La biblioteca Zona Nord es, antes que un edificio, un refugio climático; un pacto de tregua contra el asfalto ardiente. Ahora que el calor estival nos abruma con su peso de plomo y las aulas han quedado vacías, el paisaje humano se ha transformado. Diríase que la juventud ha trocado los apuntes por la brisa de la playa, dejando las salas a merced de un silencio distinto.
Mi rincón predilecto sigue siendo la sección de prensa y revistas. Demorarme en esas páginas me rescata del ruido del mundo; me regala una paz interior y una capacidad de reflexión infinitamente superior a la prisa anestésica de las pantallas y el flujo incesante de internet. Y, sin embargo, a mi alrededor, la mayoría de los usuarios permanecen imantados a sus teléfonos, tablets u ordenadores. Me asalta la impresión de que habitan el lugar sin habitarlo, sin extraerle el verdadero jugo a este templo de calma. Quizá les baste con esa desconexión. Puede ser.
Por mi parte, mientras el planeta hierve ahí fuera, yo sigo fiel a mi certeza: no soy capaz de concebir ningún paraíso, ni cielo alguno, que no tenga la forma y el aroma de una buena biblioteca.