I. El ojo de la aguja: Entre Antonioni y el "cronopio"
Aunque la estética gélida y el voyeurismo de Blow-Up me fascinan, mi brújula interna siempre señala hacia el Roberto Michel de «Las babas del diablo». Como el protagonista de Cortázar —y como el propio Julio—, vivo en esa tensión constante entre el signo escrito y el grano de la película, lidiando a menudo con cefaleas que parecen el precio a pagar por mirar demasiado. No aspiro a la alquimia verbal del autor de Rayuela, pero me obsesiona explorar esa frontera donde la literatura y la fotografía se solapan, un territorio que W.G. Sebald transitó como nadie, demostrando que una imagen no ilustra un texto, sino que lo acecha.
Mis análisis se nutren de la analogía orgánica que Cortázar plantea en «Algunos aspectos del cuento», donde el relato es a la fotografía lo que la novela es al cine: una victoria por knock-out basada en la limitación del campo visual. Sin embargo, mi praxis se aleja de la suya. Siguiendo la estela de Man Ray, utilizo la cámara para «escribir» aquello que el lenguaje no alcanza a nombrar, y la pluma para diseccionar la ontología de la imagen.
La deriva urbana y el punctum
Mi escenario es la periferia, la conurbación barcelonesa. Me reconozco como un flâneur a la manera de Baudelaire o Walter Benjamin, pero mi interés no reside en el centro histórico, sino en los «no-lugares» de Marc Augé: desastres urbanísticos, grafiti y esa humanidad periférica que Joan Colom capturó con cámara oculta en el Raval. No busco la postal; huyo de ella. Incluso en vacaciones, mi mirada se impone una disciplina casi ascética para evitar el cliché turístico, buscando lo que Susan Sontag definía como la fotografía como «gramática y ética de la visión».
Reivindico el error y el azar. A menudo, el sentido de una toma no reside en el sujeto principal (el studium), sino en ese detalle imprevisto, el punctum de Roland Barthes, que a menudo aparece fuera de foco o en un rincón de la composición. Por ello, cuestiono el dogma del «instante decisivo» de Cartier-Bresson. A veces, el instante no es decisivo por lo que sucede, sino por lo que el revelado y el reencuadre permiten «hacer suceder» a posteriori. La fotografía no es solo el disparo; es la autopsia posterior en el laboratorio.
II. El gambito del revelador
El laboratorio es mi santuario. El blanco y negro me permite una libertad demiúrgica que el color, con su automatismo industrial y su química caprichosa, me niega. Es en la cubeta, bajo la luz roja —tan cinematográfica como un encuadre de Hitchcock en La ventana indiscreta—, donde la realidad se reconstruye.
La jugada pospuesta
Recuerdo con especial nitidez un retrato que hice durante un torneo de ajedrez. La imagen capturaba a un jugador en el trance de la jugada secreta. Su rostro era un mapa de tensiones: el ojo izquierdo vigilando al rival, la mano derecha ocultando la frente, como el protagonista de La defensa Luzhin de Nabokov, atrapado en un laberinto mental donde el mundo exterior ha dejado de existir.
En aquel momento, yo solo veía el gesto, la máscara. Como fotógrafos, sufrimos una suerte de ceguera selectiva; somos testigos que, por mirar el árbol, ignoramos el bosque. Es la paradoja del observador que describe Dziga Vertov con su «cine-ojo»: la lente ve más que el cerebro. Solo al ampliar la copia en el laboratorio, pude leer la verdad del tablero: jugada 40, una estructura de peones que evocaba una apertura cerrada, pero con boquetes en el flanco de rey que gritaban una vulnerabilidad absoluta.
La lógica frente a lo inefable
Pasé de ser un observador a ser el analista de El mundo de ayer de Stefan Zweig. Procesé la posición con un motor de ajedrez y consulté El arte del sacrificio en ajedrez de Rudolf Spielmann. La teoría era clara: un ataque a la bayoneta digno de Bobby Fischer. Pero la realidad, como en los mejores cuentos de Borges, siempre guarda un reverso inesperado.
Al regresar al torneo, descubrí que la partida ni siquiera se había reanudado. Unas tablas pactadas por intereses estratégicos —la obtención de una norma de Maestro Internacional— habían desactivado toda la violencia lógica que mi ordenador y yo habíamos previsto.
Aquella tarde comprendí que hay una zona de sombra que ni la emulsión de plata, ni los algoritmos más potentes, ni la dialéctica del ajedrez pueden iluminar: la voluntad humana, con sus pactos prosaicos y sus silencios, siempre escapa al encuadre.