miércoles, 29 de julio de 2026

La fotografía vista a los 68 años

La fotografía vista a los 68 años
Escribí La fotografía a los 30 años hacia 1989. Desde entonces han ocurrido algunas cosas sin demasiada importancia: desaparecieron los carretes, los laboratorios cerraron, Kodak se declaró en bancarrota, Internet convirtió el planeta en un pueblo y las redes sociales lograron que miles de millones de personas se convencieran de que eran fotógrafos.
No ha estado mal para un par de décadas.
Es cierto que antes ya habíamos sobrevivido a otras revoluciones: el gelatino-bromuro, Leica, Kodak, las cámaras réflex, los fotómetros y los automatismos de exposición y enfoque. Cada generación cree que le ha tocado vivir el gran cambio, pero esta vez la sacudida ha sido de otra magnitud.
Para hacerse una idea, un ciudadano del Imperio romano probablemente podría entender buena parte del mundo del siglo XVII. Sin embargo, si lo soltáramos en una ciudad de mediados del siglo XIX, pensaría que los dioses se han vuelto locos. Algo parecido sucede con la fotografía.
Un fotógrafo de finales del siglo XIX necesitaría unas semanas para acostumbrarse a la fotografía de 1980. Descubriría el color, el flash electrónico y los objetivos zoom, pero seguiría reconociendo el oficio. Ahora bien, si lo dejamos caer en pleno siglo XXI, con un móvil en cada bolsillo, millones de fotografías al minuto y una inteligencia artificial capaz de fabricar imágenes de cualquier cosa, concluiría que ha aterrizado en otro planeta... o en un manicomio.
A los fotógrafos de finales del siglo XX tampoco nos resulta sencillo adaptarnos. Hemos tenido que aprender más informática que química, más menús que diafragmas y más contraseñas que fórmulas de revelador. Pero, después del esfuerzo, debo reconocer que la mayoría de los cambios han merecido la pena. Y, además, nadie nos prohíbe seguir cargando un carrete cuando nos entra la nostalgia.
Lo peor no son los achaques de la edad. De esos ya se ocupa el traumatólogo.
Lo peor es comprobar con qué facilidad se ha vulgarizado el acto fotográfico. Nunca había sido tan sencillo hacer fotografías, y nunca había sido tan fácil hacerlas sin pensar. Millones de imágenes nacen cada día con una única aspiración: morir unas horas después sepultadas por otras millones.
Tampoco termino de digerir el desprecio hacia la técnica fotográfica. Durante décadas era difícil hacer una buena fotografía sin conocer el oficio. Hoy es perfectamente posible obtener imágenes magníficas sin saber qué es un diafragma, la profundidad de campo o la temperatura de color. El problema no es que la tecnología haga el trabajo; el problema es creer que, por eso, el fotógrafo ya no hace falta.
Antes se decía que alguien no sabía «hacer la O con un canuto». Ahora basta con pulsar una pantalla para conseguir una fotografía técnicamente impecable. El teléfono calcula la exposición, enfoca, elimina el ruido, corrige el color, estabiliza la imagen, borra a los turistas y, dentro de poco, seguramente decidirá también dónde conviene ir de vacaciones para fotografiar mejor el atardecer.
Lo que más me horroriza, sin embargo, es que cuando saco el smartphone del bolsillo me confundan con uno de esos individuos que fotografían compulsivamente el desayuno, el billete de avión, el ascensor del hotel y el café con espuma en forma de corazón. Yo también llevo móvil. La diferencia es que todavía sé por qué estoy haciendo la fotografía.
Hay otra novedad que tampoco esperaba. Hace cuarenta años el fotógrafo despertaba curiosidad; hoy, con demasiada frecuencia, despierta sospechas. Basta levantar una cámara para que alguien crea que pretendes robarle el alma, vulnerar su intimidad o montar una conspiración internacional. Nunca había sido tan fácil hacer fotografías y, al mismo tiempo, nunca había sido tan complicado convencer a algunos de que una fotografía no es un delito.
Con todo, no cambiaría esta época por ninguna otra. Hoy puedo hacer en una tarde fotografías que antes me habrían costado semanas de trabajo. Puedo compartirlas al instante con cualquier persona del planeta y acceder desde mi casa a más conocimiento fotográfico del que reunían las mejores bibliotecas cuando escribí estas líneas por primera vez.
Eso sí, sigo pensando que una buena fotografía continúa naciendo exactamente en el mismo sitio que hace ciento cincuenta años: unos treinta centímetros detrás del visor. Lo demás, por mucho que cambie la tecnología, siguen siendo solamente herramientas.

