jueves, 13 de agosto de 2026

Elogio de la Canon T90


​Con solo mirarla se despertaba el deseo de poseerla. Su cuerpo era una maravilla: suave y estilizado, limpio y enigmático, sensual y exuberante. No le faltaba de nada, pero más que su figura, lo que realmente me impresionaba eran las cosas que hacía. Y aunque nos separaba la luna del escaparate, ya tenía la agradabilísima impresión de estar acariciándola, y lentamente ir desvelando sus misterios más ocultos hasta llegar a penetrar en el fondo de su alma.
​Aunque en circunstancias "normales" sirven casi todas las buenas, lo cierto es que, cuando se desea actuar con rapidez en las situaciones más adversas, hay que ser muy selectivo. De este modo me sentí fascinado ante aquella moderna cámara fotográfica de alta tecnología, la Canon T90. Me impresionó profundamente su medición "spot", su flash TTL y su rapidísimo motor integrado. No tuve que realizar ningún esfuerzo intelectual excesivo para darme cuenta de que con aquel maravilloso instrumento mis fotografías ganarían en rapidez y precisión.
​Mientras estaba absorto contemplándola, alguien intentó llamar mi atención diciendo "hola". Y al girarme, unos sensuales labios femeninos me dibujaron una sonrisa perfectamente estudiada, que interpreté como una clara invitación a realizar un intercambio sexual de carácter contractual dado que por aquella zona coincidían las tiendas de fotografía profesional con las profesionales del amor —a decir verdad, siempre me ha llamado la atención esta coincidencia espacial, pero lo que también me ha picado la curiosidad es el porqué el calificativo de "profesional" tiene connotaciones tan distintas en el arte fotográfico y en el arte de amar—. Correspondí a su saludo con otro "hola" y con una mirada triste casi tan estudiada como su sonrisa. Entonces unos inmensos ojos verdes tenuemente pintados de azul se clavaron ante los míos, mientras que sus labios escribían en el aire una frase preparada: "¿Quieres pasar un rato?".
​Tanto la cámara como la muchacha me habían fascinado. Estaba hecho un lío y no sabía si entrar en la tienda de fotografía o corresponder de alguna manera a la invitación de la muchacha. Finalmente opté por esto último, porque en mi escala de valores tienen prioridad los seres humanos a las maquinitas.
​Poco después, estábamos sentados en la terraza de un café. Nos bañaba la luz difusa de un lento atardecer de agosto que descubría con toda nitidez la enigmática belleza de su rostro, el dinamismo de unos senos que jugueteaban como peces infantiles bajo una blanca blusa de seda natural y el ligero bronceado de unas piernas perfectamente moldeadas que nos descubría una ajustada falda tejana. El contacto de mis labios con el reconfortante dulzor de una copa de Baileys me dio la suficiente valentía como para ser relativamente sincero. De este modo, le expliqué mi ansiedad por satisfacer un doble deseo: fotografiarla con la Canon T90. Mientras ella saciaba su sed con un refresco de cola sin cafeína, me miró como si yo fuera un ser alucinado, y entonces estalló en una risa absolutamente espontánea.
​Realmente estaba satisfecho porque había conseguido que ella se comportase de forma natural y dejase de representar aquel papel tan turbio, pero todavía esperaba que ella dejase de decir banalidades. Después de sorber un nuevo trago de Baileys le regalé una tierna mirada y le dije:
​—Bueno, ya es hora de que me cuentes algo, ¿no?
​Sus ojos buscaron los míos, posó su mano entre sus labios, sonrió artificialmente y poniendo cara de mujer fatal me dijo:
​—Yo soy la puta respetuosa.
​De repente empecé a recordar, y creí identificar su rostro en alguna de mis fotografías de teatro.
​—Claro, tú protagonizaste hace unos siete años un montaje de La puta respetuosa de Sartre. Tú estabas en una compañía independiente y yo empezaba a interesarme por la fotografía del espectáculo. Por aquel entonces yo trabajaba con una Canon A-1 y un 50 mm 1:1.4, y el Tri-X forzado a 1600 ASA y revelado con HC-110 era mi combinación preferida de película/revelador. Lo recuerdo todo menos tu nombre.
​—Me llamo Carmen y ciertamente representé la obra de Sartre siete años atrás. Pude verte claramente poco antes de que te quedaras como hipnotizado frente al escaparate de la tienda de fotografía; parecías estar tomando la fotografía de la sombra de un árbol proyectada en una pared. Como no llevabas cámara fotográfica pensé que estabas loco, pero después recordé que un extravagante fotógrafo tomó varias fotografías sin cámara mientras ensayábamos La puta respetuosa. Aquel fotógrafo se parecía mucho a ti, aunque más delgado y menos calvo. Acabé reconociéndote y decidí gastarte una pequeña broma para comprobar si realmente los fotógrafos poseen memoria fotográfica. Por cierto, tampoco recuerdo tu nombre.
​—Los buenos fotógrafos —contesté— poseen visión fotográfica, pero la memoria fotográfica es una virtud que normalmente no tenemos, ya que acostumbran a monopolizarla los estudiantes de Derecho, los opositores profesionales y los espías homologados. Me llamo José Manuel, aunque mis amigos más odiosos me llaman J. M.
​Me habló de que había regresado a los escenarios hacía escasos meses. Explicó cómo su exmarido le había presionado para dejar el teatro independiente y de que, después de su participación en La Pau retorna a Atenes de Rudolf Sirera, tuvo que elegir entre el escenario y su "Sheriff", y en mala hora se decidió —y cito palabras textuales— "por el de la pistola". Para ocupar su tiempo libre se matriculó en la Facultad de Geografía e Historia y, al cursar el quinto año la asignatura de "Historia del Arte Dramático", volvió a desatarse su pasión por el teatro. Naturalmente, no pudo encontrar ningún trabajo relacionado con la Historia, así que continuó trabajando en una lóbrega oficina.
​Carmen era una mujer extraordinariamente fotogénica y cada vez que me miraba con los ojos abiertos de par en par, yo previsualizaba su retrato fotográfico; la veía en un primer plano ligeramente picado y enfocando cuidadosamente unos ojos que miraban fijamente a la cámara. La profundidad de campo era muy pequeña porque utilizaba un Tamron 90 mm 1:2.5 a su máxima abertura, la cámara era una novísima Canon T90 con prioridad a la velocidad y con el índice de medición selectivo; la película Vericolor III fue la elegida para resaltar el ligero tono rosado de sus mejillas, el fascinante fulgor de sus ojos verdes y su hermosa media melena dorada. En ocasiones confundía la imagen previsualizada con la real; afortunadamente el Vericolor III no es Kodachrome, por lo que rápidamente aprendí a diferenciar ambas imágenes a través de los tonos suaves y la menor nitidez que daba la imagen previsualizada en Vericolor que la imagen real. Más tarde, la tarea se simplificó enormemente al previsualizar únicamente en blanco y negro, con Ilford FP4 revelada con Rodinal a 1:50 y positivada en Ilfospeed Multigrade II. Me sentía mucho mejor previsualizando en blanco y negro que en color, porque además de poder identificar claramente "la realidad y el deseo" —que diría Luis Cernuda—, podía apreciar también mejor la personalidad de la modelo. En realidad para el retrato no hay nada como el blanco y negro, porque proporciona la necesaria abstracción cromática para poder concentrarse plenamente en los rasgos físicos y psíquicos de nuestro modelo.
