miércoles, 29 de julio de 2026

La fotografía vista a los 68 años

La fotografía vista a los 68 años
Escribí La fotografía a los 30 años hacia 1989. Desde entonces han ocurrido algunas cosas sin demasiada importancia: desaparecieron los carretes, los laboratorios cerraron, Kodak se declaró en bancarrota, Internet convirtió el planeta en un pueblo y las redes sociales lograron que miles de millones de personas se convencieran de que eran fotógrafos.
No ha estado mal para un par de décadas.
Es cierto que antes ya habíamos sobrevivido a otras revoluciones: el gelatino-bromuro, Leica, Kodak, las cámaras réflex, los fotómetros y los automatismos de exposición y enfoque. Cada generación cree que le ha tocado vivir el gran cambio, pero esta vez la sacudida ha sido de otra magnitud.
Para hacerse una idea, un ciudadano del Imperio romano probablemente podría entender buena parte del mundo del siglo XVII. Sin embargo, si lo soltáramos en una ciudad de mediados del siglo XIX, pensaría que los dioses se han vuelto locos. Algo parecido sucede con la fotografía.
Un fotógrafo de finales del siglo XIX necesitaría unas semanas para acostumbrarse a la fotografía de 1980. Descubriría el color, el flash electrónico y los objetivos zoom, pero seguiría reconociendo el oficio. Ahora bien, si lo dejamos caer en pleno siglo XXI, con un móvil en cada bolsillo, millones de fotografías al minuto y una inteligencia artificial capaz de fabricar imágenes de cualquier cosa, concluiría que ha aterrizado en otro planeta... o en un manicomio.
A los fotógrafos de finales del siglo XX tampoco nos resulta sencillo adaptarnos. Hemos tenido que aprender más informática que química, más menús que diafragmas y más contraseñas que fórmulas de revelador. Pero, después del esfuerzo, debo reconocer que la mayoría de los cambios han merecido la pena. Y, además, nadie nos prohíbe seguir cargando un carrete cuando nos entra la nostalgia.
Lo peor no son los achaques de la edad. De esos ya se ocupa el traumatólogo.
Lo peor es comprobar con qué facilidad se ha vulgarizado el acto fotográfico. Nunca había sido tan sencillo hacer fotografías, y nunca había sido tan fácil hacerlas sin pensar. Millones de imágenes nacen cada día con una única aspiración: morir unas horas después sepultadas por otras millones.
Tampoco termino de digerir el desprecio hacia la técnica fotográfica. Durante décadas era difícil hacer una buena fotografía sin conocer el oficio. Hoy es perfectamente posible obtener imágenes magníficas sin saber qué es un diafragma, la profundidad de campo o la temperatura de color. El problema no es que la tecnología haga el trabajo; el problema es creer que, por eso, el fotógrafo ya no hace falta.
Antes se decía que alguien no sabía «hacer la O con un canuto». Ahora basta con pulsar una pantalla para conseguir una fotografía técnicamente impecable. El teléfono calcula la exposición, enfoca, elimina el ruido, corrige el color, estabiliza la imagen, borra a los turistas y, dentro de poco, seguramente decidirá también dónde conviene ir de vacaciones para fotografiar mejor el atardecer.
Lo que más me horroriza, sin embargo, es que cuando saco el smartphone del bolsillo me confundan con uno de esos individuos que fotografían compulsivamente el desayuno, el billete de avión, el ascensor del hotel y el café con espuma en forma de corazón. Yo también llevo móvil. La diferencia es que todavía sé por qué estoy haciendo la fotografía.
Hay otra novedad que tampoco esperaba. Hace cuarenta años el fotógrafo despertaba curiosidad; hoy, con demasiada frecuencia, despierta sospechas. Basta levantar una cámara para que alguien crea que pretendes robarle el alma, vulnerar su intimidad o montar una conspiración internacional. Nunca había sido tan fácil hacer fotografías y, al mismo tiempo, nunca había sido tan complicado convencer a algunos de que una fotografía no es un delito.
Con todo, no cambiaría esta época por ninguna otra. Hoy puedo hacer en una tarde fotografías que antes me habrían costado semanas de trabajo. Puedo compartirlas al instante con cualquier persona del planeta y acceder desde mi casa a más conocimiento fotográfico del que reunían las mejores bibliotecas cuando escribí estas líneas por primera vez.
Eso sí, sigo pensando que una buena fotografía continúa naciendo exactamente en el mismo sitio que hace ciento cincuenta años: unos treinta centímetros detrás del visor. Lo demás, por mucho que cambie la tecnología, siguen siendo solamente herramientas.

