sábado, 29 de agosto de 2026

Mi credo

Me gustan muchas cosas y me cuesta entender que la vida tenga que reducirse a unas pocas aficiones, certezas o rutinas. Me encantan los musicales, desde West Side Story hasta La tienda de los horrores. La rumba de Peret y Gato Pérez me parece fantástica. Y qué decir de los Beatles, los Rolling Stones o Guns N’ Roses. Michael Jackson tenía sus manías y sus sombras, pero su música me parece extraordinaria. Me gusta el jazz, la bossa nova, el fado, el flamenco, la música de los cantautores, la canción francesa, la música clásica y, en general, las músicas del mundo. No creo que haya que escoger una sola música, una sola cultura o una sola manera de entender el arte para disfrutar de las demás.

También me gusta leer, tanto en papel como en ebook, y hacerlo sobre asuntos muy diferentes. La curiosidad me parece una de las mejores formas de mantenerse vivo intelectualmente. Por eso me resulta empobrecedor convertir un solo libro, una sola teoría o una sola interpretación del mundo en una especie de doctrina personal. Prefiero leer mucho, contrastar, cambiar de opinión cuando sea necesario y conservar siempre un margen para la duda. Algo parecido me sucede con la tecnología: utilizo el móvil, la televisión y el ordenador, pero desconfío de una vida en la que las pantallas terminan ocupando todo el espacio que deberían dejar a la conversación, la lectura, la observación o simplemente al aburrimiento.

Pasear, con o sin rumbo, me parece una de las formas más sencillas de libertad. Caminar permite mirar, pensar, encontrarse con lo inesperado y descubrir lugares que no aparecen cuando todo se hace deprisa. Por eso me cuesta entender que utilicemos el coche o el autobús para cualquier trayecto, incluso para comprar el pan, y que pasemos tantas horas sentados. No todo tiene que ser útil, rápido o productivo.

Con la comida tampoco aspiro a convertir las preferencias en dogmas. Prefiero comer poca carne, pero no le hago ascos a un arroz con conejo, unos pies de cerdo con caracoles, una hamburguesa de ternera o unas costillas de cordero. El agua y la cerveza sin alcohol son mis bebidas habituales para acompañar la comida. De vez en cuando, sin embargo, una buena cerveza con limón sienta de maravilla, y en las grandes celebraciones me parece que no debería faltar un brindis con cava o algo parecido. Un café me ayuda a despertar, pero el té me hace sentir mejor. Y puestos a elegir, me gustaría poder tomarlos en la terraza de un bar sin tener que respirar el humo del tabaco.

Intento cuidar la alimentación y mantener cierta moderación, aunque tampoco me entusiasman las soluciones milagrosas. Me interesa lo que tiene fundamento, y por eso desconfío de los ayunos ritualizados o de cualquier práctica presentada como saludable simplemente porque está de moda, tiene tradición o se repite mucho. Que algo sea antiguo o popular no significa necesariamente que sea cierto.

Conversar me parece maravilloso. Escuchar a otras personas, discutir ideas y descubrir puntos de vista diferentes es una de las mejores maneras de aprender. Lo que me asusta es la conversación convertida en proselitismo: la matraca de quienes necesitan convencernos de que poseen una verdad absoluta, ya sean terraplanistas o defensores de cualquier otra teoría que no admita dudas ni evidencias en contra. Me interesa mucho más la curiosidad que la certeza y el diálogo que el adoctrinamiento.

Me gusta el orden y la limpieza, pero no hasta el punto de convertir una vivienda en un espacio impoluto y sin historia. Una casa completamente vacía de libros, discos, películas, fotografías y otros objetos culturales puede estar muy limpia y ordenada, pero también puede parecer un cementerio bien cuidado. Los objetos que acumulamos cuentan quiénes somos, qué hemos leído, qué hemos escuchado, qué hemos amado y qué hemos vivido. No quiero vivir entre trastos, pero tampoco entre paredes sin memoria.

Respeto profundamente las diferentes formas culturales y religiosas de relacionarse con la muerte y con los difuntos. Cada sociedad ha buscado sus propios rituales para afrontar algo que nos resulta difícil de aceptar. Yo, sin embargo, tengo claro que cuando muera será para siempre. No espero otra vida ni otra oportunidad. Por eso desearía que, cuando llegue el momento, no me hicieran sufrir más de lo inevitable y que, después, mis cenizas pudieran esparcirse por los alrededores de El Molón.

Guardo un gran recuerdo de los circos y los cómicos ambulantes de mi infancia, de la verbena de Sant Joan y, sobre todo, de los Reyes Magos. Hay recuerdos que sobreviven no porque fueran extraordinarios, sino porque forman parte de la manera en que aprendimos a mirar el mundo. La infancia está llena de esas pequeñas ceremonias que después se convierten en memoria.

De otras ceremonias, en cambio, me alejé. El franquismo me hizo aborrecer la Semana Santa. Supongo que también por eso desconfío de las tradiciones cuando dejan de ser una elección personal y se convierten en una obligación colectiva. Prefiero conservar aquello que nos ayuda a disfrutar, recordar, convivir y comprendernos, y dejar atrás lo que se utiliza para imponer miedo, culpa o una determinada manera de pensar.