​Finalmente, acabé proponiendo a Carmen que participara en un proyecto fotográfico sobre retrato en el que relacionaba dialécticamente a la persona y al objeto que más deseaba en aquel momento: Carmen y la Canon T90. En definitiva, se trataba de lograr unas condiciones de ambientación e iluminación en las que el sistema fotométrico de la cámara, la resolución del objetivo, la inteligencia del fotógrafo y la fotogenia de la modelo fueran capaces de traducirse en buenos retratos fotográficos. Ella manifestó un sincero interés por mi proyecto, y nos citamos para desayunar dentro de tres lunas, es decir, el sábado. Me hubiera quedado con ella una eternidad, pero había quedado con unos coleguillas que estaban intentando montar un congreso de fotografía científica para el mes de septiembre. Además ella me dijo que tenía una cena con excompañeros de facultad que trabajaban de cualquier cosa menos de historiadores. Nos despedimos con un beso en la mejilla, mis labios quedaron impregnados de un delicado sabor a melocotón en almíbar y mi cuerpo vibró más que el espejo de una réflex de 6 × 7.
​Realmente, no resultaba demasiado difícil familiarizarse con el manejo básico de la Canon T90, especialmente si, como era mi caso, se tiene una experiencia previa con cámaras electrónicas. Pero las complejas medidas puntuales multizonales, los controles de sombras y altas luces, y la presunta conexión a un ordenador MSX, me hicieron quemar más neuronas de la cuenta, hasta que llegué a la conclusión de que de momento era mejor pasar de aquellas virguerías y utilizar el coco para corregir las situaciones de iluminación complicadas. Después de leer el libro de instrucciones, tomé unos retratos a "Lucy", la coquetona perrita pequinesa de mi vecino, y tras comprobar que los resultados habían sido correctos, me entregué a la preparación de la sesión con Carmen.
​Antes de iniciar la redacción del guion, perdí un par de horas hojeando los magistrales retratos de Julia Margaret Cameron, Nadar, August Sander, Cecil Beaton, Arnold Newman, Irving Penn, Richard Avedon, Yousuf Karsh, Diane Arbus y Philippe Halsman. Me pasé la tarde consultando revistas gráficas en una biblioteca pública. Poco antes de acostarme consulté mi archivo de retratos, y debo confesar que las comparaciones fueron odiosas.
​Todavía me quedaban dos lunas. Durante el penúltimo día estuve repasando La fotografía como documento social de Gisèle Freund, y aún me dio tiempo de poder visionar en mi videoteca Lolita, de Stanley Kubrick, y Manhattan, de Woody Allen. Posiblemente al lector le parecerá que esta no es una manera seria de preparar un proyecto fotográfico. Sin embargo, debo manifestar que tanto la lectura de ensayos fotográficos como la visión de películas cinematográficas hacen que el fotógrafo enriquezca extraordinariamente su bagaje. De esta forma acaban flotando en su intelecto nuevas ideas latentes que se revelan cuando el fotógrafo entra en acción. La obra de Gisèle Freund es una lúcida reflexión sobre el papel de la fotografía en la sociedad contemporánea, y sus comentarios sobre el retrato son absolutamente geniales. Kubrick y Allen son dos directores que acostumbran a pensar por sí mismos, además piensan muy bien en blanco y negro. Supongo que cualquiera de las películas monocromas de ambos directores hubiera servido, pero a decir verdad, las protagonistas de ambas me recordaban de alguna manera a Carmen y esta era una razón suficiente para volver a verlas.
​Tan solo me quedaba un día y tenía que escribir el guion; afortunadamente mi preparación teórica y psicológica no podía ser más afortunada, por lo que debo confesar que la redacción del guion fue tarea fácil. Reflexionar por escrito sobre los temas que uno va a fotografiar no es ninguna chorrada, sino que es un medio extraordinariamente útil para conseguir resultados aceptables; además conviene recordar que nuestros hermanos los cineastas siempre trabajan con guion. Sin embargo, hay que realizar guiones abiertos para dejar que la espontaneidad tenga su papel. Siempre realizo mis guiones utilizando un pequeño block de notas ligeramente inferior a una cuartilla, dedicando una hoja para cada apartado. El guion quedó de este modo:
​Título: Doble deseo.
Autor: José Manuel Torres.
Barcelona, abril de 1987.
​Tema: Retrato de una mujer.
Objetivos: Estudiar el comportamiento de una mujer y una cámara absolutamente maravillosas.
​Material: Canon T90, Tamron 90 mm 1:2.5, filtro ultravioleta, parasol, Ilford FP4.
​Iluminación: Luz natural difusa.
Fondos: Casas de planta y piso de finales del siglo XIX y principios del XX de expueblos que hoy están agregados a Barcelona.
​Descripción de la modelo: Se trataba de una de esas escasísimas mujeres que, cercana ya a los treinta, era capaz de despertar simultáneamente la atracción física y la admiración intelectual. Extrovertida e imprevisible, de manos finas y talle esbelto. Su afición por el teatro hacía que estuviese representando hasta en la vida real. Sus inmensos ojos verdes resplandecían como estrellas gemelas y su nariz de diosa griega nos conducía a unos labios diseñados para besarse. Su fracaso matrimonial, su monótono trabajo de administrativa y la falta de salida de sus estudios de Historia la hacían caer en periódicas crisis de identidad. En definitiva, se trataba de una rubia particularmente impactante a primera vista y absolutamente fascinante al conocerla mejor.
​Encuadres: Básicamente decidí dejarme llevar por las imágenes que había previsualizado, aunque introduje algunas modificaciones. Continué con la idea de que la modelo destacara del fondo, pero me pareció demasiado arriesgado realizar todas las tomas a máxima abertura, 2.5, dado que se suelen producir demasiadas aberraciones y las ópticas no rinden a tope. De este modo, mis diafragmas oscilarían entre 4 y 5.6. Evidentemente la mayoría de los encuadres serían verticales y bastante ajustados, no obstante también realizaría algunos horizontales en los que la modelo ocuparía una parte pequeña y lateralizada de la imagen; izquierda o derecha según los casos, dejando ver un fondo amplio y desenfocado que preferentemente sería alguna casa modernista o algún edificio público. También había pensado algunos encuadres en plano americano en los que los brazos y las caderas de Carmen describirían el armonioso lenguaje del deseo. Por el contrario huiría de las tomas de cuerpo entero, que siempre me recuerdan a las fotografías familiares mal hechas. En fin, intentaría jugar con su mirada y su sonrisa y no perdería la ocasión de resaltar su busto en algún contrapicado.