La Fotografía a los treinta años


Querido amigo:
Muy pronto vas a cumplir 30 años y, posiblemente, te verás obligado a realizar un primer balance de tu vida. En tu inventario aparecerá un cúmulo de pequeñas alegrías y un montón de fracasos.
«A la vuelta de la esquina te esperan las arrugas»
Vas a franquear un camino sin retorno: dejas para siempre de ser joven. A la vuelta de la esquina te esperan las arrugas, la obesidad, la calvicie, las hemorroides, la úlcera y, tal vez, el infarto.
Muy pronto advertirás signos inequívocos de tu declive psicofísico. A partir de ahora, la experiencia será tu baza más importante, y de ella te valdrás para afrontar los problemas más insolubles. Deberás extremar el cuidado de tus ojos, de tus piernas y de tu espalda.
«Tu currículum vítae acumula un enorme dossier de asignaturas pendientes»
Desde luego, nadie es perfecto, pero sé que te duele haber entrado en la treintena sin haber realizado ningún proyecto fotográfico interesante.
Lo peor es que tus fracasos con la fotografía son un problema menor. Tu currículum vítae acumula un enorme dossier de asignaturas pendientes.
La cosa no marcha; te sientes fracasado y, si sigues en la brecha, es porque todavía tienes fuerzas, tiempo y algo de dinero para salir adelante.
Pero ¿dónde está el fallo? Tu equipo vale más de medio millón. Posiblemente, también tienes contactos para acceder a estudios, laboratorios y equipo adicional a un precio razonable. Tampoco te faltan modelos fotogénicos ni paisajes que despierten tu interés.
«La imaginación y la tenacidad son dos virtudes difíciles de llevar a la práctica»
Te cuesta encontrar ideas y, cuando las tienes, es un follón llevarlas a cabo. La imaginación y la tenacidad son dos virtudes difíciles de llevar a la práctica.
Reconoce que te jode un poco verte convertido en un eterno aprendiz. Pero eso es normal. Todos tenemos mucho que aprender y algo que enseñar. Además, con paciencia se llega a todas partes.
Es duro comprobar cómo la gente de tu edad se va colocando. También eso tiene su explicación. Los hay que son genios, como Nadar, que abrió su primer estudio a los 33 años. Hay otros que son muy valientes y casi se juegan la vida a diario, como Juantxu Rodríguez, asesinado en Panamá a los 31 años. Otros han heredado el trabajo de su padre o los ha colocado su tío (de estos hay muchos, y algunos son muy buenos).
Pero tú no estás en ninguna de esas circunstancias. Tampoco eres un hijo de papá que ha podido viajar y estudiar fotografía con los mejores maestros. Reconoce que eres, fundamentalmente, un fotógrafo autodidacta, que apenas ha podido viajar al extranjero y cuyo inglés apenas le sirve para salir del paso.
«Te encuentras a medio camino de todo»
De modo que te encuentras a medio camino de todo: sin ser exactamente ni profesional ni aficionado; ni carne ni pescado. Ciertamente, tu acceso a la profesionalización es cada día más complicado. No es fácil, de entrada, ganar más dinero con la fotografía que con tu ocupación habitual. Además, sabes que los fotógrafos acostumbran a estar todo el día ocupados, y a ti te gusta dormir la siesta y pasar los domingos con la familia y los amigos.
Piensa que tampoco es demasiado importante llegar a ser profesional. Lo interesante es que acabes descubriendo las posibilidades expresivas que proporciona el lenguaje fotográfico. De esta forma, podrás desarrollar proyectos fotográficos coherentes de carácter artístico o documental.
Dicen que a los 40 es todavía peor. La mayoría engordan, se quedan calvos y dejan de hacer fotos. Algunos mantienen el tipo, pero repiten el esquema que adoptaron hace 15 o 20 años. Los hay, incluso, que montan mafias que pretenden controlar el mercado y bloquean a quienes no son de la familia.
En fin, querido amigo, la vida empieza a los 30 años. No tengas miedo de cruzar la frontera. ¡Al fin eres mayor!
José Manuel Torres

martes, 28 de julio de 2026

Viva el ajedrez gigante


Tras concluir una partida, los ajedrecistas sentimos la necesidad casi física de estirar las piernas y practicar algún deporte de verdad. Quizá por eso cueste tanto catalogar el ajedrez como disciplina deportiva, a no ser que se le añada la consabida muletilla de «el deporte de la inteligencia».
Lo cierto es que la mayoría de los profesionales del tablero cultivan algún ejercicio físico: Kaspárov es un apasionado del fútbol, aunque la preferencia mayoritaria entre los grandes maestros se inclina hacia el tenis.
Sin embargo, existe una vía intermedia: el ajedrez gigante. Es decir, disputar la partida con piezas verdaderamente monumentales (de unos dos kilos cada una). Se juega al aire libre, en parques y plazas públicas, ofreciendo una experiencia sumamente gratificante en la que se maridan el esfuerzo intelectual y el ejercicio moderado. En la Sección d'Escacs del Casal Catòlic de Sant Andreu ya vivimos esta experiencia hace algún tiempo en la plaza Orfila, aunque la iniciativa no llegó a cuajar: los jugadores se resistían a acarrear las piezas y, claro está, la gracia del asunto residía en eso.
Este verano he tenido la oportunidad de reencontrarme con esta modalidad en Suiza. Se trata de un país pequeño, de unos seis millones de habitantes —una cifra pareja a la de Catalunya—. Más allá de sus célebres bancos y relojes, los suizos guardan la sana costumbre de disponer ajedreces gigantes en la mayoría de sus ciudades. Berna es, sin duda, la capital donde se cultiva esta afición con mayor entusiasmo; allí pude jugar en tres ocasiones. Tras una espera de casi dos horas para ocupar el tablero, el trámite valió sobradamente la pena. Salí victorioso de los tres encuentros, si bien mi desconocido oponente me plantó una firme batalla y, en el último combate (cuya transcripción figura más adelante), estuvo a punto de abocarme a unas tablas fotográficas.
La vivencia ha resultado enormemente enriquecedora y confío en poder replicarla pronto en Sant Andreu. Al exigir movimiento corporal, la mente se preserva activa y despejada. Aunque el esfuerzo inicial requiere cierto hábito, una vez que se le toma la medida se convierte en un placer. Es una práctica muy recomendable para cualquier aficionado, pero resulta idónea para combatir el sedentarismo y está especialmente indicada para los ajedrecistas de la tercera edad.
LA PARTIDA
Me dio la sensación de que los aficionados suizos asiduos al ajedrez gigante exhiben un nivel técnico equiparable al de un jugador de primera categoría en Catalunya. Con todo, resulta complejo trazar comparativas, pues el ritmo de juego sobre un tablero monumental posee un carácter muy particular.
Fue un choque tenaz. Con las piezas negras, planteé la aguda variante Ulvestad de la defensa de los dos caballos (consultar la página 32): 1. e4 e5 2. Cf3 Cc6 3. Ac4 Cf6 4. Cg5 d5 5. exd5 b5!?
Inicialmente, mi rival adoptó una postura excesivamente cauta. Sin embargo, al verse acorralado, articuló una réplica notable: un certero sacrificio de calidad neutralizó mi empuje y me colocó en una posición comprometida. Cuando todo apuntaba a un desenlace en tablas por repetición, mi oponente pasó por alto una decisiva entrega de dama en h4. El mate en una jugada quedó visto para sentencia.
José-Manuel Torres

