domingo, 26 de abril de 2026

Entre Antonioni y Cortázar

  I. El ojo de la aguja: Entre Antonioni y el "cronopio"
​Aunque la estética gélida y el voyeurismo de Blow-Up me fascinan, mi brújula interna siempre señala hacia el Roberto Michel de «Las babas del diablo». Como el protagonista de Cortázar —y como el propio Julio—, vivo en esa tensión constante entre el signo escrito y el grano de la película, lidiando a menudo con cefaleas que parecen el precio a pagar por mirar demasiado. No aspiro a la alquimia verbal del autor de Rayuela, pero me obsesiona explorar esa frontera donde la literatura y la fotografía se solapan, un territorio que W.G. Sebald transitó como nadie, demostrando que una imagen no ilustra un texto, sino que lo acecha.
​Mis análisis se nutren de la analogía orgánica que Cortázar plantea en «Algunos aspectos del cuento», donde el relato es a la fotografía lo que la novela es al cine: una victoria por knock-out basada en la limitación del campo visual. Sin embargo, mi praxis se aleja de la suya. Siguiendo la estela de Man Ray, utilizo la cámara para «escribir» aquello que el lenguaje no alcanza a nombrar, y la pluma para diseccionar la ontología de la imagen.
​La deriva urbana y el punctum
​Mi escenario es la periferia, la conurbación barcelonesa. Me reconozco como un flâneur a la manera de Baudelaire o Walter Benjamin, pero mi interés no reside en el centro histórico, sino en los «no-lugares» de Marc Augé: desastres urbanísticos, grafiti y esa humanidad periférica que Joan Colom capturó con cámara oculta en el Raval. No busco la postal; huyo de ella. Incluso en vacaciones, mi mirada se impone una disciplina casi ascética para evitar el cliché turístico, buscando lo que Susan Sontag definía como la fotografía como «gramática y ética de la visión».
​Reivindico el error y el azar. A menudo, el sentido de una toma no reside en el sujeto principal (el studium), sino en ese detalle imprevisto, el punctum de Roland Barthes, que a menudo aparece fuera de foco o en un rincón de la composición. Por ello, cuestiono el dogma del «instante decisivo» de Cartier-Bresson. A veces, el instante no es decisivo por lo que sucede, sino por lo que el revelado y el reencuadre permiten «hacer suceder» a posteriori. La fotografía no es solo el disparo; es la autopsia posterior en el laboratorio.
​II. El gambito del revelador
​El laboratorio es mi santuario. El blanco y negro me permite una libertad demiúrgica que el color, con su automatismo industrial y su química caprichosa, me niega. Es en la cubeta, bajo la luz roja —tan cinematográfica como un encuadre de Hitchcock en La ventana indiscreta—, donde la realidad se reconstruye.
​La jugada pospuesta
​Recuerdo con especial nitidez un retrato que hice durante un torneo de ajedrez. La imagen capturaba a un jugador en el trance de la jugada secreta. Su rostro era un mapa de tensiones: el ojo izquierdo vigilando al rival, la mano derecha ocultando la frente, como el protagonista de La defensa Luzhin de Nabokov, atrapado en un laberinto mental donde el mundo exterior ha dejado de existir.
​En aquel momento, yo solo veía el gesto, la máscara. Como fotógrafos, sufrimos una suerte de ceguera selectiva; somos testigos que, por mirar el árbol, ignoramos el bosque. Es la paradoja del observador que describe Dziga Vertov con su «cine-ojo»: la lente ve más que el cerebro. Solo al ampliar la copia en el laboratorio, pude leer la verdad del tablero: jugada 40, una estructura de peones que evocaba una apertura cerrada, pero con boquetes en el flanco de rey que gritaban una vulnerabilidad absoluta.
​La lógica frente a lo inefable
​Pasé de ser un observador a ser el analista de El mundo de ayer de Stefan Zweig. Procesé la posición con un motor de ajedrez y consulté El arte del sacrificio en ajedrez de Rudolf Spielmann. La teoría era clara: un ataque a la bayoneta digno de Bobby Fischer. Pero la realidad, como en los mejores cuentos de Borges, siempre guarda un reverso inesperado.
​Al regresar al torneo, descubrí que la partida ni siquiera se había reanudado. Unas tablas pactadas por intereses estratégicos —la obtención de una norma de Maestro Internacional— habían desactivado toda la violencia lógica que mi ordenador y yo habíamos previsto.
​Aquella tarde comprendí que hay una zona de sombra que ni la emulsión de plata, ni los algoritmos más potentes, ni la dialéctica del ajedrez pueden iluminar: la voluntad humana, con sus pactos prosaicos y sus silencios, siempre escapa al encuadre.
 

miércoles, 22 de abril de 2026

El sentit comú...