​Había llegado el día; después de un pantagruélico desayuno iniciamos la sesión fotográfica. Fotógrafo y modelo sintonizamos a la primera, parecía que nos transmitiéramos el pensamiento. La cámara funcionó perfectamente. La fotogenia de Carmen hizo que se despertaran algunas ideas latentes que flotaban en mi memoria. Fue, en definitiva, un éxito completo.
​El epílogo de esta historia concluyó aquella misma noche cuando, después de revelar los negativos, aprendimos juntos nuevas técnicas del positivado por contacto.
​J. M. Torres 

lunes, 10 de agosto de 2026

Fotografiar en agosto

​Este calor de plomo me está matando. Por eso aprovecho la tregua del amanecer para salir a tomar el fresco los días que despierto temprano. Tras despachar un café con leche con galletas —desayuno de campeones—, me eché a la calle. Me acompañaban el audiolibro de Viktor Frankl, El hombre en busca de sentido, y un cansancio rancio que me tomé la libertad de atribuir a la suma del calor, los años y la artrosis.
​Me apalanqué en un parque infantil con el triple y noble propósito de reposar la osamenta, asimilar el duro relato del psiquiatra austriaco y tratar de inmortalizar una modesta puerta de madera acariciada por las primeras luces de la mañana. Ya se sabe: el cartero siempre llama dos veces, Pedro Navaja nunca salía sin cuchillos de repuesto y los fotógrafos somos exactos al bacalao de George Bernard Shaw, en el sentido de que debemos despilfarrar miles de disparos al aire para que una sola imagen se salve de la quema.
​El caso es que disparé varias tomas a la dichosa puerta cuando, de pronto, el visor se me llenó de la masa encefálica de una señora con perrito que casi me tapó la lente. Se me abalanzó con el kit completo de la histeria ciudadana: que qué hacía yo allí, que si la había grabado, que le enseñara el móvil inmediatamente, que borrara la foto, que me iba a denunciar al mismísimo Tribunal de La Haya y que, por si fuera poco, ella no hacía nada malo porque llevaba bolsas para las cacas de su chucho. Un auténtico sainete.
​Creo que fue Mariano José de Larra quien sentenció que escribir en España es llorar. A este paso habrá que actualizar la máxima: salir a la calle a mirar el mundo y fotografiarlo es llorar, pedir perdón y buscarse un pleito. Hoy cotiza al alza la paranoia: se contempla con muchísimo más recelo a un fotógrafo aficionado intentando matar el tiempo para que el tiempo no lo mate a él, que a un reputado amigo de lo ajeno haciendo su agosto a plena luz del día.

