martes, 26 de mayo de 2026
Tabaquismo
🚭💙 Hoy en Camporrobles hemos disfrutado de una bonita jornada de concienciación sobre los riesgos del tabaquismo organizada por nuestro centro de salud.
Durante la mañana, los participantes pudimos medir nuestro nivel de CO₂ y, quienes como yo conseguimos bajar de 5, ¡estamos aprobados! 👏😊
Además, realizamos una caminata a buen ritmo invitando a todos los vecinos a sumarse y apostar por hábitos más saludables. Para reponer fuerzas, disfrutamos de una refrescante degustación de sandía 🍉, un momento perfecto para compartir conversaciones y pasar un rato agradable entre vecinos.
Las enfermeras también nos informaron sobre un próximo taller para dejar de fumar y nos animaron a cuidar nuestra salud y llevar una vida más sana.
Gracias a todas las personas que participaron y al personal sanitario por su implicación y cercanía. ¡Pequeños pasos que suman mucho para nuestro bienestar! 💪🌿
lunes, 18 de mayo de 2026
Caminar 10.000 pasos
Modestamente, y sólo en mis mejores mañanas, a veces me permito imitar al gran Francesc Català-Roca en su etapa de jubilado. Català paseaba por Barcelona con una pequeña cámara de bolsillo equipada con un objetivo Zeiss, caminando sin prisa, como corresponde a los hombres que ya han dejado de fingir que el tiempo les pertenece. Se detenía en lugares particularmente fotogénicos, escogía una posición discreta y estratégica y esperaba. Esperaba simplemente a que ocurriera algo. O, más exactamente, a que la realidad tuviera la cortesía de organizarse ante sus ojos.
Ese gesto aparentemente inútil —esperar en una esquina a que pase una sombra, un perro, una pareja discutiendo o una anciana con bolsas de la compra— contiene probablemente más sabiduría que muchos tratados de productividad contemporánea.
Yo intento caminar diez mil pasos diarios, como recomiendan ahora médicos, relojes inteligentes y aplicaciones obsesionadas con evitar que muramos demasiado pronto. Así que me detengo menos que Català y, lamentablemente, tampoco poseo su mirada fotográfica. Él encontraba geometrías secretas; yo, con suerte, encuentro una farola torcida y un perro resignado.
Sin embargo, de vez en cuando hago alguna fotografía que me parece digna de salvarse del olvido inmediato. No digo una gran fotografía. No exageremos. A cierta edad uno aprende que la modestia no es una virtud: es simplemente una forma elegante de evitar el ridículo.
Por comodidad y discreción utilizo un smartphone. En este caso, un Huawei P40 con objetivo Leica, que funciona sorprendentemente bien para estos ejercicios de flânerie suburbana. Hay algo deliciosamente irónico en utilizar una tecnología diseñada para consumir vídeos idiotas y mensajes instantáneos con el propósito ligeramente anticuado de mirar el mundo.
Porque eso hacía el viejo flâneur: mirar.
Charles Baudelaire inventó la figura del flâneur como ese paseante urbano que vaga sin rumbo productivo, entregado a la observación minuciosa de la vida moderna. Más tarde, Walter Benjamin convirtió al flâneur en una especie de héroe melancólico de la ciudad contemporánea. Un espía sentimental del capitalismo. Un jubilado avant la lettre.
Y hay que reconocer que la jubilación favorece muchísimo el flâneurismo. El jubilado dispone precisamente de aquello que el capitalismo considera sospechoso: tiempo libre y lentitud. El jubilado pasea sin finalidad visible, y eso inquieta. La sociedad tolera mejor al corredor exhausto que al paseante contemplativo. El runner parece disciplinado; el jubilado que se detiene a mirar un balcón parece un individuo potencialmente peligroso o, peor aún, alguien que piensa.
Pasear tiene además un efecto terapéutico del que se habla poco. Caminar varias horas por la ciudad permite una saludable suspensión de la neurosis privada. Uno sale de casa preocupado por la tensión arterial, la factura de la luz o el deterioro de las rodillas y termina observando cómo un gato contempla el mundo desde un balcón con una serenidad budista.