Berna Julio 1990

En el verano de 1990 viajé a Suiza un Congreso de Fotografía. Allí tuve oportunidad de jugar varias partidas de ajedrez gigante. Por entonces jugaba en el club d'escacs Sant Andreu, dónde también habíamos realizado alguna partida de ajedrez gigante.

​BERNA - JULIO 1990
• ​Jugada en: Ajedrez Gugante
• ​Apertura: Def.  2 caballos/ Var. Ulvestad
• ​Blanques: Desconocido
 ​Negres: J.M. TORRES (St. Andreu)
​Movimientos de la partida
​1.e4 e5
2.Cf3 Cc6
3.Ac4 Cf6
4.Cg5 d5
5.exd5 b5!?
6.Ab3 Cd4
7.d3 Ae7
8.0-0 0-0
9.Cc3 Ab7
10.Ae3 h6
11.Cge4 Cxd5
12.Axd4 exd4
13.Cxb5 c5
14.Ca3 f5
15.Cd2 Rh7
16.Cac4 Cf4
17.f3 Af6
18.Te1 Dc7
19.Cf1 g5
20.Cg3 Ag7
21.Dd2 a5
22.a4 g4
23.fxg4 Cxg2
24.Cxf5 Cxe1
25.Txe1 Dc6
26.Cg3 Tf4
27.Ce5 Axe5
28.Txe5 Taf8
29.Ad5 Df6
30.De2 Axd5
31.Txd5 Tf2
32.De4+ Rg8
33.Td7 Tf1+
34.Rg2 Tf2
35.Rh3 Dh4+!! (0-1)

lunes, 27 de julio de 2026

Sabina, 19 06 1987

Alejandra, la hija de mi mujer, se sorprende que, yo asista a tan pocos conciertos. Tiene razón, en parte. Los años pesan, y cada vez me cuesta más afrontar los desplazamientos, las aglomeraciones y las inevitables incomodidades de un recital.

Sin embargo, mientras escucho un viejo disco de Joaquín Sabina grabado en directo con Viceversa, comprendo que hay otro motivo, mucho más profundo. La música tiene la extraña capacidad de abrir puertas que uno creía cerradas para siempre.

Había comprado una entrada para ver a Sabina en la plaza de toros Monumental. Era el 19 de junio de 1987. Unas horas antes, ETA había perpetrado el atentado de Hipercor, en la avenida Meridiana. Veintiuna personas fueron asesinadas y decenas más resultaron heridas. Aquella noche el concierto estuvo envuelto en una tristeza imposible de describir. Había menos público del esperado, pero, sobre todo, pesaba un silencio invisible que ninguna canción podía romper.

Para mí, el golpe fue todavía más cercano. Vivía y trabajaba en aquel barrio. El día anterior había estado comprando en ese mismo centro comercial. Bastó un solo día para que un lugar cotidiano se convirtiera en el escenario del horror.

Al día siguiente, 20 de junio, me correspondió guardar un minuto de silencio como secretario del comité de empresa del ambulatorio de Sant Andreu. Aquel minuto fue interminable. Un silencio cargado de dolor, de incredulidad y de una impotencia que, casi cuarenta años después, todavía no ha desaparecido del todo.

Quizá por eso ya no busco los conciertos con el entusiasmo de antes. Hay músicas que no solo despiertan recuerdos: también reabren heridas.

Y, precisamente por eso, me alegra que Alejandra pueda vivir la música de otra manera. Que disfrute de Rubén Blades, Bad Bunny o Shakira sin que cada canción arrastre el peso de una tragedia. Ojalá sus recuerdos de los conciertos estén hechos únicamente de alegría, de amigos y de noches inolvidables. Es un privilegio que mi generación, demasiadas veces, no tuvo.