La Fotografía a los treinta años


Querido amigo:
Muy pronto vas a cumplir 30 años y, posiblemente, te verás obligado a realizar un primer balance de tu vida. En tu inventario aparecerá un cúmulo de pequeñas alegrías y un montón de fracasos.
«A la vuelta de la esquina te esperan las arrugas»
Vas a franquear un camino sin retorno: dejas para siempre de ser joven. A la vuelta de la esquina te esperan las arrugas, la obesidad, la calvicie, las hemorroides, la úlcera y, tal vez, el infarto.
Muy pronto advertirás signos inequívocos de tu declive psicofísico. A partir de ahora, la experiencia será tu baza más importante, y de ella te valdrás para afrontar los problemas más insolubles. Deberás extremar el cuidado de tus ojos, de tus piernas y de tu espalda.
«Tu currículum vítae acumula un enorme dossier de asignaturas pendientes»
Desde luego, nadie es perfecto, pero sé que te duele haber entrado en la treintena sin haber realizado ningún proyecto fotográfico interesante.
Lo peor es que tus fracasos con la fotografía son un problema menor. Tu currículum vítae acumula un enorme dossier de asignaturas pendientes.
La cosa no marcha; te sientes fracasado y, si sigues en la brecha, es porque todavía tienes fuerzas, tiempo y algo de dinero para salir adelante.
Pero ¿dónde está el fallo? Tu equipo vale más de medio millón. Posiblemente, también tienes contactos para acceder a estudios, laboratorios y equipo adicional a un precio razonable. Tampoco te faltan modelos fotogénicos ni paisajes que despierten tu interés.
«La imaginación y la tenacidad son dos virtudes difíciles de llevar a la práctica»
Te cuesta encontrar ideas y, cuando las tienes, es un follón llevarlas a cabo. La imaginación y la tenacidad son dos virtudes difíciles de llevar a la práctica.
Reconoce que te jode un poco verte convertido en un eterno aprendiz. Pero eso es normal. Todos tenemos mucho que aprender y algo que enseñar. Además, con paciencia se llega a todas partes.
Es duro comprobar cómo la gente de tu edad se va colocando. También eso tiene su explicación. Los hay que son genios, como Nadar, que abrió su primer estudio a los 33 años. Hay otros que son muy valientes y casi se juegan la vida a diario, como Juantxu Rodríguez, asesinado en Panamá a los 31 años. Otros han heredado el trabajo de su padre o los ha colocado su tío (de estos hay muchos, y algunos son muy buenos).
Pero tú no estás en ninguna de esas circunstancias. Tampoco eres un hijo de papá que ha podido viajar y estudiar fotografía con los mejores maestros. Reconoce que eres, fundamentalmente, un fotógrafo autodidacta, que apenas ha podido viajar al extranjero y cuyo inglés apenas le sirve para salir del paso.
«Te encuentras a medio camino de todo»
De modo que te encuentras a medio camino de todo: sin ser exactamente ni profesional ni aficionado; ni carne ni pescado. Ciertamente, tu acceso a la profesionalización es cada día más complicado. No es fácil, de entrada, ganar más dinero con la fotografía que con tu ocupación habitual. Además, sabes que los fotógrafos acostumbran a estar todo el día ocupados, y a ti te gusta dormir la siesta y pasar los domingos con la familia y los amigos.
Piensa que tampoco es demasiado importante llegar a ser profesional. Lo interesante es que acabes descubriendo las posibilidades expresivas que proporciona el lenguaje fotográfico. De esta forma, podrás desarrollar proyectos fotográficos coherentes de carácter artístico o documental.
Dicen que a los 40 es todavía peor. La mayoría engordan, se quedan calvos y dejan de hacer fotos. Algunos mantienen el tipo, pero repiten el esquema que adoptaron hace 15 o 20 años. Los hay, incluso, que montan mafias que pretenden controlar el mercado y bloquean a quienes no son de la familia.
En fin, querido amigo, la vida empieza a los 30 años. No tengas miedo de cruzar la frontera. ¡Al fin eres mayor!
José Manuel Torres