La fotografía callejera cumple una función parecida. Obliga a prestar atención. Y prestar atención es quizá la forma más humilde y eficaz de meditación laica.
Mientras uno encuadra una sombra o espera a que un anciano cruce lentamente la acera con su perro, desaparece durante unos segundos el ruido mental habitual: la política, los suplementos culturales, el colesterol LDL y las noticias apocalípticas sobre inteligencia artificial. La cámara —incluso la humilde cámara del teléfono— actúa como una prótesis de la curiosidad.
En la fotografía que acompaña estas líneas aparece precisamente uno de esos momentos mínimos que probablemente no interesan a casi nadie y que, sin embargo, contienen una extraña densura humana. Un jubilado pasea a un perro. Arriba, en el balcón, otro animal observa la escena con esa superioridad moral que sólo poseen los gatos y algunos funcionarios de Hacienda. Una sábana cuelga atravesando la imagen como una bandera doméstica de rendición civil. La luz del mediodía organiza las sombras con una precisión casi teatral.
Nada extraordinario sucede. Y, sin embargo, sucede exactamente la vida.
Eso era lo que comprendían fotógrafos como Català-Roca: la épica verdadera de las ciudades no está en los monumentos sino en las pequeñas coreografías involuntarias de la gente corriente. Un hombre caminando. Un perro cansado. Un balcón desordenado. La ropa secándose al sol. La lenta decadencia de las fachadas. El milagro estadístico de que todos esos elementos coincidan durante una fracción de segundo.
Naturalmente, las redes sociales suelen recibir estas imágenes con una indiferencia devastadora. Uno sube la fotografía convencido de haber capturado una delicada meditación visual sobre la condición humana y obtiene tres “me gusta”: uno de un antiguo compañero de trabajo, otro de un primo que se ha equivocado de botón y un tercero generado probablemente por un bot ruso especializado en contenido geriátrico.
Las redes sociales prefieren otras cosas: gatos haciendo parkour, indignaciones instantáneas o fotografías de desayunos escandinavos. La contemplación lenta del espacio urbano compite mal contra una receta de tortilla viral.
Pero quizá esa indiferencia sea incluso saludable.
El fotógrafo aficionado jubilado descubre tarde o temprano que fotografiar no sirve para triunfar socialmente sino para sostener una conversación silenciosa con el mundo. Una conversación privada y ligeramente absurda. Uno sale a caminar con la vaga esperanza de encontrar algo que merezca ser mirado y regresa a casa con la sospecha de que el simple hecho de haber mirado ya justificaba el paseo.
Tal vez por eso tantos jubilados caminan.
Caminan para mantener a raya el azúcar, la hipertensión y la melancolía. Pero también para seguir formando parte del movimiento general de la ciudad. El jubilado sedentario desaparece lentamente; el jubilado que pasea todavía pertenece al paisaje humano.
Y si además lleva una pequeña cámara en el bolsillo —aunque sea un vulgar teléfono móvil con pretensiones Leica— puede incluso llegar a experimentar la ilusión maravillosa de que aún participa modestamente en la vieja tarea de descifrar el mundo.
viernes, 15 de mayo de 2026
Manual de l'escaquista veterà amb sentit comú
Els escacs per internet ens han venut la idea que és fàcil jugar. Ja no cal anar a un club o a un cafè. Ara el rival és a un clic. Però, a quin preu?
L'algoritme que aparella jugadors és sàdic. Et junta amb algú del teu nivell perquè pateixis sempre. En el vell casino d'abans, et podies trobar amb l'avi amable a qui guanyaves, o amb el mestre local que t'aixafava en deu moviments. Hi havia un ordre, hi havia història, hi havia vida. El programa, en canvi, et condemna a un avorriment de números: guanyaràs la meitat de les teves partides i perdràs l'altra meitat. És una igualtat digital que ens treu el dret a creure'ns millors del que som.
La ment en els escacs per internet és la ment dividida. Jugar en una pàgina no és "jugar amb algú", és jugar contra una ombra mentre la teva vida real s'estripa al teu voltant.