miércoles, 29 de julio de 2026

La fotografía vista a los 68 años

La fotografía vista a los 68 años
Escribí La fotografía a los 30 años hacia 1989. Desde entonces han ocurrido algunas cosas sin demasiada importancia: desaparecieron los carretes, los laboratorios cerraron, Kodak se declaró en bancarrota, Internet convirtió el planeta en un pueblo y las redes sociales lograron que miles de millones de personas se convencieran de que eran fotógrafos.
No ha estado mal para un par de décadas.
Es cierto que antes ya habíamos sobrevivido a otras revoluciones: el gelatino-bromuro, Leica, Kodak, las cámaras réflex, los fotómetros y los automatismos de exposición y enfoque. Cada generación cree que le ha tocado vivir el gran cambio, pero esta vez la sacudida ha sido de otra magnitud.
Para hacerse una idea, un ciudadano del Imperio romano probablemente podría entender buena parte del mundo del siglo XVII. Sin embargo, si lo soltáramos en una ciudad de mediados del siglo XIX, pensaría que los dioses se han vuelto locos. Algo parecido sucede con la fotografía.
Un fotógrafo de finales del siglo XIX necesitaría unas semanas para acostumbrarse a la fotografía de 1980. Descubriría el color, el flash electrónico y los objetivos zoom, pero seguiría reconociendo el oficio. Ahora bien, si lo dejamos caer en pleno siglo XXI, con un móvil en cada bolsillo, millones de fotografías al minuto y una inteligencia artificial capaz de fabricar imágenes de cualquier cosa, concluiría que ha aterrizado en otro planeta... o en un manicomio.
A los fotógrafos de finales del siglo XX tampoco nos resulta sencillo adaptarnos. Hemos tenido que aprender más informática que química, más menús que diafragmas y más contraseñas que fórmulas de revelador. Pero, después del esfuerzo, debo reconocer que la mayoría de los cambios han merecido la pena. Y, además, nadie nos prohíbe seguir cargando un carrete cuando nos entra la nostalgia.
Lo peor no son los achaques de la edad. De esos ya se ocupa el traumatólogo.
Lo peor es comprobar con qué facilidad se ha vulgarizado el acto fotográfico. Nunca había sido tan sencillo hacer fotografías, y nunca había sido tan fácil hacerlas sin pensar. Millones de imágenes nacen cada día con una única aspiración: morir unas horas después sepultadas por otras millones.
Tampoco termino de digerir el desprecio hacia la técnica fotográfica. Durante décadas era difícil hacer una buena fotografía sin conocer el oficio. Hoy es perfectamente posible obtener imágenes magníficas sin saber qué es un diafragma, la profundidad de campo o la temperatura de color. El problema no es que la tecnología haga el trabajo; el problema es creer que, por eso, el fotógrafo ya no hace falta.
Antes se decía que alguien no sabía «hacer la O con un canuto». Ahora basta con pulsar una pantalla para conseguir una fotografía técnicamente impecable. El teléfono calcula la exposición, enfoca, elimina el ruido, corrige el color, estabiliza la imagen, borra a los turistas y, dentro de poco, seguramente decidirá también dónde conviene ir de vacaciones para fotografiar mejor el atardecer.
Lo que más me horroriza, sin embargo, es que cuando saco el smartphone del bolsillo me confundan con uno de esos individuos que fotografían compulsivamente el desayuno, el billete de avión, el ascensor del hotel y el café con espuma en forma de corazón. Yo también llevo móvil. La diferencia es que todavía sé por qué estoy haciendo la fotografía.
Hay otra novedad que tampoco esperaba. Hace cuarenta años el fotógrafo despertaba curiosidad; hoy, con demasiada frecuencia, despierta sospechas. Basta levantar una cámara para que alguien crea que pretendes robarle el alma, vulnerar su intimidad o montar una conspiración internacional. Nunca había sido tan fácil hacer fotografías y, al mismo tiempo, nunca había sido tan complicado convencer a algunos de que una fotografía no es un delito.
Con todo, no cambiaría esta época por ninguna otra. Hoy puedo hacer en una tarde fotografías que antes me habrían costado semanas de trabajo. Puedo compartirlas al instante con cualquier persona del planeta y acceder desde mi casa a más conocimiento fotográfico del que reunían las mejores bibliotecas cuando escribí estas líneas por primera vez.
Eso sí, sigo pensando que una buena fotografía continúa naciendo exactamente en el mismo sitio que hace ciento cincuenta años: unos treinta centímetros detrás del visor. Lo demás, por mucho que cambie la tecnología, siguen siendo solamente herramientas.

La Fotografía a los treinta años


Querido amigo:
Muy pronto vas a cumplir 30 años y, posiblemente, te verás obligado a realizar un primer balance de tu vida. En tu inventario aparecerá un cúmulo de pequeñas alegrías y un montón de fracasos.
«A la vuelta de la esquina te esperan las arrugas»
Vas a franquear un camino sin retorno: dejas para siempre de ser joven. A la vuelta de la esquina te esperan las arrugas, la obesidad, la calvicie, las hemorroides, la úlcera y, tal vez, el infarto.
Muy pronto advertirás signos inequívocos de tu declive psicofísico. A partir de ahora, la experiencia será tu baza más importante, y de ella te valdrás para afrontar los problemas más insolubles. Deberás extremar el cuidado de tus ojos, de tus piernas y de tu espalda.
«Tu currículum vítae acumula un enorme dossier de asignaturas pendientes»
Desde luego, nadie es perfecto, pero sé que te duele haber entrado en la treintena sin haber realizado ningún proyecto fotográfico interesante.
Lo peor es que tus fracasos con la fotografía son un problema menor. Tu currículum vítae acumula un enorme dossier de asignaturas pendientes.
La cosa no marcha; te sientes fracasado y, si sigues en la brecha, es porque todavía tienes fuerzas, tiempo y algo de dinero para salir adelante.
Pero ¿dónde está el fallo? Tu equipo vale más de medio millón. Posiblemente, también tienes contactos para acceder a estudios, laboratorios y equipo adicional a un precio razonable. Tampoco te faltan modelos fotogénicos ni paisajes que despierten tu interés.
«La imaginación y la tenacidad son dos virtudes difíciles de llevar a la práctica»
Te cuesta encontrar ideas y, cuando las tienes, es un follón llevarlas a cabo. La imaginación y la tenacidad son dos virtudes difíciles de llevar a la práctica.
Reconoce que te jode un poco verte convertido en un eterno aprendiz. Pero eso es normal. Todos tenemos mucho que aprender y algo que enseñar. Además, con paciencia se llega a todas partes.
Es duro comprobar cómo la gente de tu edad se va colocando. También eso tiene su explicación. Los hay que son genios, como Nadar, que abrió su primer estudio a los 33 años. Hay otros que son muy valientes y casi se juegan la vida a diario, como Juantxu Rodríguez, asesinado en Panamá a los 31 años. Otros han heredado el trabajo de su padre o los ha colocado su tío (de estos hay muchos, y algunos son muy buenos).
Pero tú no estás en ninguna de esas circunstancias. Tampoco eres un hijo de papá que ha podido viajar y estudiar fotografía con los mejores maestros. Reconoce que eres, fundamentalmente, un fotógrafo autodidacta, que apenas ha podido viajar al extranjero y cuyo inglés apenas le sirve para salir del paso.
«Te encuentras a medio camino de todo»
De modo que te encuentras a medio camino de todo: sin ser exactamente ni profesional ni aficionado; ni carne ni pescado. Ciertamente, tu acceso a la profesionalización es cada día más complicado. No es fácil, de entrada, ganar más dinero con la fotografía que con tu ocupación habitual. Además, sabes que los fotógrafos acostumbran a estar todo el día ocupados, y a ti te gusta dormir la siesta y pasar los domingos con la familia y los amigos.
Piensa que tampoco es demasiado importante llegar a ser profesional. Lo interesante es que acabes descubriendo las posibilidades expresivas que proporciona el lenguaje fotográfico. De esta forma, podrás desarrollar proyectos fotográficos coherentes de carácter artístico o documental.
Dicen que a los 40 es todavía peor. La mayoría engordan, se quedan calvos y dejan de hacer fotos. Algunos mantienen el tipo, pero repiten el esquema que adoptaron hace 15 o 20 años. Los hay, incluso, que montan mafias que pretenden controlar el mercado y bloquean a quienes no son de la familia.
En fin, querido amigo, la vida empieza a los 30 años. No tengas miedo de cruzar la frontera. ¡Al fin eres mayor!
José Manuel Torres