martes, 28 de julio de 2026

Viva el ajedrez gigante


Tras concluir una partida, los ajedrecistas sentimos la necesidad casi física de estirar las piernas y practicar algún deporte de verdad. Quizá por eso cueste tanto catalogar el ajedrez como disciplina deportiva, a no ser que se le añada la consabida muletilla de «el deporte de la inteligencia».
Lo cierto es que la mayoría de los profesionales del tablero cultivan algún ejercicio físico: Kaspárov es un apasionado del fútbol, aunque la preferencia mayoritaria entre los grandes maestros se inclina hacia el tenis.
Sin embargo, existe una vía intermedia: el ajedrez gigante. Es decir, disputar la partida con piezas verdaderamente monumentales (de unos dos kilos cada una). Se juega al aire libre, en parques y plazas públicas, ofreciendo una experiencia sumamente gratificante en la que se maridan el esfuerzo intelectual y el ejercicio moderado. En la Sección d'Escacs del Casal Catòlic de Sant Andreu ya vivimos esta experiencia hace algún tiempo en la plaza Orfila, aunque la iniciativa no llegó a cuajar: los jugadores se resistían a acarrear las piezas y, claro está, la gracia del asunto residía en eso.
Este verano he tenido la oportunidad de reencontrarme con esta modalidad en Suiza. Se trata de un país pequeño, de unos seis millones de habitantes —una cifra pareja a la de Catalunya—. Más allá de sus célebres bancos y relojes, los suizos guardan la sana costumbre de disponer ajedreces gigantes en la mayoría de sus ciudades. Berna es, sin duda, la capital donde se cultiva esta afición con mayor entusiasmo; allí pude jugar en tres ocasiones. Tras una espera de casi dos horas para ocupar el tablero, el trámite valió sobradamente la pena. Salí victorioso de los tres encuentros, si bien mi desconocido oponente me plantó una firme batalla y, en el último combate (cuya transcripción figura más adelante), estuvo a punto de abocarme a unas tablas fotográficas.
La vivencia ha resultado enormemente enriquecedora y confío en poder replicarla pronto en Sant Andreu. Al exigir movimiento corporal, la mente se preserva activa y despejada. Aunque el esfuerzo inicial requiere cierto hábito, una vez que se le toma la medida se convierte en un placer. Es una práctica muy recomendable para cualquier aficionado, pero resulta idónea para combatir el sedentarismo y está especialmente indicada para los ajedrecistas de la tercera edad.
LA PARTIDA
Me dio la sensación de que los aficionados suizos asiduos al ajedrez gigante exhiben un nivel técnico equiparable al de un jugador de primera categoría en Catalunya. Con todo, resulta complejo trazar comparativas, pues el ritmo de juego sobre un tablero monumental posee un carácter muy particular.
Fue un choque tenaz. Con las piezas negras, planteé la aguda variante Ulvestad de la defensa de los dos caballos (consultar la página 32): 1. e4 e5 2. Cf3 Cc6 3. Ac4 Cf6 4. Cg5 d5 5. exd5 b5!?
Inicialmente, mi rival adoptó una postura excesivamente cauta. Sin embargo, al verse acorralado, articuló una réplica notable: un certero sacrificio de calidad neutralizó mi empuje y me colocó en una posición comprometida. Cuando todo apuntaba a un desenlace en tablas por repetición, mi oponente pasó por alto una decisiva entrega de dama en h4. El mate en una jugada quedó visto para sentencia.
José-Manuel Torres

Berna Julio 1990

En el verano de 1990 viajé a Suiza un Congreso de Fotografía. Allí tuve oportunidad de jugar varias partidas de ajedrez gigante. Por entonces jugaba en el club d'escacs Sant Andreu, dónde también habíamos realizado alguna partida de ajedrez gigante.