Fer moltes coses alhora: Al club i al cafè està mal vist mirar el mòbil mentre jugues. A casa, jugues una obertura mentre vigiles que la llet no vessi, escoltes les notícies de la fi del món i li dones una llaminadura al teu gosset o acaricies el teu gat. El resultat són uns escacs "ensaladilla": una mica de tècnica, una mica de distracció i molta deixadesa.
Llocs estranys: Es juga a la sala d'espera del dentista, al metro o, siguem sincers, al bany. Els escacs han passat de ser el "Joc dels Reis" a ser el "Passatemps de l'estrenyit". Com hem de pensar bé una jugada complicada quan el lloc ens convida a acabar ràpid per raons del cos?
Jugar en una pàgina web ens aïlla. Al club, si et mengen la dama, pots veure l'alegria en els ulls del rival, olorar el seu triomf, sentir la tensió. Els escacs són un esport de contacte mental. Per internet, el contacte es redueix a un missatge que diu "bon joc" (si el rival és educat) o a un insult en lletres rares (si no ho és).
Hem canviat l'encaixada de mans al final de la partida per un botó que diu "Un altre cop". No busquem aprendre, busquem venjar-nos de seguida d'una icona que ben bé podria ser un programa o un nen de vuit anys en pijama a Singapur.
Parlem de les partides d'un minut i altres de semblants. Això no són escacs; és un examen de reflexos per a pilots amb problemes de nervis. Per al jugador gran, les idees del qual ja no van tan ràpides, aquestes partides són una trampa mortal. Intentar pensar una jugada difícil a aquesta velocitat és com intentar fer un sudoku mentre et persegueix un lleó: el més segur és que acabis movent el ratolí sense cap sentit.
El truc del ratolí: A aquest ritme, guanya qui té millor internet. Es perd per temps en posicions que són fàcils de guanyar, cosa que fa una ràbia que només es calma... jugant una altra partida. I així, fins a les tres de matinada.
Els escacs per internet haurien de ser l'aperitiu, mai el plat fort. Juguem-hi, sí, però amb la calma de qui sap que la vida passa fora de la pantalla.
La mesura justa: Proposo un màxim de tres partides al dia a ritme més lent (15 minuts + 10 segons, o bé 10+2). Jugar amb el televisor apagat. Amb la família avisada que "estem pensant".
Tornar al cafè, al club, al casino: Recuperem la partida on es pot parlar de la jugada, on l'error es comparteix amb un somriure i on, si perds, almenys et queda el consol d'una cervesa o un cafè amb llet.
Si seguim per aquest camí de velocitat absurda i soledat digital, acabarem tenint un dit polze ben inflat i sense saber parlar amb ningú més de seixanta segons.
Recordi, estimat lector: els escacs es van inventar perquè dues ments es trobessin en un camp de batalla d'idees, no perquè dues persones ignorin els seus veïns mentre mouen peces virtuals a la parada de l'autobús.
Baixi el ritme. Respiri. Miri el seu rival als ulls (encara que sigui per videotrucada, si no hi ha res més). I sobretot, no jugui a un minut si ja té fils de plata a la barba; el seu metge del cor l'hi agrairà.
Resum del "Manual de l'Escaquista amb Sentit Comú":
El rival no és un programa, encara que jugui com si ho fos.
El bany no és un club d'escacs.
Guanyar per temps en una jugada de mat en un moviment és legal, però fa lleig.
Una partida en un cafè val més que mil clics.
El silenci és el millor amic per pensar; la ràdio només serveix per excusar per què has perdut la torre.
Manual de ajedrecista veterano con sentido común
El ajedrez por internet nos ha vendido la idea de que es fácil jugar. Ya no hace falta ir a un club o un café. Ahora el rival está a un clic. Pero, ¿a qué precio?
El programa que empareja jugadores es sádico. Te junta con alguien de tu nivel para que sufras siempre. En el viejo casino de antes, te podías encontrar con el "abuelo bueno" al que le ganabas, o con el "maestro local" que te aplastaba en diez movimientos. Había orden, había historia, había vida. El programa, en cambio, te condena a un aburrimiento de números: ganarás la mitad de tus partidas y perderás la otra mitad. Es una igualdad digital que nos quita el derecho a creernos mejores de lo que somos.