viernes, 24 de julio de 2026

A mi madre le gustaba escuchar el acordeón. No sé si fue en su aldea, en alguna fiesta de agosto, o en Utiel, donde tal vez el instrumento sonaba entre el ruido de la gente y el calor de la tarde; lo cierto es que aquella música le devolvía —así lo intuyo— algo de su infancia y de su juventud, un tiempo que yo solo conozco a través de sus silencios. Era, además, seguidora fiel de la acordeonista María Jesús, cuyo nombre pronunciaba con una familiaridad que a mí, de adolescente, me resultaba extraña y entrañable a la vez.Por eso he seguido con un interés que no era solo curiosidad, sino una especie de deuda pendiente, el recital que Horacio Garrido ha dado en Camporrobles. Durante años recorrió, a veces solo y a veces junto a su padre, los pueblos de la provincia de Cuenca y otros muchos rincones de España, cargando el fuelle del acordeón como quien carga una memoria colectiva. Presentó también un libro, Con el acordeón a cuestas, de más de setecientas páginas donde recoge esa trayectoria, ese mapa hecho de caminos y de música. Pensé en mi madre durante todo el concierto. Le hubiera gustado, estoy seguro. Y aunque ella ya no estaba allí para escucharlo, algo de su gusto por aquellas notas seguía sonando en la sala, prestado por mí, que ahora ocupo su lugar en la fila de quienes aman el acordeón sin saber muy bien por qué. Ha sido un recital fantástico.

Fábrica de Harinas de Camporrobles

En el marco de la Semana Cultural de Camporrobles, asistimos a una visita guiada a la antigua fábrica de Harinas San Isidro Labrador, un edificio de tres plantas que permaneció en funcionamiento entre 1926 y 1982. La visita fue conducida por Gerardo Gómez, concejal de Cultura, quien nos mostró las distintas dependencias y nos explicó la historia de esta emblemática industria harinera, que durante décadas abasteció al municipio y a su entorno.

Actualmente, parte del edificio y de su maquinaria han sido rehabilitadas, lo que permite apreciar el extraordinario valor patrimonial de este conjunto de arqueología industrial. Resulta fascinante contemplar aquellas máquinas, en su mayoría de fabricación española, testimonio del desarrollo tecnológico e industrial de buena parte del siglo XX.

La fábrica constituye, además, un valioso referente para comprender la evolución económica y social de Camporrobles en su contexto geohistórico, cuando la transformación de los cereales era una actividad esencial en una comarca de marcada vocación agrícola. Su cierre en 1982 refleja también los profundos cambios tecnológicos y productivos que experimentó el sector harinero, incapaz de competir con la automatización y los sistemas de molienda más modernos que se generalizaron durante la década de 1980.

martes, 7 de julio de 2026

Biblioteca Zona Nord


​La biblioteca Zona Nord es, antes que un edificio, un refugio climático; un pacto de tregua contra el asfalto ardiente. Ahora que el calor estival nos abruma con su peso de plomo y las aulas han quedado vacías, el paisaje humano se ha transformado. Diríase que la juventud ha trocado los apuntes por la brisa de la playa, dejando las salas a merced de un silencio distinto.

​Mi rincón predilecto sigue siendo la sección de prensa y revistas. Demorarme en esas páginas me rescata del ruido del mundo; me regala una paz interior y una capacidad de reflexión infinitamente superior a la prisa anestésica de las pantallas y el flujo incesante de internet. Y, sin embargo, a mi alrededor, la mayoría de los usuarios permanecen imantados a sus teléfonos, tablets u ordenadores. Me asalta la impresión de que habitan el lugar sin habitarlo, sin extraerle el verdadero jugo a este templo de calma. Quizá les baste con esa desconexión. Puede ser.

​Por mi parte, mientras el planeta hierve ahí fuera, yo sigo fiel a mi certeza: no soy capaz de concebir ningún paraíso, ni cielo alguno, que no tenga la forma y el aroma de una buena biblioteca. 

domingo, 28 de junio de 2026

Vallbona

Me cautivó la película de José Luis Guerin, Historias del buen valle. Quizá por eso, cuando participé junto a otros miembros de Torre Roja en la Fiesta Mayor de Vallbona, procuré conversar con quienes se acercaban a la exhibición de ajedrez que organizamos. Entre partida y partida, les hablamos de nuestras actividades ajedrecísticas en el Centre Cívic Zona Nord y también de las que impulsan otras asociaciones cercanas, en Montcada, Sant Andreu y Nou Barris.
En el tablero hubo de todo: enseñamos algunos trucos a los más jóvenes, aprendimos de otros jugadores y también encajamos alguna dolorosa derrota. Pero, sobre todo, descubrimos que en Vallbona hay muchas personas con ganas de jugar al ajedrez, de compartir una partida y de hacer del tablero un lugar de encuentro.
Ojalá volvamos pronto al «buen valle», que, con las obras ya terminadas, será un lugar aún más acogedor para seguir jugando y conversando.