​BERNA - JULIO 1990
• ​Jugada en: Ajedrez Gugante
• ​Apertura: Def.  2 caballos/ Var. Ulvestad
• ​Blanques: Desconocido
 ​Negres: J.M. TORRES (St. Andreu)
​Movimientos de la partida
​1.e4 e5
2.Cf3 Cc6
3.Ac4 Cf6
4.Cg5 d5
5.exd5 b5!?
6.Ab3 Cd4
7.d3 Ae7
8.0-0 0-0
9.Cc3 Ab7
10.Ae3 h6
11.Cge4 Cxd5
12.Axd4 exd4
13.Cxb5 c5
14.Ca3 f5
15.Cd2 Rh7
16.Cac4 Cf4
17.f3 Af6
18.Te1 Dc7
19.Cf1 g5
20.Cg3 Ag7
21.Dd2 a5
22.a4 g4
23.fxg4 Cxg2
24.Cxf5 Cxe1
25.Txe1 Dc6
26.Cg3 Tf4
27.Ce5 Axe5
28.Txe5 Taf8
29.Ad5 Df6
30.De2 Axd5
31.Txd5 Tf2
32.De4+ Rg8
33.Td7 Tf1+
34.Rg2 Tf2
35.Rh3 Dh4+!! (0-1)

lunes, 27 de julio de 2026

Sabina, 19 06 1987

Alejandra, la hija de mi mujer, se sorprende que, yo asista a tan pocos conciertos. Tiene razón, en parte. Los años pesan, y cada vez me cuesta más afrontar los desplazamientos, las aglomeraciones y las inevitables incomodidades de un recital.

Sin embargo, mientras escucho un viejo disco de Joaquín Sabina grabado en directo con Viceversa, comprendo que hay otro motivo, mucho más profundo. La música tiene la extraña capacidad de abrir puertas que uno creía cerradas para siempre.

Había comprado una entrada para ver a Sabina en la plaza de toros Monumental. Era el 19 de junio de 1987. Unas horas antes, ETA había perpetrado el atentado de Hipercor, en la avenida Meridiana. Veintiuna personas fueron asesinadas y decenas más resultaron heridas. Aquella noche el concierto estuvo envuelto en una tristeza imposible de describir. Había menos público del esperado, pero, sobre todo, pesaba un silencio invisible que ninguna canción podía romper.

Para mí, el golpe fue todavía más cercano. Vivía y trabajaba en aquel barrio. El día anterior había estado comprando en ese mismo centro comercial. Bastó un solo día para que un lugar cotidiano se convirtiera en el escenario del horror.

Al día siguiente, 20 de junio, me correspondió guardar un minuto de silencio como secretario del comité de empresa del ambulatorio de Sant Andreu. Aquel minuto fue interminable. Un silencio cargado de dolor, de incredulidad y de una impotencia que, casi cuarenta años después, todavía no ha desaparecido del todo.

Quizá por eso ya no busco los conciertos con el entusiasmo de antes. Hay músicas que no solo despiertan recuerdos: también reabren heridas.