La mente en el ajedrez por internet es la mente dividida. Jugar en una página no es "jugar con alguien", es jugar contra una sombra mientras tu vida real se deshace a tu alrededor.
.Hacer varias cosas a la vez: En el club y en el café está mal visto mirar el móvil mientras juegas. En casa, juegas una apertura mientras vigilas que la leche no se salga, escuchas las noticias del fin del mundo y le das una chuche a tu perrito "furia" o acaricias a tu gato "calcetines". El resultado es un ajedrez "ensaladilla": un poco de técnica, un poco de despiste y mucha dejadez.
· Lugares raros: Se juega en la sala de espera del dentista, en el metro o, seamos sinceros, en el baño. El ajedrez ha pasado de ser el "Juego de los Reyes" a ser el "Pasatiempo del estreñido". ¿Cómo vamos a pensar bien una jugada complicada cuando el sitio nos invita a terminar rápido por razones de cuerpo?
Jugar en una página web nos aísla. En el club, si te comen la dama, puedes ver la alegría en los ojos del rival, oler su triunfo, sentir la tensión. El ajedrez es un deporte de contacto mental. Por internet, el contacto se reduce a un mensaje que dice "buen juego" (si el rival es educado) o a un insulto en letras raras (si no lo es).
Hemos cambiado el apretón de manos al final de la partida por un botón que dice "Otra vez". No buscamos aprender, buscamos vengarnos enseguida de un icono que bien podría ser un programa o un niño de ocho años en pijama en Singapur.
Hablemos de las partidas de un minuto y otras parecidas. Esto no es ajedrez; es un examen de reflejos para pilotos con problemas de nervios.
Para el jugador mayor, cuyas ideas ya no van tan rápidas, estas partidas son una trampa mortal. Intentar pensar una jugada difícil a esa velocidad es como intentar hacer un sudoku mientras te persigue un león: lo más seguro es que termines moviendo el ratón sin ningún sentido.
· El truco del ratón: A este ritmo, gana el que tiene mejor internet. Se pierde por tiempo en posiciones que son fáciles de ganar, lo que da una rabia que solo se calma... jugando otra partida. Y así, hasta las tres de la mañana.
El ajedrez por internet debería ser el aperitivo, nunca el plato fuerte. Juguemos, sí, pero con la calma de quien sabe que la vida pasa fuera de la pantalla.
· La medida justa: Propongo un máximo de tres partidas al día a ritmo lento (15 minutos más 10 segundos , o10 +2). Jugar con el televisor apagado. Con la familia avisada de que "estamos pensando".
· Volver al café, al club, al casino, al centro social: Recuperemos la partida donde se puede hablar de la jugada, donde el error se comparte con una sonrisa y donde, si pierdes, al menos te queda el consuelo de una cerveza o un café con leche.
Si seguimos por este camino de velocidad absurda y soledad digital, acabaremos teniendo un dedo gordo hinchado y sin saber hablar con nadie más de sesenta segundos.
Recuerde, querido lector: el ajedrez se inventó para que dos mentes se encontraran en un campo de batalla de ideas, no para que dos personas ignoren a sus vecinos mientras mueven piezas virtuales en la parada del autobús.
Baje el ritmo. Respire. Mire a su rival a los ojos (aunque sea por videollamada, si no hay otra cosa). Y sobre todo, no juegue a un minuto si ya tiene canas en la barba; su médico del corazón se lo agradecerá.
Resumen del "Manual del Ajedrecista con Sentido Común":
1. El rival no es un programa, aunque juegue como uno.
2. El baño no es un club de ajedrez.
3. Ganar por tiempo en una jugada de mate en un movimiento es legal, pero mal visto.
4. Una partida en un café vale más que mil clics.
5. El silencio es el mejor amigo para pensar; la radio solo sirve para excusar por qué has perdido tu torre.
lunes, 11 de mayo de 2026
¿Cámara digital o móvil?