sábado, 27 de junio de 2026

Tres mujeres

Me despierto hacia las cinco de la mañana, agobiado por un bochorno nocturno insoportable. Tras asearme y tomar un café, decido salir a dar un paseo. Así termino de despejarme y aprovecho el relativo frescor matinal para hacer algo de ejercicio.
Al cabo de un rato observo a una señora de unos sesenta años con cierto sobrepeso. Lleva unas gafas de pasta rectangulares, el cabello canoso cuidadosamente peinado, varias pulseras, algunos anillos y un precioso reloj de pulsera dorado. Lee con auténtica avidez El color del cielo, de Julianne MacLean. Poco después un coche se detiene junto a ella; la mujer cierra el libro y sube al vehículo.
Continúo con mi paseo y mis ejercicios hasta que, en un banco, veo a una mujer de mediana edad revisando una carpeta repleta de documentos. Tacha, subraya, añade anotaciones a mano y corrige con la concentración de quien dialoga con el texto más que limitarse a leerlo.
Cuando el sol comienza a hacerse notar y yo doy por terminado el paseo, descubro una tercera escena. En una zona ajardinada, una joven de poco más de veinte años recostada en el césped, escribe en una libreta de estilo Moleskine entre sus muslos y sus rodillas. Lo hace con calma, absorta en sus pensamientos, como si el tiempo hubiera ralentizado su paso.
Las tres imágenes, aparentemente cotidianas, me produjeron una inesperada sensación de esperanza. En una época dominada por los teléfonos móviles, las tabletas y las pantallas que reclaman nuestra atención de forma constante, contemplar a tres mujeres de generaciones distintas entregadas a la lectura en papel y a la escritura manuscrita me pareció casi un pequeño milagro.
Leer un libro impreso exige una disposición diferente: favorece la concentración sostenida, invita a la pausa y establece una relación física con el texto que difícilmente puede reproducirse en una pantalla. Escribir a mano, por su parte, obliga a pensar al ritmo de las palabras, convierte la escritura en un acto más reflexivo y deja en el papel una huella personal que ningún teclado puede imitar.
Quizá aquellas tres mujeres no fueran conscientes de ello, pero representaban una silenciosa forma de resistencia cultural. Mientras el mundo parece precipitarse hacia la inmediatez y el consumo fugaz de información, ellas reivindicaban, sin proclamas ni discursos, el valor del tiempo lento, de la atención profunda y del contacto tangible con las palabras.
Bravo por ellas.

jueves, 25 de junio de 2026

Chavalas


Tengo que pasar más por Cornellá. Hay algo en esa ciudad que me atrae con una fuerza que no termino de explicarme —tal vez sean sus rascacielos, sus bares, su gente—, aunque sospecho que es todo eso junto, sedimentado en una forma de estar en el mundo que no pide permiso.
Por otra parte, me interesan las películas de ambiente fotográfico. Podría citar, a vuelapluma, Blow-Up, La ventana indiscreta, Los puentes de Madison o Minamata. A esa lista debo añadir ahora Chavalas (2021), de Carol Rodríguez.
El film habla de muchas cosas: de las dificultades de una joven fotógrafa con estudios universitarios para abrirse camino en un oficio que no la espera; de la contraposición entre la fotografía elitista —esa moda y publicidad que se mira en el espejo— y el fotógrafo de barrio, el que inmortaliza retratos y celebraciones sin aspavientos; y de la amistad. En especial, de esas amigas de la infancia que la vida va apartando sin que nadie lo decida del todo, y que un día simplemente ya no están.
Me interesó especialmente el tramo final: una exposición al aire libre colgada en los propios rascacielos de Cornellá, con grandes ampliaciones que devuelven a la ciudad su propio rostro. Y me gustó también ese momento en que la protagonista vuelve a fotografiar con el teléfono móvil las escenas cotidianas del barrio, combinándolo con cámaras digitales, como quien reconoce que la mirada importa más que el instrumento.
Véanla.

martes, 23 de junio de 2026

Amores traicionados


En las paredes desconchadas también habitan historias calladas: relatos de desamor, celos e infidelidades. La naturaleza de los muros se parece más de lo que creemos a la naturaleza humana.
Poco importa que no podamos reconocer la especie ni el sexo de los implicados. Aun así, resulta fácil intuir emociones: la tristeza y la soledad en ese fragmento aislado que parece haberse desprendido del resto, y, al mismo tiempo, el afecto y la ternura en esos otros trozos que, acercándose apenas, semejan darse un beso casto y silencioso.
Tal vez las paredes, como las personas, también conservan cicatrices; y en cada grieta, queda adherido el eco de una historia que ya nadie recuerda, pero que todavía puede sentirse.

lunes, 22 de junio de 2026

Cossos Presents


​El retrato fotográfico y su diálogo con la palabra escrita son dos de las disciplinas que más me apasionan; una combinación idónea para difundir ideas y dar voz a proyectos sociales. Aunque me siento cómodo trabajando la narrativa visual en otros ámbitos de la fotografía, debo confesar que con el retrato mi relación es compleja: entre la proliferación de los selfies y el generalizado miedo a la cámara, capturar la esencia de un rostro se ha convertido en un verdadero desafío.
​Con estas reflexiones en mente, me acerqué al Casal de Barri de la Prosperitat. Mi intención inicial era simplemente tomar un café y evocar viejos tiempos; recordar, por ejemplo, aquel reportaje de El País sobre el ajedrez gigante que la asociación Jaque al Rey instalaba en la plaza Ángel Pestaña, o el programa de iniciación al ajedrez Leonart que grabamos en 2008 para Televisión Española junto al Gran Maestro Miguel Illescas.
​Sin embargo, tras el café, me encontré con la exposición "Cossos presents" (Cuerpos presentes). La muestra, promovida por la Fundació Enllaç de Barcelona, articula con maestría el retrato fotográfico del artista visual chileno Felipe Robles con las entrevistas y textos del psicólogo y dinamizador Adri Bartolomé.
​Es precisamente en esta propuesta donde la relación entre texto e imagen cobra todo su sentido político y social. La exposición presenta primeros planos entrañables, directos y espontáneos de personas mayores del colectivo LGTBQ+, acompañados de cartelas que sintetizan biografías complejas, a menudo marcadas por el desarraigo o el sufrimiento. Lejos de caer en el melodrama, el texto complementa la mirada de los protagonistas: donde la palabra narra la dificultad histórica, las imágenes responden con complicidad, alegría, serenidad y esperanza. Es un magnífico ejemplo de cómo la fotografía y el testimonio escrito se necesitan mutuamente para romper la invisibilidad y devolver la dignidad, recordándonos virtudes de las que, desgraciadamente, hoy no andamos sobrados.