Y, precisamente por eso, me alegra que Alejandra pueda vivir la música de otra manera. Que disfrute de Rubén Blades, Bad Bunny o Shakira sin que cada canción arrastre el peso de una tragedia. Ojalá sus recuerdos de los conciertos estén hechos únicamente de alegría, de amigos y de noches inolvidables. Es un privilegio que mi generación, demasiadas veces, no tuvo.

viernes, 24 de julio de 2026

A mi madre le gustaba escuchar el acordeón. No sé si fue en su aldea, en alguna fiesta de agosto, o en Utiel, donde tal vez el instrumento sonaba entre el ruido de la gente y el calor de la tarde; lo cierto es que aquella música le devolvía —así lo intuyo— algo de su infancia y de su juventud, un tiempo que yo solo conozco a través de sus silencios. Era, además, seguidora fiel de la acordeonista María Jesús, cuyo nombre pronunciaba con una familiaridad que a mí, de adolescente, me resultaba extraña y entrañable a la vez.Por eso he seguido con un interés que no era solo curiosidad, sino una especie de deuda pendiente, el recital que Horacio Garrido ha dado en Camporrobles. Durante años recorrió, a veces solo y a veces junto a su padre, los pueblos de la provincia de Cuenca y otros muchos rincones de España, cargando el fuelle del acordeón como quien carga una memoria colectiva. Presentó también un libro, Con el acordeón a cuestas, de más de setecientas páginas donde recoge esa trayectoria, ese mapa hecho de caminos y de música. Pensé en mi madre durante todo el concierto. Le hubiera gustado, estoy seguro. Y aunque ella ya no estaba allí para escucharlo, algo de su gusto por aquellas notas seguía sonando en la sala, prestado por mí, que ahora ocupo su lugar en la fila de quienes aman el acordeón sin saber muy bien por qué. Ha sido un recital fantástico.

Fábrica de Harinas de Camporrobles

En el marco de la Semana Cultural de Camporrobles, asistimos a una visita guiada a la antigua fábrica de Harinas San Isidro Labrador, un edificio de tres plantas que permaneció en funcionamiento entre 1926 y 1982. La visita fue conducida por Gerardo Gómez, concejal de Cultura, quien nos mostró las distintas dependencias y nos explicó la historia de esta emblemática industria harinera, que durante décadas abasteció al municipio y a su entorno.

Actualmente, parte del edificio y de su maquinaria han sido rehabilitadas, lo que permite apreciar el extraordinario valor patrimonial de este conjunto de arqueología industrial. Resulta fascinante contemplar aquellas máquinas, en su mayoría de fabricación española, testimonio del desarrollo tecnológico e industrial de buena parte del siglo XX.

La fábrica constituye, además, un valioso referente para comprender la evolución económica y social de Camporrobles en su contexto geohistórico, cuando la transformación de los cereales era una actividad esencial en una comarca de marcada vocación agrícola. Su cierre en 1982 refleja también los profundos cambios tecnológicos y productivos que experimentó el sector harinero, incapaz de competir con la automatización y los sistemas de molienda más modernos que se generalizaron durante la década de 1980.

martes, 7 de julio de 2026

Biblioteca Zona Nord


​La biblioteca Zona Nord es, antes que un edificio, un refugio climático; un pacto de tregua contra el asfalto ardiente. Ahora que el calor estival nos abruma con su peso de plomo y las aulas han quedado vacías, el paisaje humano se ha transformado. Diríase que la juventud ha trocado los apuntes por la brisa de la playa, dejando las salas a merced de un silencio distinto.

​Mi rincón predilecto sigue siendo la sección de prensa y revistas. Demorarme en esas páginas me rescata del ruido del mundo; me regala una paz interior y una capacidad de reflexión infinitamente superior a la prisa anestésica de las pantallas y el flujo incesante de internet. Y, sin embargo, a mi alrededor, la mayoría de los usuarios permanecen imantados a sus teléfonos, tablets u ordenadores. Me asalta la impresión de que habitan el lugar sin habitarlo, sin extraerle el verdadero jugo a este templo de calma. Quizá les baste con esa desconexión. Puede ser.

​Por mi parte, mientras el planeta hierve ahí fuera, yo sigo fiel a mi certeza: no soy capaz de concebir ningún paraíso, ni cielo alguno, que no tenga la forma y el aroma de una buena biblioteca.