miércoles, 29 de julio de 2026
La fotografía vista a los 68 años
La Fotografía a los treinta años
martes, 28 de julio de 2026
Viva el ajedrez gigante
Tras concluir una partida, los ajedrecistas sentimos la necesidad casi física de estirar las piernas y practicar algún deporte de verdad. Quizá por eso cueste tanto catalogar el ajedrez como disciplina deportiva, a no ser que se le añada la consabida muletilla de «el deporte de la inteligencia».
Lo cierto es que la mayoría de los profesionales del tablero cultivan algún ejercicio físico: Kaspárov es un apasionado del fútbol, aunque la preferencia mayoritaria entre los grandes maestros se inclina hacia el tenis.
Sin embargo, existe una vía intermedia: el ajedrez gigante. Es decir, disputar la partida con piezas verdaderamente monumentales (de unos dos kilos cada una). Se juega al aire libre, en parques y plazas públicas, ofreciendo una experiencia sumamente gratificante en la que se maridan el esfuerzo intelectual y el ejercicio moderado. En la Sección d'Escacs del Casal Catòlic de Sant Andreu ya vivimos esta experiencia hace algún tiempo en la plaza Orfila, aunque la iniciativa no llegó a cuajar: los jugadores se resistían a acarrear las piezas y, claro está, la gracia del asunto residía en eso.
Este verano he tenido la oportunidad de reencontrarme con esta modalidad en Suiza. Se trata de un país pequeño, de unos seis millones de habitantes —una cifra pareja a la de Catalunya—. Más allá de sus célebres bancos y relojes, los suizos guardan la sana costumbre de disponer ajedreces gigantes en la mayoría de sus ciudades. Berna es, sin duda, la capital donde se cultiva esta afición con mayor entusiasmo; allí pude jugar en tres ocasiones. Tras una espera de casi dos horas para ocupar el tablero, el trámite valió sobradamente la pena. Salí victorioso de los tres encuentros, si bien mi desconocido oponente me plantó una firme batalla y, en el último combate (cuya transcripción figura más adelante), estuvo a punto de abocarme a unas tablas fotográficas.
La vivencia ha resultado enormemente enriquecedora y confío en poder replicarla pronto en Sant Andreu. Al exigir movimiento corporal, la mente se preserva activa y despejada. Aunque el esfuerzo inicial requiere cierto hábito, una vez que se le toma la medida se convierte en un placer. Es una práctica muy recomendable para cualquier aficionado, pero resulta idónea para combatir el sedentarismo y está especialmente indicada para los ajedrecistas de la tercera edad.
LA PARTIDA
Me dio la sensación de que los aficionados suizos asiduos al ajedrez gigante exhiben un nivel técnico equiparable al de un jugador de primera categoría en Catalunya. Con todo, resulta complejo trazar comparativas, pues el ritmo de juego sobre un tablero monumental posee un carácter muy particular.
Fue un choque tenaz. Con las piezas negras, planteé la aguda variante Ulvestad de la defensa de los dos caballos (consultar la página 32): 1. e4 e5 2. Cf3 Cc6 3. Ac4 Cf6 4. Cg5 d5 5. exd5 b5!?
Inicialmente, mi rival adoptó una postura excesivamente cauta. Sin embargo, al verse acorralado, articuló una réplica notable: un certero sacrificio de calidad neutralizó mi empuje y me colocó en una posición comprometida. Cuando todo apuntaba a un desenlace en tablas por repetición, mi oponente pasó por alto una decisiva entrega de dama en h4. El mate en una jugada quedó visto para sentencia.
José-Manuel Torres
Berna Julio 1990
lunes, 27 de julio de 2026
Sabina, 19 06 1987
Alejandra, la hija de mi mujer, se sorprende que, yo asista a tan pocos conciertos. Tiene razón, en parte. Los años pesan, y cada vez me cuesta más afrontar los desplazamientos, las aglomeraciones y las inevitables incomodidades de un recital.
Sin embargo, mientras escucho un viejo disco de Joaquín Sabina grabado en directo con Viceversa, comprendo que hay otro motivo, mucho más profundo. La música tiene la extraña capacidad de abrir puertas que uno creía cerradas para siempre.
Había comprado una entrada para ver a Sabina en la plaza de toros Monumental. Era el 19 de junio de 1987. Unas horas antes, ETA había perpetrado el atentado de Hipercor, en la avenida Meridiana. Veintiuna personas fueron asesinadas y decenas más resultaron heridas. Aquella noche el concierto estuvo envuelto en una tristeza imposible de describir. Había menos público del esperado, pero, sobre todo, pesaba un silencio invisible que ninguna canción podía romper.
Para mí, el golpe fue todavía más cercano. Vivía y trabajaba en aquel barrio. El día anterior había estado comprando en ese mismo centro comercial. Bastó un solo día para que un lugar cotidiano se convirtiera en el escenario del horror.