martes, 28 de julio de 2026

Viva el ajedrez gigante


Tras concluir una partida, los ajedrecistas sentimos la necesidad casi física de estirar las piernas y practicar algún deporte de verdad. Quizá por eso cueste tanto catalogar el ajedrez como disciplina deportiva, a no ser que se le añada la consabida muletilla de «el deporte de la inteligencia».
Lo cierto es que la mayoría de los profesionales del tablero cultivan algún ejercicio físico: Kaspárov es un apasionado del fútbol, aunque la preferencia mayoritaria entre los grandes maestros se inclina hacia el tenis.
Sin embargo, existe una vía intermedia: el ajedrez gigante. Es decir, disputar la partida con piezas verdaderamente monumentales (de unos dos kilos cada una). Se juega al aire libre, en parques y plazas públicas, ofreciendo una experiencia sumamente gratificante en la que se maridan el esfuerzo intelectual y el ejercicio moderado. En la Sección d'Escacs del Casal Catòlic de Sant Andreu ya vivimos esta experiencia hace algún tiempo en la plaza Orfila, aunque la iniciativa no llegó a cuajar: los jugadores se resistían a acarrear las piezas y, claro está, la gracia del asunto residía en eso.
Este verano he tenido la oportunidad de reencontrarme con esta modalidad en Suiza. Se trata de un país pequeño, de unos seis millones de habitantes —una cifra pareja a la de Catalunya—. Más allá de sus célebres bancos y relojes, los suizos guardan la sana costumbre de disponer ajedreces gigantes en la mayoría de sus ciudades. Berna es, sin duda, la capital donde se cultiva esta afición con mayor entusiasmo; allí pude jugar en tres ocasiones. Tras una espera de casi dos horas para ocupar el tablero, el trámite valió sobradamente la pena. Salí victorioso de los tres encuentros, si bien mi desconocido oponente me plantó una firme batalla y, en el último combate (cuya transcripción figura más adelante), estuvo a punto de abocarme a unas tablas fotográficas.
La vivencia ha resultado enormemente enriquecedora y confío en poder replicarla pronto en Sant Andreu. Al exigir movimiento corporal, la mente se preserva activa y despejada. Aunque el esfuerzo inicial requiere cierto hábito, una vez que se le toma la medida se convierte en un placer. Es una práctica muy recomendable para cualquier aficionado, pero resulta idónea para combatir el sedentarismo y está especialmente indicada para los ajedrecistas de la tercera edad.
LA PARTIDA
Me dio la sensación de que los aficionados suizos asiduos al ajedrez gigante exhiben un nivel técnico equiparable al de un jugador de primera categoría en Catalunya. Con todo, resulta complejo trazar comparativas, pues el ritmo de juego sobre un tablero monumental posee un carácter muy particular.
Fue un choque tenaz. Con las piezas negras, planteé la aguda variante Ulvestad de la defensa de los dos caballos (consultar la página 32): 1. e4 e5 2. Cf3 Cc6 3. Ac4 Cf6 4. Cg5 d5 5. exd5 b5!?
Inicialmente, mi rival adoptó una postura excesivamente cauta. Sin embargo, al verse acorralado, articuló una réplica notable: un certero sacrificio de calidad neutralizó mi empuje y me colocó en una posición comprometida. Cuando todo apuntaba a un desenlace en tablas por repetición, mi oponente pasó por alto una decisiva entrega de dama en h4. El mate en una jugada quedó visto para sentencia.
José-Manuel Torres

Berna Julio 1990

En el verano de 1990 viajé a Suiza un Congreso de Fotografía. Allí tuve oportunidad de jugar varias partidas de ajedrez gigante. Por entonces jugaba en el club d'escacs Sant Andreu, dónde también habíamos realizado alguna partida de ajedrez gigante.

​BERNA - JULIO 1990
• ​Jugada en: Ajedrez Gugante
• ​Apertura: Def.  2 caballos/ Var. Ulvestad
• ​Blanques: Desconocido
 ​Negres: J.M. TORRES (St. Andreu)
​Movimientos de la partida
​1.e4 e5
2.Cf3 Cc6
3.Ac4 Cf6
4.Cg5 d5
5.exd5 b5!?
6.Ab3 Cd4
7.d3 Ae7
8.0-0 0-0
9.Cc3 Ab7
10.Ae3 h6
11.Cge4 Cxd5
12.Axd4 exd4
13.Cxb5 c5
14.Ca3 f5
15.Cd2 Rh7
16.Cac4 Cf4
17.f3 Af6
18.Te1 Dc7
19.Cf1 g5
20.Cg3 Ag7
21.Dd2 a5
22.a4 g4
23.fxg4 Cxg2
24.Cxf5 Cxe1
25.Txe1 Dc6
26.Cg3 Tf4
27.Ce5 Axe5
28.Txe5 Taf8
29.Ad5 Df6
30.De2 Axd5
31.Txd5 Tf2
32.De4+ Rg8
33.Td7 Tf1+
34.Rg2 Tf2
35.Rh3 Dh4+!! (0-1)

lunes, 27 de julio de 2026

Sabina, 19 06 1987

Alejandra, la hija de mi mujer, se sorprende que, yo asista a tan pocos conciertos. Tiene razón, en parte. Los años pesan, y cada vez me cuesta más afrontar los desplazamientos, las aglomeraciones y las inevitables incomodidades de un recital.

