Me gustan muchas cosas y me cuesta entender que la vida tenga que reducirse a unas pocas aficiones, certezas o rutinas. Me encantan los musicales, desde West Side Story hasta La tienda de los horrores. La rumba de Peret y Gato Pérez me parece fantástica. Y qué decir de los Beatles, los Rolling Stones o Guns N’ Roses. Michael Jackson tenía sus manías y sus sombras, pero su música me parece extraordinaria. Me gusta el jazz, la bossa nova, el fado, el flamenco, la música de los cantautores, la canción francesa, la música clásica y, en general, las músicas del mundo. No creo que haya que escoger una sola música, una sola cultura o una sola manera de entender el arte para disfrutar de las demás.
También me gusta leer, tanto en papel como en ebook, y hacerlo sobre asuntos muy diferentes. La curiosidad me parece una de las mejores formas de mantenerse vivo intelectualmente. Por eso me resulta empobrecedor convertir un solo libro, una sola teoría o una sola interpretación del mundo en una especie de doctrina personal. Prefiero leer mucho, contrastar, cambiar de opinión cuando sea necesario y conservar siempre un margen para la duda. Algo parecido me sucede con la tecnología: utilizo el móvil, la televisión y el ordenador, pero desconfío de una vida en la que las pantallas terminan ocupando todo el espacio que deberían dejar a la conversación, la lectura, la observación o simplemente al aburrimiento.
Pasear, con o sin rumbo, me parece una de las formas más sencillas de libertad. Caminar permite mirar, pensar, encontrarse con lo inesperado y descubrir lugares que no aparecen cuando todo se hace deprisa. Por eso me cuesta entender que utilicemos el coche o el autobús para cualquier trayecto, incluso para comprar el pan, y que pasemos tantas horas sentados. No todo tiene que ser útil, rápido o productivo.
Con la comida tampoco aspiro a convertir las preferencias en dogmas. Prefiero comer poca carne, pero no le hago ascos a un arroz con conejo, unos pies de cerdo con caracoles, una hamburguesa de ternera o unas costillas de cordero. El agua y la cerveza sin alcohol son mis bebidas habituales para acompañar la comida. De vez en cuando, sin embargo, una buena cerveza con limón sienta de maravilla, y en las grandes celebraciones me parece que no debería faltar un brindis con cava o algo parecido. Un café me ayuda a despertar, pero el té me hace sentir mejor. Y puestos a elegir, me gustaría poder tomarlos en la terraza de un bar sin tener que respirar el humo del tabaco.
Intento cuidar la alimentación y mantener cierta moderación, aunque tampoco me entusiasman las soluciones milagrosas. Me interesa lo que tiene fundamento, y por eso desconfío de los ayunos ritualizados o de cualquier práctica presentada como saludable simplemente porque está de moda, tiene tradición o se repite mucho. Que algo sea antiguo o popular no significa necesariamente que sea cierto.
Conversar me parece maravilloso. Escuchar a otras personas, discutir ideas y descubrir puntos de vista diferentes es una de las mejores maneras de aprender. Lo que me asusta es la conversación convertida en proselitismo: la matraca de quienes necesitan convencernos de que poseen una verdad absoluta, ya sean terraplanistas o defensores de cualquier otra teoría que no admita dudas ni evidencias en contra. Me interesa mucho más la curiosidad que la certeza y el diálogo que el adoctrinamiento.
Me gusta el orden y la limpieza, pero no hasta el punto de convertir una vivienda en un espacio impoluto y sin historia. Una casa completamente vacía de libros, discos, películas, fotografías y otros objetos culturales puede estar muy limpia y ordenada, pero también puede parecer un cementerio bien cuidado. Los objetos que acumulamos cuentan quiénes somos, qué hemos leído, qué hemos escuchado, qué hemos amado y qué hemos vivido. No quiero vivir entre trastos, pero tampoco entre paredes sin memoria.
Respeto profundamente las diferentes formas culturales y religiosas de relacionarse con la muerte y con los difuntos. Cada sociedad ha buscado sus propios rituales para afrontar algo que nos resulta difícil de aceptar. Yo, sin embargo, tengo claro que cuando muera será para siempre. No espero otra vida ni otra oportunidad. Por eso desearía que, cuando llegue el momento, no me hicieran sufrir más de lo inevitable y que, después, mis cenizas pudieran esparcirse por los alrededores de El Molón.
Guardo un gran recuerdo de los circos y los cómicos ambulantes de mi infancia, de la verbena de Sant Joan y, sobre todo, de los Reyes Magos. Hay recuerdos que sobreviven no porque fueran extraordinarios, sino porque forman parte de la manera en que aprendimos a mirar el mundo. La infancia está llena de esas pequeñas ceremonias que después se convierten en memoria.
De otras ceremonias, en cambio, me alejé. El franquismo me hizo aborrecer la Semana Santa. Supongo que también por eso desconfío de las tradiciones cuando dejan de ser una elección personal y se convierten en una obligación colectiva. Prefiero conservar aquello que nos ayuda a disfrutar, recordar, convivir y comprendernos, y dejar atrás lo que se utiliza para imponer miedo, culpa o una determinada manera de pensar.