viernes, 19 de junio de 2026

30 horas, 810 cm y 42 fotos

⚡️ 30 horas, 810 centímetros y 42 fotografías. Así es el proyecto de los alumnos de 3º de ESO que ya puedes visitar en el Centro Cívico Can Basté.
​Una recopilación de retratos y miradas de Turó de la Peira y Can Peguera que nos demuestran el poder de la fotografía joven. Nos muestran realidades tranquilas, inquietas, divertidas y profundamente sinceras que te hacen conectar con el barrio de una forma única.
​¡Una exposición que te remueve por dentro y te contagia las ganas de volver a empezar y mirar el mundo con la inocencia de los 15 años! 🎞️👇
​Ven a descubrir el talento de estos futuros fotógrafos.
​#ExposiciónBarcelona #NouBarris #FotografiaEnCurs #TalentoJoven #CulturaProximidad #BarcelonaCultura

​💡

martes, 16 de junio de 2026

El 183


​Vengo de visitar las magníficas exposiciones de Matisse y el desenfoque en CaixaForum, pero la muestra que hoy me ha encogido el corazón y me ha llenado de orgullo es mucho más cercana. Hablo de la exposición fotográfica escolar realizada por las alumnas y alumnos de 1º y 2º de ESO del Institut Escola Mestre Morera en la Biblioteca Zona Nord.
​A través de sus objetivos, estos jóvenes han retratado el alma, la cotidianidad y la dignidad de Torre Baró, Ciutat Meridiana y Vallbona. Capturas del autobús 183 uniendo caminos, las miradas de los vecinos en las paradas, los campos de fútbol entre bloques y la vida que transcurre en la Zona Nord.
​A veces nos quejamos por vicio. Al ver esto, uno se pregunta: ¿dónde habría llegado un doctor en Bellas Artes si en su juventud hubiera tenido la suerte de contar con profesores de fotografía como los de este proyecto?
​Frente a tantas tonterías (y cosas peores) que inundan las redes sociales, este proyecto didáctico nos demuestra que la educación pública y el arte local son las mejores herramientas para transformar la mirada de los jóvenes y tejer comunidad.
​¡Mi más sincera enhorabuena a los alumnos por su inmensa calidad técnica y artística, y al centro por un montaje impecable! 👏🏫❤️
​#ArteComunitario #ZonaNord #NouBarris #EducaciónPública #MestreMorera #FotografíaSocial #TorreBaró #CiutatMeridiana #Vallbona #TalentoJoven

martes, 2 de junio de 2026

Morir matando. 2026

Sé que hay mucha gente que me ignora, que me mira mal, que no me comprende, que me envidia, que me compadece y que me desprecia. Seguro que algo habré hecho; no me cabe duda. Sin embargo, no lo comprendo. No estoy metido en política, saludo a todo el mundo y echo una mano a mucha gente.
Es cierto que me acuesto temprano, doy largos paseos, nado un poco y monto en la bicicleta estática de vez en cuando. Confieso que trato de leer tres o cuatro libros al mes, que leo la prensa todos los días, que me gusta desayunar con mi mujer y tomar café con mis amigos. Supongo que hago más fotos con el móvil de las que debería. Pero también fotografío con cámara digital y con una cámara de carrete de paso universal.
Puede que escriba poco y que no me aclare con mis papeles ni con mis archivos digitales. A veces me arrepiento de dedicar más tiempo a la inteligencia artificial que a mis amigos enfermos. También confieso que me gusta viajar un poco, escuchar música en CD, ver alguna que otra película y evocar los mejores años de mi vida.
Reconozco que soy un viejo pensionista que recuerda con relativa frecuencia su etapa laboral. No me gustan las guerras, no creo en las verdades eternas, me gusta soñar despierto y añoro los tiempos en que dormía de un tirón, mis sentidos eran más agudos y mi creatividad estaba en estado de gracia.
Por razones evidentes, estoy a la defensiva. Pero sigo dispuesto a luchar y, si fuera necesario, a morir matando.

martes, 26 de mayo de 2026

Jornada Antitabaco. Camporrobles

Tabaquismo

🚭💙 Hoy en Camporrobles hemos disfrutado de una bonita jornada de concienciación sobre los riesgos del tabaquismo organizada por nuestro centro de salud.
Durante la mañana, los participantes pudimos medir nuestro nivel de CO₂ y, quienes como yo conseguimos bajar de 5, ¡estamos aprobados! 👏😊
Además, realizamos una caminata a buen ritmo invitando a todos los vecinos a sumarse y apostar por hábitos más saludables. Para reponer fuerzas, disfrutamos de una refrescante degustación de sandía 🍉, un momento perfecto para compartir conversaciones y pasar un rato agradable entre vecinos.
Las enfermeras también nos informaron sobre un próximo taller para dejar de fumar y nos animaron a cuidar nuestra salud y llevar una vida más sana.
Gracias a todas las personas que participaron y al personal sanitario por su implicación y cercanía. ¡Pequeños pasos que suman mucho para nuestro bienestar! 💪🌿