Sin embargo, mientras escucho un viejo disco de Joaquín Sabina grabado en directo con Viceversa, comprendo que hay otro motivo, mucho más profundo. La música tiene la extraña capacidad de abrir puertas que uno creía cerradas para siempre.

Había comprado una entrada para ver a Sabina en la plaza de toros Monumental. Era el 19 de junio de 1987. Unas horas antes, ETA había perpetrado el atentado de Hipercor, en la avenida Meridiana. Veintiuna personas fueron asesinadas y decenas más resultaron heridas. Aquella noche el concierto estuvo envuelto en una tristeza imposible de describir. Había menos público del esperado, pero, sobre todo, pesaba un silencio invisible que ninguna canción podía romper.

Para mí, el golpe fue todavía más cercano. Vivía y trabajaba en aquel barrio. El día anterior había estado comprando en ese mismo centro comercial. Bastó un solo día para que un lugar cotidiano se convirtiera en el escenario del horror.

Al día siguiente, 20 de junio, me correspondió guardar un minuto de silencio como secretario del comité de empresa del ambulatorio de Sant Andreu. Aquel minuto fue interminable. Un silencio cargado de dolor, de incredulidad y de una impotencia que, casi cuarenta años después, todavía no ha desaparecido del todo.

Quizá por eso ya no busco los conciertos con el entusiasmo de antes. Hay músicas que no solo despiertan recuerdos: también reabren heridas.

Y, precisamente por eso, me alegra que Alejandra pueda vivir la música de otra manera. Que disfrute de Rubén Blades, Bad Bunny o Shakira sin que cada canción arrastre el peso de una tragedia. Ojalá sus recuerdos de los conciertos estén hechos únicamente de alegría, de amigos y de noches inolvidables. Es un privilegio que mi generación, demasiadas veces, no tuvo.

viernes, 24 de julio de 2026

A mi madre le gustaba escuchar el acordeón. No sé si fue en su aldea, en alguna fiesta de agosto, o en Utiel, donde tal vez el instrumento sonaba entre el ruido de la gente y el calor de la tarde; lo cierto es que aquella música le devolvía —así lo intuyo— algo de su infancia y de su juventud, un tiempo que yo solo conozco a través de sus silencios. Era, además, seguidora fiel de la acordeonista María Jesús, cuyo nombre pronunciaba con una familiaridad que a mí, de adolescente, me resultaba extraña y entrañable a la vez.Por eso he seguido con un interés que no era solo curiosidad, sino una especie de deuda pendiente, el recital que Horacio Garrido ha dado en Camporrobles. Durante años recorrió, a veces solo y a veces junto a su padre, los pueblos de la provincia de Cuenca y otros muchos rincones de España, cargando el fuelle del acordeón como quien carga una memoria colectiva. Presentó también un libro, Con el acordeón a cuestas, de más de setecientas páginas donde recoge esa trayectoria, ese mapa hecho de caminos y de música. Pensé en mi madre durante todo el concierto. Le hubiera gustado, estoy seguro. Y aunque ella ya no estaba allí para escucharlo, algo de su gusto por aquellas notas seguía sonando en la sala, prestado por mí, que ahora ocupo su lugar en la fila de quienes aman el acordeón sin saber muy bien por qué. Ha sido un recital fantástico.

Fábrica de Harinas de Camporrobles

En el marco de la Semana Cultural de Camporrobles, asistimos a una visita guiada a la antigua fábrica de Harinas San Isidro Labrador, un edificio de tres plantas que permaneció en funcionamiento entre 1926 y 1982. La visita fue conducida por Gerardo Gómez, concejal de Cultura, quien nos mostró las distintas dependencias y nos explicó la historia de esta emblemática industria harinera, que durante décadas abasteció al municipio y a su entorno.

Actualmente, parte del edificio y de su maquinaria han sido rehabilitadas, lo que permite apreciar el extraordinario valor patrimonial de este conjunto de arqueología industrial. Resulta fascinante contemplar aquellas máquinas, en su mayoría de fabricación española, testimonio del desarrollo tecnológico e industrial de buena parte del siglo XX.

La fábrica constituye, además, un valioso referente para comprender la evolución económica y social de Camporrobles en su contexto geohistórico, cuando la transformación de los cereales era una actividad esencial en una comarca de marcada vocación agrícola. Su cierre en 1982 refleja también los profundos cambios tecnológicos y productivos que experimentó el sector harinero, incapaz de competir con la automatización y los sistemas de molienda más modernos que se generalizaron durante la década de 1980.

martes, 7 de julio de 2026

Biblioteca Zona Nord


​La biblioteca Zona Nord es, antes que un edificio, un refugio climático; un pacto de tregua contra el asfalto ardiente. Ahora que el calor estival nos abruma con su peso de plomo y las aulas han quedado vacías, el paisaje humano se ha transformado. Diríase que la juventud ha trocado los apuntes por la brisa de la playa, dejando las salas a merced de un silencio distinto.

​Mi rincón predilecto sigue siendo la sección de prensa y revistas. Demorarme en esas páginas me rescata del ruido del mundo; me regala una paz interior y una capacidad de reflexión infinitamente superior a la prisa anestésica de las pantallas y el flujo incesante de internet. Y, sin embargo, a mi alrededor, la mayoría de los usuarios permanecen imantados a sus teléfonos, tablets u ordenadores. Me asalta la impresión de que habitan el lugar sin habitarlo, sin extraerle el verdadero jugo a este templo de calma. Quizá les baste con esa desconexión. Puede ser.