Al final, creo que todo esto tiene bastante que ver con una misma forma de entender la vida: disfrutar de la cultura sin encerrarse en una sola cultura; comer con moderación sin convertir la comida en una religión; caminar sin necesidad de llegar a ninguna parte; conversar sin pretender tener siempre razón; mantener cierto orden sin borrar las huellas de nuestra vida; y afrontar la muerte sin demasiadas ilusiones, pero también sin renunciar mientras tanto a la curiosidad, al placer y a las pequeñas cosas que hacen que estar aquí merezca la pena.Me gustan muchas cosas y me cuesta entender que la vida tenga que reducirse a unas pocas aficiones, certezas o rutinas. Me encantan los musicales, desde West Side Story hasta La tienda de los horrores. La rumba de Peret y Gato Pérez me parece fantástica. Y qué decir de los Beatles, los Rolling Stones o Guns N’ Roses. Michael Jackson tenía sus manías y sus sombras, pero su música me parece extraordinaria. Me gusta el jazz, la bossa nova, el fado, el flamenco, la música de los cantautores, la canción francesa, la música clásica y, en general, las músicas del mundo. No creo que haya que escoger una sola música, una sola cultura o una sola manera de entender el arte para disfrutar de las demás.
También me gusta leer, tanto en papel como en ebook, y hacerlo sobre asuntos muy diferentes. La curiosidad me parece una de las mejores formas de mantenerse vivo intelectualmente. Por eso me resulta empobrecedor convertir un solo libro, una sola teoría o una sola interpretación del mundo en una especie de doctrina personal. Prefiero leer mucho, contrastar, cambiar de opinión cuando sea necesario y conservar siempre un margen para la duda. Algo parecido me sucede con la tecnología: utilizo el móvil, la televisión y el ordenador, pero desconfío de una vida en la que las pantallas terminan ocupando todo el espacio que deberían dejar a la conversación, la lectura, la observación o simplemente al aburrimiento.
Pasear, con o sin rumbo, me parece una de las formas más sencillas de libertad. Caminar permite mirar, pensar, encontrarse con lo inesperado y descubrir lugares que no aparecen cuando todo se hace deprisa. Por eso me cuesta entender que utilicemos el coche o el autobús para cualquier trayecto, incluso para comprar el pan, y que pasemos tantas horas sentados. No todo tiene que ser útil, rápido o productivo.
Con la comida tampoco aspiro a convertir las preferencias en dogmas. Prefiero comer poca carne, pero no le hago ascos a un arroz con conejo, unos pies de cerdo con caracoles, una hamburguesa de ternera o unas costillas de cordero. El agua y la cerveza sin alcohol son mis bebidas habituales para acompañar la comida. De vez en cuando, sin embargo, una buena cerveza con limón sienta de maravilla, y en las grandes celebraciones me parece que no debería faltar un brindis con cava o algo parecido. Un café me ayuda a despertar, pero el té me hace sentir mejor. Y puestos a elegir, me gustaría poder tomarlos en la terraza de un bar sin tener que respirar el humo del tabaco.
Intento cuidar la alimentación y mantener cierta moderación, aunque tampoco me entusiasman las soluciones milagrosas. Me interesa lo que tiene fundamento, y por eso desconfío de los ayunos ritualizados o de cualquier práctica presentada como saludable simplemente porque está de moda, tiene tradición o se repite mucho. Que algo sea antiguo o popular no significa necesariamente que sea cierto.
Conversar me parece maravilloso. Escuchar a otras personas, discutir ideas y descubrir puntos de vista diferentes es una de las mejores maneras de aprender. Lo que me asusta es la conversación convertida en proselitismo: la matraca de quienes necesitan convencernos de que poseen una verdad absoluta, ya sean terraplanistas o defensores de cualquier otra teoría que no admita dudas ni evidencias en contra. Me interesa mucho más la curiosidad que la certeza y el diálogo que el adoctrinamiento.
Me gusta el orden y la limpieza, pero no hasta el punto de convertir una vivienda en un espacio impoluto y sin historia. Una casa completamente vacía de libros, discos, películas, fotografías y otros objetos culturales puede estar muy limpia y ordenada, pero también puede parecer un cementerio bien cuidado. Los objetos que acumulamos cuentan quiénes somos, qué hemos leído, qué hemos escuchado, qué hemos amado y qué hemos vivido. No quiero vivir entre trastos, pero tampoco entre paredes sin memoria.
Respeto profundamente las diferentes formas culturales y religiosas de relacionarse con la muerte y con los difuntos. Cada sociedad ha buscado sus propios rituales para afrontar algo que nos resulta difícil de aceptar. Yo, sin embargo, tengo claro que cuando muera será para siempre. No espero otra vida ni otra oportunidad. Por eso desearía que, cuando llegue el momento, no me hicieran sufrir más de lo inevitable y que, después, mis cenizas pudieran esparcirse por los alrededores de El Molón.
Guardo un gran recuerdo de los circos y los cómicos ambulantes de mi infancia, de la verbena de Sant Joan y, sobre todo, de los Reyes Magos. Hay recuerdos que sobreviven no porque fueran extraordinarios, sino porque forman parte de la manera en que aprendimos a mirar el mundo. La infancia está llena de esas pequeñas ceremonias que después se convierten en memoria.
De otras ceremonias, en cambio, me alejé. El franquismo me hizo aborrecer la Semana Santa. Supongo que también por eso desconfío de las tradiciones cuando dejan de ser una elección personal y se convierten en una obligación colectiva. Prefiero conservar aquello que nos ayuda a disfrutar, recordar, convivir y comprendernos, y dejar atrás lo que se utiliza para imponer miedo, culpa o una determinada manera de pensar.
Al final, creo que todo esto tiene bastante que ver con una misma forma de entender la vida: disfrutar de la cultura sin encerrarse en una sola cultura; comer con moderación sin convertir la comida en una religión; caminar sin necesidad de llegar a ninguna parte; conversar sin pretender tener siempre razón; mantener cierto orden sin borrar las huellas de nuestra vida; y afrontar la muerte sin demasiadas ilusiones, pero también sin renunciar mientras tanto a la curiosidad, al placer y a las pequeñas cosas que hacen que estar aquí merezca la pena.