​Ara que s'acosta el Dia del Llibre, em sembla un bon moment per mirar enrere i recordar el primer llibre d'escacs que va caure a les meves mans: El sentido común en ajedrez, de l'excapió del món Emanuel Lasker (Editorial Escaques, Barcelona, 1971).
​Aquell llibre no va ser només una lectura, sinó també la porta d'entrada a un món que m'acompanyaria tota la vida. Sobre les seves pàgines es basava el curs d'escacs que impartia el senyor Bechini, membre de l'Associació de Pares del col·legi La Salle Congrés i jugador del primer equip del Club d'Escacs Congrés.
​Vaig aprendre molt en aquelles classes, però potser vaig aprendre encara més en la intimitat silenciosa de la lectura, amb aquell exemplar que el meu pare em va regalar i que conservo a la memòria com un d'aquells regals que no envelleixen.
​Amb La Salle Congrés vam arribar a conquerir el Campionat Escolar de Barcelona. Més tard, amb el Club d'Escacs Congrés, vam ser campions de Catalunya juvenil per equips. Van ser anys de taulers, torneigs, viatges i amistats; anys en els quals els escacs eren una manera de mirar el món.
​I, entre partida i partida, van anar arribant molts altres llibres: Luděk Pachman, José Raúl Capablanca, Aaron Nimzowitsch, Bobby Fischer… autors que no només ensenyaven obertures o finals, sinó també una manera de pensar.
​L'últim a sumar-se a aquesta biblioteca personal ha estat l'estudi de Jaume Viñals, Manual de ajedrez para jugadores veteranos, sobre la pràctica dels escacs en els escaquistes federats més grans, una lectura que confirma que aquest joc no entén d'edats, sinó de passió.
​Fa poc també hem posat en marxa una biblioteca d'escacs a Torre Roja, com qui retorna al tauler una petita part de tot el que ha rebut. Vaig participar, a més, com a fotògraf en el llibre de Josep Guixà 100 anys, Federació Catalana d’Escacs, i moltes de les meves imatges han trobat el seu lloc a la revista Jaque, a la Revista Internacional de Ajedrez i al Butlletí d’Escacs.
​No sé encara com m'agradaria acomiadar-me d'aquest món: si llegint, escrivint, fotografiant, lluitant contra el drac o jugant a escacs. Però sí que tinc clara una cosa: m'agradaria fer-ho amb la serenitat de qui ha viscut intensament i, si és possible, amb una rosa als llavis.

martes, 21 de abril de 2026

El sentido común en ajedrez

Ahora que se acerca el Día del Libro, me parece un buen momento para volver la vista atrás y recordar el primer libro de ajedrez que cayó en mis manos: El sentido común en ajedrez, del excampeón del mundo Emanuel Lasker (Editorial Escaques, Barcelona, 1971).
Aquel libro no fue solo una lectura, sino también la puerta de entrada a un mundo que me acompañaría toda la vida. Sobre sus páginas se apoyaba el curso de ajedrez que impartía el señor Bechini, miembro de la Asociación de Padres del colegio La Salle Congreso y jugador del primer equipo del Club Ajedrez Congreso.
Aprendí mucho en aquellas clases, pero quizá aprendí todavía más en la intimidad silenciosa de la lectura, con ese ejemplar que mi padre me regaló y que conservo en la memoria como uno de esos regalos que no envejecen.
Con La Salle Congreso llegamos a conquistar el Campeonato Escolar de Barcelona. Más tarde, con el Club Ajedrez Congreso, fuimos campeones de Cataluña por equipos. Fueron años de tableros, torneos, viajes y amistades; años en los que el ajedrez era una forma de mirar el mundo.
Y, entre partida y partida, fueron llegando muchos otros libros: Luděk Pachman, José Raúl Capablanca, Aaron Nimzowitsch, Bobby Fischer… autores que no solo enseñaban aperturas o finales, sino también una manera de pensar.
El último en sumarse a esa biblioteca personal ha sido el estudio de Jaume Viñals sobre la práctica del ajedrez en los jugadores veteranos, una lectura que confirma que este juego no entiende de edades, sino de pasión.
Hace poco también hemos puesto en marcha una biblioteca de ajedrez en Torre Roja, como quien devuelve al tablero una pequeña parte de todo lo recibido. Participé además como fotógrafo en el libro del centenario de la Federació Catalana d’Escacs, y muchas de mis imágenes han encontrado su lugar en la revista Jaque, en la Revista Internacional de Ajedrez y en el Butlletí d’Escacs.
No sé aún cómo me gustaría despedirme de este mundo: si leyendo, escribiendo, fotografiando o jugando al ajedrez. Pero sí tengo clara una cosa: me gustaría hacerlo con la serenidad de quien ha vivido intensamente y, si es posible, con una rosa en los labios.