Al jubilarse, Ernesto sintió que el tiempo, por fin, volvía a ser suyo. Durante décadas había soñado con dedicarse a la fotografía de retrato, pero la vida —esa mezcla de prisas, obligaciones y silencios— siempre lo había empujado hacia otros caminos. Ahora, con el reloj a su favor, decidió que era el momento de comprarse un buen equipo. Claro que, para un hombre de su generación, navegar por la revolución digital no era precisamente un paseo.
Pasó noches consultando con la almohada, otras navegando por webs interminables y preguntando a la IA, que le respondía con una mezcla de precisión técnica y frialdad matemática. También visitó tiendas de fotografía donde los dependientes, jóvenes y veloces, parecían hablar un dialecto futurista. Entre sensores, procesadores y algoritmos, Ernesto se sentía a veces invisible, como si la sociedad hubiera decidido que la curiosidad de los mayores ya no importaba.
Por eso agradeció tanto el café con Julián, su amigo de siempre, en el bar del centro deportivo. Allí, entre el aroma a tostadas y el eco de las pelotas de pádel, discutieron como dos viejos sabios. Coincidieron en la magia de las lentes fijas, sobre todo las alemanas, y en la fiabilidad casi zen de las cámaras japonesas. Dudaron entre full frame o APS‑C, entre el clásico 50 mm o el elegante 80. Se quejaron del peso de las cámaras modernas y admitieron, con cierta resignación, que los móviles de alta gama hacían maravillas… al menos para ver en pantalla.
Ambos habían expuesto, concursado, publicado. Y aun así, las nuevas generaciones los ignoraban. Peor aún: en sus propias familias, retratar a nietos, hijos o cuñados se había vuelto misión imposible. Y cuando intentaban fotografiar a desconocidos, muchos los miraban con sospecha, como si una cámara fuese ya un presagio de algo malo.
Aun así, mientras apuraban el café, Ernesto sintió que la pasión seguía intacta. Y eso, pensó, era lo único que realmente importaba.
sábado, 9 de mayo de 2026
Torre Roja
En 2016 llegué a Ciutat Meridiana con muchas ganas de echar raíces. Poco después conocí a Enrique Martín, fundador del primer club de ajedrez del barrio, y a Antonio Fàbregas, entre muchas otras cosas excampeón de Catalunya de Preferente. Con ellos compartí largas conversaciones, cafés y partidas donde no solo se hablaba de aperturas y finales, sino también de cómo devolverle vida al ajedrez en el barrio. Soñábamos con refundar el club, y llenar de tableros y relojes las mesas del Centre Cívic Zona Nord y recuperar ese espacio donde cada movimiento sirve para pensar, aprender y encontrarse.
El Centre Cívic nos abrió las puertas y nos dio facilidades. Parecía que la partida empezaba bien planteada. Pero la vida, como el ajedrez, también obliga a defender posiciones difíciles. La pandemia, los problemas laborales y las enfermedades fueron retrasando aquel proyecto. Y en medio de esa partida dura, Enrique nos dejó para siempre. Antonio, por su parte, tuvo que marcharse del barrio. Fueron pérdidas dolorosas, de esas que dejan el tablero en silencio durante un tiempo.
Pero el ajedrez enseña que nunca hay que abandonar mientras quede una jugada posible.
Hoy Torre Roja reúne a aficionados y amigos del ajedrez de Ciutat Meridiana, Torre Baró, Vallbona y otros barrios cercanos. Nos encontramos en el Centre Cívic Zona Nord los martes por la mañana y los viernes por la tarde. Y allí donde nos llamen, porque creemos en un ajedrez abierto, popular y de barrio.
Jugamos, enseñamos, aprendemos, compartimos tiempo y hacemos comunidad. Cada partida es una excusa para hacer amigos, tender puentes entre generaciones y demostrar que el ajedrez no es solo un juego, sino también cultura, convivencia y esperanza. Disponemos de sala, material de juego y una pequeña biblioteca que seguimos construyendo entre todos, pieza a pieza.
Nos gustaría seguir difundiendo y practicando el ajedrez, mantener vivo el legado de quienes empezaron esta historia y abrir el tablero a cualquiera que quiera acercarse. Porque en barrios como el nuestro, cada ayuda cuenta y cada apoyo puede cambiar la partida.
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