​Por mi parte, mientras el planeta hierve ahí fuera, yo sigo fiel a mi certeza: no soy capaz de concebir ningún paraíso, ni cielo alguno, que no tenga la forma y el aroma de una buena biblioteca. 

domingo, 28 de junio de 2026

Vallbona

Me cautivó la película de José Luis Guerin, Historias del buen valle. Quizá por eso, cuando participé junto a otros miembros de Torre Roja en la Fiesta Mayor de Vallbona, procuré conversar con quienes se acercaban a la exhibición de ajedrez que organizamos. Entre partida y partida, les hablamos de nuestras actividades ajedrecísticas en el Centre Cívic Zona Nord y también de las que impulsan otras asociaciones cercanas, en Montcada, Sant Andreu y Nou Barris.
En el tablero hubo de todo: enseñamos algunos trucos a los más jóvenes, aprendimos de otros jugadores y también encajamos alguna dolorosa derrota. Pero, sobre todo, descubrimos que en Vallbona hay muchas personas con ganas de jugar al ajedrez, de compartir una partida y de hacer del tablero un lugar de encuentro.
Ojalá volvamos pronto al «buen valle», que, con las obras ya terminadas, será un lugar aún más acogedor para seguir jugando y conversando.

sábado, 27 de junio de 2026

Tres mujeres

Me despierto hacia las cinco de la mañana, agobiado por un bochorno nocturno insoportable. Tras asearme y tomar un café, decido salir a dar un paseo. Así termino de despejarme y aprovecho el relativo frescor matinal para hacer algo de ejercicio.
Al cabo de un rato observo a una señora de unos sesenta años con cierto sobrepeso. Lleva unas gafas de pasta rectangulares, el cabello canoso cuidadosamente peinado, varias pulseras, algunos anillos y un precioso reloj de pulsera dorado. Lee con auténtica avidez El color del cielo, de Julianne MacLean. Poco después un coche se detiene junto a ella; la mujer cierra el libro y sube al vehículo.
Continúo con mi paseo y mis ejercicios hasta que, en un banco, veo a una mujer de mediana edad revisando una carpeta repleta de documentos. Tacha, subraya, añade anotaciones a mano y corrige con la concentración de quien dialoga con el texto más que limitarse a leerlo.
Cuando el sol comienza a hacerse notar y yo doy por terminado el paseo, descubro una tercera escena. En una zona ajardinada, una joven de poco más de veinte años recostada en el césped, escribe en una libreta de estilo Moleskine entre sus muslos y sus rodillas. Lo hace con calma, absorta en sus pensamientos, como si el tiempo hubiera ralentizado su paso.
Las tres imágenes, aparentemente cotidianas, me produjeron una inesperada sensación de esperanza. En una época dominada por los teléfonos móviles, las tabletas y las pantallas que reclaman nuestra atención de forma constante, contemplar a tres mujeres de generaciones distintas entregadas a la lectura en papel y a la escritura manuscrita me pareció casi un pequeño milagro.
Leer un libro impreso exige una disposición diferente: favorece la concentración sostenida, invita a la pausa y establece una relación física con el texto que difícilmente puede reproducirse en una pantalla. Escribir a mano, por su parte, obliga a pensar al ritmo de las palabras, convierte la escritura en un acto más reflexivo y deja en el papel una huella personal que ningún teclado puede imitar.
Quizá aquellas tres mujeres no fueran conscientes de ello, pero representaban una silenciosa forma de resistencia cultural. Mientras el mundo parece precipitarse hacia la inmediatez y el consumo fugaz de información, ellas reivindicaban, sin proclamas ni discursos, el valor del tiempo lento, de la atención profunda y del contacto tangible con las palabras.
Bravo por ellas.

jueves, 25 de junio de 2026

Chavalas


Tengo que pasar más por Cornellá. Hay algo en esa ciudad que me atrae con una fuerza que no termino de explicarme —tal vez sean sus rascacielos, sus bares, su gente—, aunque sospecho que es todo eso junto, sedimentado en una forma de estar en el mundo que no pide permiso.
Por otra parte, me interesan las películas de ambiente fotográfico. Podría citar, a vuelapluma, Blow-Up, La ventana indiscreta, Los puentes de Madison o Minamata. A esa lista debo añadir ahora Chavalas (2021), de Carol Rodríguez.
El film habla de muchas cosas: de las dificultades de una joven fotógrafa con estudios universitarios para abrirse camino en un oficio que no la espera; de la contraposición entre la fotografía elitista —esa moda y publicidad que se mira en el espejo— y el fotógrafo de barrio, el que inmortaliza retratos y celebraciones sin aspavientos; y de la amistad. En especial, de esas amigas de la infancia que la vida va apartando sin que nadie lo decida del todo, y que un día simplemente ya no están.
Me interesó especialmente el tramo final: una exposición al aire libre colgada en los propios rascacielos de Cornellá, con grandes ampliaciones que devuelven a la ciudad su propio rostro. Y me gustó también ese momento en que la protagonista vuelve a fotografiar con el teléfono móvil las escenas cotidianas del barrio, combinándolo con cámaras digitales, como quien reconoce que la mirada importa más que el instrumento.
Véanla.

martes, 23 de junio de 2026

Amores traicionados


En las paredes desconchadas también habitan historias calladas: relatos de desamor, celos e infidelidades. La naturaleza de los muros se parece más de lo que creemos a la naturaleza humana.
Poco importa que no podamos reconocer la especie ni el sexo de los implicados. Aun así, resulta fácil intuir emociones: la tristeza y la soledad en ese fragmento aislado que parece haberse desprendido del resto, y, al mismo tiempo, el afecto y la ternura en esos otros trozos que, acercándose apenas, semejan darse un beso casto y silencioso.
Tal vez las paredes, como las personas, también conservan cicatrices; y en cada grieta, queda adherido el eco de una historia que ya nadie recuerda, pero que todavía puede sentirse.