lunes, 18 de mayo de 2026

Caminar 10.000 pasos

Modestamente, y sólo en mis mejores mañanas, a veces me permito imitar al gran Francesc Català-Roca en su etapa de jubilado. Català paseaba por Barcelona con una pequeña cámara de bolsillo equipada con un objetivo Zeiss, caminando sin prisa, como corresponde a los hombres que ya han dejado de fingir que el tiempo les pertenece. Se detenía en lugares particularmente fotogénicos, escogía una posición discreta y estratégica y esperaba. Esperaba simplemente a que ocurriera algo. O, más exactamente, a que la realidad tuviera la cortesía de organizarse ante sus ojos.
Ese gesto aparentemente inútil —esperar en una esquina a que pase una sombra, un perro, una pareja discutiendo o una anciana con bolsas de la compra— contiene probablemente más sabiduría que muchos tratados de productividad contemporánea.
Yo intento caminar diez mil pasos diarios, como recomiendan ahora médicos, relojes inteligentes y aplicaciones obsesionadas con evitar que muramos demasiado pronto. Así que me detengo menos que Català y, lamentablemente, tampoco poseo su mirada fotográfica. Él encontraba geometrías secretas; yo, con suerte, encuentro una farola torcida y un perro resignado.
Sin embargo, de vez en cuando hago alguna fotografía que me parece digna de salvarse del olvido inmediato. No digo una gran fotografía. No exageremos. A cierta edad uno aprende que la modestia no es una virtud: es simplemente una forma elegante de evitar el ridículo.
Por comodidad y discreción utilizo un smartphone. En este caso, un Huawei P40 con objetivo Leica, que funciona sorprendentemente bien para estos ejercicios de flânerie suburbana. Hay algo deliciosamente irónico en utilizar una tecnología diseñada para consumir vídeos idiotas y mensajes instantáneos con el propósito ligeramente anticuado de mirar el mundo.
Porque eso hacía el viejo flâneur: mirar.
Charles Baudelaire inventó la figura del flâneur como ese paseante urbano que vaga sin rumbo productivo, entregado a la observación minuciosa de la vida moderna. Más tarde, Walter Benjamin convirtió al flâneur en una especie de héroe melancólico de la ciudad contemporánea. Un espía sentimental del capitalismo. Un jubilado avant la lettre.
Y hay que reconocer que la jubilación favorece muchísimo el flâneurismo. El jubilado dispone precisamente de aquello que el capitalismo considera sospechoso: tiempo libre y lentitud. El jubilado pasea sin finalidad visible, y eso inquieta. La sociedad tolera mejor al corredor exhausto que al paseante contemplativo. El runner parece disciplinado; el jubilado que se detiene a mirar un balcón parece un individuo potencialmente peligroso o, peor aún, alguien que piensa.
Pasear tiene además un efecto terapéutico del que se habla poco. Caminar varias horas por la ciudad permite una saludable suspensión de la neurosis privada. Uno sale de casa preocupado por la tensión arterial, la factura de la luz o el deterioro de las rodillas y termina observando cómo un gato contempla el mundo desde un balcón con una serenidad budista.
La fotografía callejera cumple una función parecida. Obliga a prestar atención. Y prestar atención es quizá la forma más humilde y eficaz de meditación laica.
Mientras uno encuadra una sombra o espera a que un anciano cruce lentamente la acera con su perro, desaparece durante unos segundos el ruido mental habitual: la política, los suplementos culturales, el colesterol LDL y las noticias apocalípticas sobre inteligencia artificial. La cámara —incluso la humilde cámara del teléfono— actúa como una prótesis de la curiosidad.
En la fotografía que acompaña estas líneas aparece precisamente uno de esos momentos mínimos que probablemente no interesan a casi nadie y que, sin embargo, contienen una extraña densura humana. Un jubilado pasea a un perro. Arriba, en el balcón, otro animal observa la escena con esa superioridad moral que sólo poseen los gatos y algunos funcionarios de Hacienda. Una sábana cuelga atravesando la imagen como una bandera doméstica de rendición civil. La luz del mediodía organiza las sombras con una precisión casi teatral.
Nada extraordinario sucede. Y, sin embargo, sucede exactamente la vida.
Eso era lo que comprendían fotógrafos como Català-Roca: la épica verdadera de las ciudades no está en los monumentos sino en las pequeñas coreografías involuntarias de la gente corriente. Un hombre caminando. Un perro cansado. Un balcón desordenado. La ropa secándose al sol. La lenta decadencia de las fachadas. El milagro estadístico de que todos esos elementos coincidan durante una fracción de segundo.
Naturalmente, las redes sociales suelen recibir estas imágenes con una indiferencia devastadora. Uno sube la fotografía convencido de haber capturado una delicada meditación visual sobre la condición humana y obtiene tres “me gusta”: uno de un antiguo compañero de trabajo, otro de un primo que se ha equivocado de botón y un tercero generado probablemente por un bot ruso especializado en contenido geriátrico.
Las redes sociales prefieren otras cosas: gatos haciendo parkour, indignaciones instantáneas o fotografías de desayunos escandinavos. La contemplación lenta del espacio urbano compite mal contra una receta de tortilla viral.
Pero quizá esa indiferencia sea incluso saludable.
El fotógrafo aficionado jubilado descubre tarde o temprano que fotografiar no sirve para triunfar socialmente sino para sostener una conversación silenciosa con el mundo. Una conversación privada y ligeramente absurda. Uno sale a caminar con la vaga esperanza de encontrar algo que merezca ser mirado y regresa a casa con la sospecha de que el simple hecho de haber mirado ya justificaba el paseo.
Tal vez por eso tantos jubilados caminan.
Caminan para mantener a raya el azúcar, la hipertensión y la melancolía. Pero también para seguir formando parte del movimiento general de la ciudad. El jubilado sedentario desaparece lentamente; el jubilado que pasea todavía pertenece al paisaje humano.
Y si además lleva una pequeña cámara en el bolsillo —aunque sea un vulgar teléfono móvil con pretensiones Leica— puede incluso llegar a experimentar la ilusión maravillosa de que aún participa modestamente en la vieja tarea de descifrar el mundo.
No está mal para una mañana cualquiera.

