
Véanla.
martes, 23 de junio de 2026
Amores traicionados
lunes, 22 de junio de 2026
Cossos Presents
El retrato fotográfico y su diálogo con la palabra escrita son dos de las disciplinas que más me apasionan; una combinación idónea para difundir ideas y dar voz a proyectos sociales. Aunque me siento cómodo trabajando la narrativa visual en otros ámbitos de la fotografía, debo confesar que con el retrato mi relación es compleja: entre la proliferación de los selfies y el generalizado miedo a la cámara, capturar la esencia de un rostro se ha convertido en un verdadero desafío.
Con estas reflexiones en mente, me acerqué al Casal de Barri de la Prosperitat. Mi intención inicial era simplemente tomar un café y evocar viejos tiempos; recordar, por ejemplo, aquel reportaje de El País sobre el ajedrez gigante que la asociación Jaque al Rey instalaba en la plaza Ángel Pestaña, o el programa de iniciación al ajedrez Leonart que grabamos en 2008 para Televisión Española junto al Gran Maestro Miguel Illescas.
Sin embargo, tras el café, me encontré con la exposición "Cossos presents" (Cuerpos presentes). La muestra, promovida por la Fundació Enllaç de Barcelona, articula con maestría el retrato fotográfico del artista visual chileno Felipe Robles con las entrevistas y textos del psicólogo y dinamizador Adri Bartolomé.
Es precisamente en esta propuesta donde la relación entre texto e imagen cobra todo su sentido político y social. La exposición presenta primeros planos entrañables, directos y espontáneos de personas mayores del colectivo LGTBQ+, acompañados de cartelas que sintetizan biografías complejas, a menudo marcadas por el desarraigo o el sufrimiento. Lejos de caer en el melodrama, el texto complementa la mirada de los protagonistas: donde la palabra narra la dificultad histórica, las imágenes responden con complicidad, alegría, serenidad y esperanza. Es un magnífico ejemplo de cómo la fotografía y el testimonio escrito se necesitan mutuamente para romper la invisibilidad y devolver la dignidad, recordándonos virtudes de las que, desgraciadamente, hoy no andamos sobrados.
viernes, 19 de junio de 2026
30 horas, 810 cm y 42 fotos
martes, 16 de junio de 2026
El 183
Vengo de visitar las magníficas exposiciones de Matisse y el desenfoque en CaixaForum, pero la muestra que hoy me ha encogido el corazón y me ha llenado de orgullo es mucho más cercana. Hablo de la exposición fotográfica escolar realizada por las alumnas y alumnos de 1º y 2º de ESO del Institut Escola Mestre Morera en la Biblioteca Zona Nord.
A través de sus objetivos, estos jóvenes han retratado el alma, la cotidianidad y la dignidad de Torre Baró, Ciutat Meridiana y Vallbona. Capturas del autobús 183 uniendo caminos, las miradas de los vecinos en las paradas, los campos de fútbol entre bloques y la vida que transcurre en la Zona Nord.
A veces nos quejamos por vicio. Al ver esto, uno se pregunta: ¿dónde habría llegado un doctor en Bellas Artes si en su juventud hubiera tenido la suerte de contar con profesores de fotografía como los de este proyecto?
Frente a tantas tonterías (y cosas peores) que inundan las redes sociales, este proyecto didáctico nos demuestra que la educación pública y el arte local son las mejores herramientas para transformar la mirada de los jóvenes y tejer comunidad.
¡Mi más sincera enhorabuena a los alumnos por su inmensa calidad técnica y artística, y al centro por un montaje impecable! 👏🏫❤️
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