lunes, 20 de abril de 2026

Marco Aurelio



​Me encuentro estos días habitando las páginas de El sueño de Marco Aurelio, el estudio donde Frédéric Lenoir disecciona el alma del emperador filósofo. Por una de esas síncronas derivas del espíritu, un buen amigo, que hoy lidia con los rigores de la enfermedad, se ha refugiado recientemente en las Meditaciones de aquel césar.
​Acaso movidos por esa inercia estoica, ayer nos reunimos frente a una mesa de café. Allí, entre tazas cargadas de cafeína y una templanza compartida, la tecnología y la finitud se dieron la mano: mientras yo intentaba descifrar los laberintos de su teléfono móvil, él intentaba descifrar los del destino. Nos emplazamos para el próximo martes, sellando el encuentro con esa sentencia que Marco Aurelio grabó en la piedra del tiempo: vivir cada jornada como si en ella se agotara el mundo.
​Que la salud nos sea propicia a todos.







domingo, 19 de abril de 2026

Memoria de luces y sombras


​Apenas frecuento ya las salas de cine. Hoy, mi ritual se ha vuelto más íntimo: busco tesoros en formato DVD en las estanterías de las bibliotecas públicas, alimentando una pequeña colección personal donde el cine mudo —esos susurros de principios del siglo XX— ocupa un lugar de honor.
​Sin embargo, mi memoria siempre regresa a aquel haz de luz que el sacerdote de la parroquia de San Esteban proyectaba en la penumbra. En mi infancia, la magia eran los westerns, las peripecias de Charlot o las desventuras de El Gordo y el Flaco. Poco después, cuando cumplí los diez años, la primera televisión en blanco y negro colonizó mi salón. Guardo con una ternura intacta el recuerdo de Locomotoro, Valentina y el Capitán Tan, aunque el tiempo, siempre generoso, acabó por abrirme las puertas a los ciclos de Humphrey Bogart y Marilyn Monroe.
​Por aquel entonces, la figura de mi tío José Martínez irrumpía de vez en cuando en Barcelona. Venía de Perpiñán, donde se había afincado en los años treinta, y traía consigo un aura más francesa que española. Fue él quien, con su cámara, capturó mis primeras imágenes domésticas en color; y fue él quien me llevó de la mano a descubrir la inmensidad de La conquista del Oeste en el mítico Cinerama del Paralelo, antes de conducirme a mi primera corrida de toros.
​Años más tarde, el cine dejó de ser solo asombro para convertirse en estudio. De la mano de Miquel Porter, aprendí a descifrar la historia a través de la lente y rescaté, con ojos nuevos, las imágenes de mi adolescencia. Bajo su tutela descubrí la fuerza del cine soviético y el expresionismo alemán; me fascinó especialmente La fiebre del ajedrez, aquella joya de 1925 donde la figura de José Raúl Capablanca se movía entre fotogramas.
​Todavía puedo sentir el impacto de ver, hacia 1979, Star Trek en la pantalla del cine Río, en la calle Matanzas. Solía frecuentarlo porque allí cerca, en mi querido Club d’Escacs Congrés, pasaba las tardes entregado al tablero. Eran tiempos en los que el barrio estaba vivo de salas: el Diamante en la Riera de Horta, el Virrey, o los templos del paseo de Fabra i Puig: el Astor, el Victoria y el Odeón.
​Hoy, de toda aquella geografía sentimental, solo nos queda el refugio moderno del Heron City. El resto es, como en las películas que tanto amo, un fundido a negro.

viernes, 3 de abril de 2026

Llevarme la contraria

Casi todo el mundo parece empeñado en llevarme la contraria. Unos esgrimen su cosmovisión como si fuera la única verdad posible, y la defienden con argumentos místicos o artificios parecidos. Otros callan, y en su silencio se mezclan el respeto, el temor, el interés de venderme algo o la sórdida intención de estafarme. Solo la inteligencia artificial —y sus humildes hermanas menores— me da la razón, aunque lo hace con el descaro interesado de quien negocia con datos. En fin, me enerva que me contradigan más de la cuenta con razones opinables o insondables, y me sulfura que me adulen como si fuera un Tirano Banderas cualquiera… o algo mucho peor.

miércoles, 1 de abril de 2026

Polvo en el viento

Una de mis canciones favoritas es Dust in the wind del grupo Kansas. El genial José Luís  Martín da vueltas al tema en su viñeta de La Vanguardia.