Al día siguiente, 20 de junio, me correspondió guardar un minuto de silencio como secretario del comité de empresa del ambulatorio de Sant Andreu. Aquel minuto fue interminable. Un silencio cargado de dolor, de incredulidad y de una impotencia que, casi cuarenta años después, todavía no ha desaparecido del todo.
Quizá por eso ya no busco los conciertos con el entusiasmo de antes. Hay músicas que no solo despiertan recuerdos: también reabren heridas.
Y, precisamente por eso, me alegra que Alejandra pueda vivir la música de otra manera. Que disfrute de Rubén Blades, Bad Bunny o Shakira sin que cada canción arrastre el peso de una tragedia. Ojalá sus recuerdos de los conciertos estén hechos únicamente de alegría, de amigos y de noches inolvidables. Es un privilegio que mi generación, demasiadas veces, no tuvo.
viernes, 24 de julio de 2026
A mi madre le gustaba escuchar el acordeón. No sé si fue en su aldea, en alguna fiesta de agosto, o en Utiel, donde tal vez el instrumento sonaba entre el ruido de la gente y el calor de la tarde; lo cierto es que aquella música le devolvía —así lo intuyo— algo de su infancia y de su juventud, un tiempo que yo solo conozco a través de sus silencios. Era, además, seguidora fiel de la acordeonista María Jesús, cuyo nombre pronunciaba con una familiaridad que a mí, de adolescente, me resultaba extraña y entrañable a la vez.Por eso he seguido con un interés que no era solo curiosidad, sino una especie de deuda pendiente, el recital que Horacio Garrido ha dado en Camporrobles. Durante años recorrió, a veces solo y a veces junto a su padre, los pueblos de la provincia de Cuenca y otros muchos rincones de España, cargando el fuelle del acordeón como quien carga una memoria colectiva. Presentó también un libro, Con el acordeón a cuestas, de más de setecientas páginas donde recoge esa trayectoria, ese mapa hecho de caminos y de música. Pensé en mi madre durante todo el concierto. Le hubiera gustado, estoy seguro. Y aunque ella ya no estaba allí para escucharlo, algo de su gusto por aquellas notas seguía sonando en la sala, prestado por mí, que ahora ocupo su lugar en la fila de quienes aman el acordeón sin saber muy bien por qué. Ha sido un recital fantástico.
Fábrica de Harinas de Camporrobles
En el marco de la Semana Cultural de Camporrobles, asistimos a una visita guiada a la antigua fábrica de Harinas San Isidro Labrador, un edificio de tres plantas que permaneció en funcionamiento entre 1926 y 1982. La visita fue conducida por Gerardo Gómez, concejal de Cultura, quien nos mostró las distintas dependencias y nos explicó la historia de esta emblemática industria harinera, que durante décadas abasteció al municipio y a su entorno.
Actualmente, parte del edificio y de su maquinaria han sido rehabilitadas, lo que permite apreciar el extraordinario valor patrimonial de este conjunto de arqueología industrial. Resulta fascinante contemplar aquellas máquinas, en su mayoría de fabricación española, testimonio del desarrollo tecnológico e industrial de buena parte del siglo XX.
La fábrica constituye, además, un valioso referente para comprender la evolución económica y social de Camporrobles en su contexto geohistórico, cuando la transformación de los cereales era una actividad esencial en una comarca de marcada vocación agrícola. Su cierre en 1982 refleja también los profundos cambios tecnológicos y productivos que experimentó el sector harinero, incapaz de competir con la automatización y los sistemas de molienda más modernos que se generalizaron durante la década de 1980.
martes, 7 de julio de 2026
Biblioteca Zona Nord
La biblioteca Zona Nord es, antes que un edificio, un refugio climático; un pacto de tregua contra el asfalto ardiente. Ahora que el calor estival nos abruma con su peso de plomo y las aulas han quedado vacías, el paisaje humano se ha transformado. Diríase que la juventud ha trocado los apuntes por la brisa de la playa, dejando las salas a merced de un silencio distinto.
Mi rincón predilecto sigue siendo la sección de prensa y revistas. Demorarme en esas páginas me rescata del ruido del mundo; me regala una paz interior y una capacidad de reflexión infinitamente superior a la prisa anestésica de las pantallas y el flujo incesante de internet. Y, sin embargo, a mi alrededor, la mayoría de los usuarios permanecen imantados a sus teléfonos, tablets u ordenadores. Me asalta la impresión de que habitan el lugar sin habitarlo, sin extraerle el verdadero jugo a este templo de calma. Quizá les baste con esa desconexión. Puede ser.
Por mi parte, mientras el planeta hierve ahí fuera, yo sigo fiel a mi certeza: no soy capaz de concebir ningún paraíso, ni cielo alguno, que no tenga la forma y el aroma de una buena biblioteca.