Sé que hay mucha gente que me ignora, que me mira mal, que no me comprende, que me envidia, que me compadece y que me desprecia. Seguro que algo habré hecho; no me cabe duda. Sin embargo, no lo comprendo. No estoy metido en política, saludo a todo el mundo y echo una mano a mucha gente.
Es cierto que me acuesto temprano, doy largos paseos, nado un poco y monto en la bicicleta estática de vez en cuando. Confieso que trato de leer tres o cuatro libros al mes, que leo la prensa todos los días, que me gusta desayunar con mi mujer y tomar café con mis amigos. Supongo que hago más fotos con el móvil de las que debería. Pero también fotografío con cámara digital y con una cámara de carrete de paso universal.
Puede que escriba poco y que no me aclare con mis papeles ni con mis archivos digitales. A veces me arrepiento de dedicar más tiempo a la inteligencia artificial que a mis amigos enfermos. También confieso que me gusta viajar un poco, escuchar música en CD, ver alguna que otra película y evocar los mejores años de mi vida.
Reconozco que soy un viejo pensionista que recuerda con relativa frecuencia su etapa laboral. No me gustan las guerras, no creo en las verdades eternas, me gusta soñar despierto y añoro los tiempos en que dormía de un tirón, mis sentidos eran más agudos y mi creatividad estaba en estado de gracia.
Por razones evidentes, estoy a la defensiva. Pero sigo dispuesto a luchar y, si fuera necesario, a morir matando.