lunes, 22 de junio de 2026

Cossos Presents


​El retrato fotográfico y su diálogo con la palabra escrita son dos de las disciplinas que más me apasionan; una combinación idónea para difundir ideas y dar voz a proyectos sociales. Aunque me siento cómodo trabajando la narrativa visual en otros ámbitos de la fotografía, debo confesar que con el retrato mi relación es compleja: entre la proliferación de los selfies y el generalizado miedo a la cámara, capturar la esencia de un rostro se ha convertido en un verdadero desafío.
​Con estas reflexiones en mente, me acerqué al Casal de Barri de la Prosperitat. Mi intención inicial era simplemente tomar un café y evocar viejos tiempos; recordar, por ejemplo, aquel reportaje de El País sobre el ajedrez gigante que la asociación Jaque al Rey instalaba en la plaza Ángel Pestaña, o el programa de iniciación al ajedrez Leonart que grabamos en 2008 para Televisión Española junto al Gran Maestro Miguel Illescas.
​Sin embargo, tras el café, me encontré con la exposición "Cossos presents" (Cuerpos presentes). La muestra, promovida por la Fundació Enllaç de Barcelona, articula con maestría el retrato fotográfico del artista visual chileno Felipe Robles con las entrevistas y textos del psicólogo y dinamizador Adri Bartolomé.
​Es precisamente en esta propuesta donde la relación entre texto e imagen cobra todo su sentido político y social. La exposición presenta primeros planos entrañables, directos y espontáneos de personas mayores del colectivo LGTBQ+, acompañados de cartelas que sintetizan biografías complejas, a menudo marcadas por el desarraigo o el sufrimiento. Lejos de caer en el melodrama, el texto complementa la mirada de los protagonistas: donde la palabra narra la dificultad histórica, las imágenes responden con complicidad, alegría, serenidad y esperanza. Es un magnífico ejemplo de cómo la fotografía y el testimonio escrito se necesitan mutuamente para romper la invisibilidad y devolver la dignidad, recordándonos virtudes de las que, desgraciadamente, hoy no andamos sobrados.

viernes, 19 de junio de 2026

30 horas, 810 cm y 42 fotos

⚡️ 30 horas, 810 centímetros y 42 fotografías. Así es el proyecto de los alumnos de 3º de ESO que ya puedes visitar en el Centro Cívico Can Basté.
​Una recopilación de retratos y miradas de Turó de la Peira y Can Peguera que nos demuestran el poder de la fotografía joven. Nos muestran realidades tranquilas, inquietas, divertidas y profundamente sinceras que te hacen conectar con el barrio de una forma única.
​¡Una exposición que te remueve por dentro y te contagia las ganas de volver a empezar y mirar el mundo con la inocencia de los 15 años! 🎞️👇
​Ven a descubrir el talento de estos futuros fotógrafos.
​#ExposiciónBarcelona #NouBarris #FotografiaEnCurs #TalentoJoven #CulturaProximidad #BarcelonaCultura

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martes, 16 de junio de 2026

El 183


​Vengo de visitar las magníficas exposiciones de Matisse y el desenfoque en CaixaForum, pero la muestra que hoy me ha encogido el corazón y me ha llenado de orgullo es mucho más cercana. Hablo de la exposición fotográfica escolar realizada por las alumnas y alumnos de 1º y 2º de ESO del Institut Escola Mestre Morera en la Biblioteca Zona Nord.
​A través de sus objetivos, estos jóvenes han retratado el alma, la cotidianidad y la dignidad de Torre Baró, Ciutat Meridiana y Vallbona. Capturas del autobús 183 uniendo caminos, las miradas de los vecinos en las paradas, los campos de fútbol entre bloques y la vida que transcurre en la Zona Nord.
​A veces nos quejamos por vicio. Al ver esto, uno se pregunta: ¿dónde habría llegado un doctor en Bellas Artes si en su juventud hubiera tenido la suerte de contar con profesores de fotografía como los de este proyecto?
​Frente a tantas tonterías (y cosas peores) que inundan las redes sociales, este proyecto didáctico nos demuestra que la educación pública y el arte local son las mejores herramientas para transformar la mirada de los jóvenes y tejer comunidad.
​¡Mi más sincera enhorabuena a los alumnos por su inmensa calidad técnica y artística, y al centro por un montaje impecable! 👏🏫❤️
​#ArteComunitario #ZonaNord #NouBarris #EducaciónPública #MestreMorera #FotografíaSocial #TorreBaró #CiutatMeridiana #Vallbona #TalentoJoven

martes, 2 de junio de 2026

Morir matando. 2026

Sé que hay mucha gente que me ignora, que me mira mal, que no me comprende, que me envidia, que me compadece y que me desprecia. Seguro que algo habré hecho; no me cabe duda. Sin embargo, no lo comprendo. No estoy metido en política, saludo a todo el mundo y echo una mano a mucha gente.
Es cierto que me acuesto temprano, doy largos paseos, nado un poco y monto en la bicicleta estática de vez en cuando. Confieso que trato de leer tres o cuatro libros al mes, que leo la prensa todos los días, que me gusta desayunar con mi mujer y tomar café con mis amigos. Supongo que hago más fotos con el móvil de las que debería. Pero también fotografío con cámara digital y con una cámara de carrete de paso universal.
Puede que escriba poco y que no me aclare con mis papeles ni con mis archivos digitales. A veces me arrepiento de dedicar más tiempo a la inteligencia artificial que a mis amigos enfermos. También confieso que me gusta viajar un poco, escuchar música en CD, ver alguna que otra película y evocar los mejores años de mi vida.
Reconozco que soy un viejo pensionista que recuerda con relativa frecuencia su etapa laboral. No me gustan las guerras, no creo en las verdades eternas, me gusta soñar despierto y añoro los tiempos en que dormía de un tirón, mis sentidos eran más agudos y mi creatividad estaba en estado de gracia.
Por razones evidentes, estoy a la defensiva. Pero sigo dispuesto a luchar y, si fuera necesario, a morir matando.

martes, 26 de mayo de 2026

Jornada Antitabaco. Camporrobles

Tabaquismo

🚭💙 Hoy en Camporrobles hemos disfrutado de una bonita jornada de concienciación sobre los riesgos del tabaquismo organizada por nuestro centro de salud.
Durante la mañana, los participantes pudimos medir nuestro nivel de CO₂ y, quienes como yo conseguimos bajar de 5, ¡estamos aprobados! 👏😊
Además, realizamos una caminata a buen ritmo invitando a todos los vecinos a sumarse y apostar por hábitos más saludables. Para reponer fuerzas, disfrutamos de una refrescante degustación de sandía 🍉, un momento perfecto para compartir conversaciones y pasar un rato agradable entre vecinos.
Las enfermeras también nos informaron sobre un próximo taller para dejar de fumar y nos animaron a cuidar nuestra salud y llevar una vida más sana.
Gracias a todas las personas que participaron y al personal sanitario por su implicación y cercanía. ¡Pequeños pasos que suman mucho para nuestro bienestar! 💪🌿