Aquel libro no fue solo una lectura, sino también la puerta de entrada a un mundo que me acompañaría toda la vida. Sobre sus páginas se apoyaba el curso de ajedrez que impartía el señor Bechini, miembro de la Asociación de Padres del colegio La Salle Congreso y jugador del primer equipo del Club Ajedrez Congreso.
Aprendí mucho en aquellas clases, pero quizá aprendí todavía más en la intimidad silenciosa de la lectura, con ese ejemplar que mi padre me regaló y que conservo en la memoria como uno de esos regalos que no envejecen.
Con La Salle Congreso llegamos a conquistar el Campeonato Escolar de Barcelona. Más tarde, con el Club Ajedrez Congreso, fuimos campeones de Cataluña por equipos. Fueron años de tableros, torneos, viajes y amistades; años en los que el ajedrez era una forma de mirar el mundo.
Y, entre partida y partida, fueron llegando muchos otros libros: Luděk Pachman, José Raúl Capablanca, Aaron Nimzowitsch, Bobby Fischer… autores que no solo enseñaban aperturas o finales, sino también una manera de pensar.
El último en sumarse a esa biblioteca personal ha sido el estudio de Jaume Viñals sobre la práctica del ajedrez en los jugadores veteranos, una lectura que confirma que este juego no entiende de edades, sino de pasión.
Hace poco también hemos puesto en marcha una biblioteca de ajedrez en Torre Roja, como quien devuelve al tablero una pequeña parte de todo lo recibido. Participé además como fotógrafo en el libro del centenario de la Federació Catalana d’Escacs, y muchas de mis imágenes han encontrado su lugar en la revista Jaque, en la Revista Internacional de Ajedrez y en el Butlletí d’Escacs.
No sé aún cómo me gustaría despedirme de este mundo: si leyendo, escribiendo, fotografiando o jugando al ajedrez. Pero sí tengo clara una cosa: me gustaría hacerlo con la serenidad de quien ha vivido intensamente y, si es posible, con una rosa en los labios.