Me despierto hacia las cinco de la mañana, agobiado por un bochorno nocturno insoportable. Tras asearme y tomar un café, decido salir a dar un paseo. Así termino de despejarme y aprovecho el relativo frescor matinal para hacer algo de ejercicio.
Al cabo de un rato observo a una señora de unos sesenta años con cierto sobrepeso. Lleva unas gafas de pasta rectangulares, el cabello canoso cuidadosamente peinado, varias pulseras, algunos anillos y un precioso reloj de pulsera dorado. Lee con auténtica avidez El color del cielo, de Julianne MacLean. Poco después un coche se detiene junto a ella; la mujer cierra el libro y sube al vehículo.
Continúo con mi paseo y mis ejercicios hasta que, en un banco, veo a una mujer de mediana edad revisando una carpeta repleta de documentos. Tacha, subraya, añade anotaciones a mano y corrige con la concentración de quien dialoga con el texto más que limitarse a leerlo.
Cuando el sol comienza a hacerse notar y yo doy por terminado el paseo, descubro una tercera escena. En una zona ajardinada, una joven de poco más de veinte años recostada en el césped, escribe en una libreta de estilo Moleskine entre sus muslos y sus rodillas. Lo hace con calma, absorta en sus pensamientos, como si el tiempo hubiera ralentizado su paso.
Las tres imágenes, aparentemente cotidianas, me produjeron una inesperada sensación de esperanza. En una época dominada por los teléfonos móviles, las tabletas y las pantallas que reclaman nuestra atención de forma constante, contemplar a tres mujeres de generaciones distintas entregadas a la lectura en papel y a la escritura manuscrita me pareció casi un pequeño milagro.
Leer un libro impreso exige una disposición diferente: favorece la concentración sostenida, invita a la pausa y establece una relación física con el texto que difícilmente puede reproducirse en una pantalla. Escribir a mano, por su parte, obliga a pensar al ritmo de las palabras, convierte la escritura en un acto más reflexivo y deja en el papel una huella personal que ningún teclado puede imitar.
Quizá aquellas tres mujeres no fueran conscientes de ello, pero representaban una silenciosa forma de resistencia cultural. Mientras el mundo parece precipitarse hacia la inmediatez y el consumo fugaz de información, ellas reivindicaban, sin proclamas ni discursos, el valor del tiempo lento, de la atención profunda y del contacto tangible con las palabras.
Bravo por ellas.