viernes, 15 de mayo de 2026

Manual de l'escaquista veterà amb sentit comú



​Els escacs per internet ens han venut la idea que és fàcil jugar. Ja no cal anar a un club o a un cafè. Ara el rival és a un clic. Però, a quin preu?
​L'algoritme que aparella jugadors és sàdic. Et junta amb algú del teu nivell perquè pateixis sempre. En el vell casino d'abans, et podies trobar amb l'avi amable a qui guanyaves, o amb el mestre local que t'aixafava en deu moviments. Hi havia un ordre, hi havia història, hi havia vida. El programa, en canvi, et condemna a un avorriment de números: guanyaràs la meitat de les teves partides i perdràs l'altra meitat. És una igualtat digital que ens treu el dret a creure'ns millors del que som.
​La ment en els escacs per internet és la ment dividida. Jugar en una pàgina no és "jugar amb algú", és jugar contra una ombra mentre la teva vida real s'estripa al teu voltant.
​Fer moltes coses alhora: Al club i al cafè està mal vist mirar el mòbil mentre jugues. A casa, jugues una obertura mentre vigiles que la llet no vessi, escoltes les notícies de la fi del món i li dones una llaminadura al teu gosset o acaricies el teu gat. El resultat són uns escacs "ensaladilla": una mica de tècnica, una mica de distracció i molta deixadesa.
​Llocs estranys: Es juga a la sala d'espera del dentista, al metro o, siguem sincers, al bany. Els escacs han passat de ser el "Joc dels Reis" a ser el "Passatemps de l'estrenyit". Com hem de pensar bé una jugada complicada quan el lloc ens convida a acabar ràpid per raons del cos?
​Jugar en una pàgina web ens aïlla. Al club, si et mengen la dama, pots veure l'alegria en els ulls del rival, olorar el seu triomf, sentir la tensió. Els escacs són un esport de contacte mental. Per internet, el contacte es redueix a un missatge que diu "bon joc" (si el rival és educat) o a un insult en lletres rares (si no ho és).
​Hem canviat l'encaixada de mans al final de la partida per un botó que diu "Un altre cop". No busquem aprendre, busquem venjar-nos de seguida d'una icona que ben bé podria ser un programa o un nen de vuit anys en pijama a Singapur.
​Parlem de les partides d'un minut i altres de semblants. Això no són escacs; és un examen de reflexos per a pilots amb problemes de nervis. Per al jugador gran, les idees del qual ja no van tan ràpides, aquestes partides són una trampa mortal. Intentar pensar una jugada difícil a aquesta velocitat és com intentar fer un sudoku mentre et persegueix un lleó: el més segur és que acabis movent el ratolí sense cap sentit.
​El truc del ratolí: A aquest ritme, guanya qui té millor internet. Es perd per temps en posicions que són fàcils de guanyar, cosa que fa una ràbia que només es calma... jugant una altra partida. I així, fins a les tres de matinada.
​Els escacs per internet haurien de ser l'aperitiu, mai el plat fort. Juguem-hi, sí, però amb la calma de qui sap que la vida passa fora de la pantalla.
​La mesura justa: Proposo un màxim de tres partides al dia a ritme més lent (15 minuts + 10 segons, o bé 10+2). Jugar amb el televisor apagat. Amb la família avisada que "estem pensant".
​Tornar al cafè, al club, al casino: Recuperem la partida on es pot parlar de la jugada, on l'error es comparteix amb un somriure i on, si perds, almenys et queda el consol d'una cervesa o un cafè amb llet.
​Si seguim per aquest camí de velocitat absurda i soledat digital, acabarem tenint un dit polze ben inflat i sense saber parlar amb ningú més de seixanta segons.
​Recordi, estimat lector: els escacs es van inventar perquè dues ments es trobessin en un camp de batalla d'idees, no perquè dues persones ignorin els seus veïns mentre mouen peces virtuals a la parada de l'autobús.
​Baixi el ritme. Respiri. Miri el seu rival als ulls (encara que sigui per videotrucada, si no hi ha res més). I sobretot, no jugui a un minut si ja té fils de plata a la barba; el seu metge del cor l'hi agrairà.
​Resum del "Manual de l'Escaquista amb Sentit Comú":
​El rival no és un programa, encara que jugui com si ho fos.
​El bany no és un club d'escacs.
​Guanyar per temps en una jugada de mat en un moviment és legal, però fa lleig.
​Una partida en un cafè val més que mil clics.
​El silenci és el millor amic per pensar; la ràdio només serveix per excusar per què has perdut la torre.