Al final, creo que todo esto tiene bastante que ver con una misma forma de entender la vida: disfrutar de la cultura sin encerrarse en una sola cultura; comer con moderación sin convertir la comida en una religión; caminar sin necesidad de llegar a ninguna parte; conversar sin pretender tener siempre razón; mantener cierto orden sin borrar las huellas de nuestra vida; y afrontar la muerte sin demasiadas ilusiones, pero también sin renunciar mientras tanto a la curiosidad, al placer y a las pequeñas cosas que hacen que estar aquí merezca la pena.Me gustan muchas cosas y me cuesta entender que la vida tenga que reducirse a unas pocas aficiones, certezas o rutinas. Me encantan los musicales, desde West Side Story hasta La tienda de los horrores. La rumba de Peret y Gato Pérez me parece fantástica. Y qué decir de los Beatles, los Rolling Stones o Guns N’ Roses. Michael Jackson tenía sus manías y sus sombras, pero su música me parece extraordinaria. Me gusta el jazz, la bossa nova, el fado, el flamenco, la música de los cantautores, la canción francesa, la música clásica y, en general, las músicas del mundo. No creo que haya que escoger una sola música, una sola cultura o una sola manera de entender el arte para disfrutar de las demás.

También me gusta leer, tanto en papel como en ebook, y hacerlo sobre asuntos muy diferentes. La curiosidad me parece una de las mejores formas de mantenerse vivo intelectualmente. Por eso me resulta empobrecedor convertir un solo libro, una sola teoría o una sola interpretación del mundo en una especie de doctrina personal. Prefiero leer mucho, contrastar, cambiar de opinión cuando sea necesario y conservar siempre un margen para la duda. Algo parecido me sucede con la tecnología: utilizo el móvil, la televisión y el ordenador, pero desconfío de una vida en la que las pantallas terminan ocupando todo el espacio que deberían dejar a la conversación, la lectura, la observación o simplemente al aburrimiento.

Pasear, con o sin rumbo, me parece una de las formas más sencillas de libertad. Caminar permite mirar, pensar, encontrarse con lo inesperado y descubrir lugares que no aparecen cuando todo se hace deprisa. Por eso me cuesta entender que utilicemos el coche o el autobús para cualquier trayecto, incluso para comprar el pan, y que pasemos tantas horas sentados. No todo tiene que ser útil, rápido o productivo.

Con la comida tampoco aspiro a convertir las preferencias en dogmas. Prefiero comer poca carne, pero no le hago ascos a un arroz con conejo, unos pies de cerdo con caracoles, una hamburguesa de ternera o unas costillas de cordero. El agua y la cerveza sin alcohol son mis bebidas habituales para acompañar la comida. De vez en cuando, sin embargo, una buena cerveza con limón sienta de maravilla, y en las grandes celebraciones me parece que no debería faltar un brindis con cava o algo parecido. Un café me ayuda a despertar, pero el té me hace sentir mejor. Y puestos a elegir, me gustaría poder tomarlos en la terraza de un bar sin tener que respirar el humo del tabaco.

Intento cuidar la alimentación y mantener cierta moderación, aunque tampoco me entusiasman las soluciones milagrosas. Me interesa lo que tiene fundamento, y por eso desconfío de los ayunos ritualizados o de cualquier práctica presentada como saludable simplemente porque está de moda, tiene tradición o se repite mucho. Que algo sea antiguo o popular no significa necesariamente que sea cierto.

Conversar me parece maravilloso. Escuchar a otras personas, discutir ideas y descubrir puntos de vista diferentes es una de las mejores maneras de aprender. Lo que me asusta es la conversación convertida en proselitismo: la matraca de quienes necesitan convencernos de que poseen una verdad absoluta, ya sean terraplanistas o defensores de cualquier otra teoría que no admita dudas ni evidencias en contra. Me interesa mucho más la curiosidad que la certeza y el diálogo que el adoctrinamiento.

Me gusta el orden y la limpieza, pero no hasta el punto de convertir una vivienda en un espacio impoluto y sin historia. Una casa completamente vacía de libros, discos, películas, fotografías y otros objetos culturales puede estar muy limpia y ordenada, pero también puede parecer un cementerio bien cuidado. Los objetos que acumulamos cuentan quiénes somos, qué hemos leído, qué hemos escuchado, qué hemos amado y qué hemos vivido. No quiero vivir entre trastos, pero tampoco entre paredes sin memoria.

Respeto profundamente las diferentes formas culturales y religiosas de relacionarse con la muerte y con los difuntos. Cada sociedad ha buscado sus propios rituales para afrontar algo que nos resulta difícil de aceptar. Yo, sin embargo, tengo claro que cuando muera será para siempre. No espero otra vida ni otra oportunidad. Por eso desearía que, cuando llegue el momento, no me hicieran sufrir más de lo inevitable y que, después, mis cenizas pudieran esparcirse por los alrededores de El Molón.

Guardo un gran recuerdo de los circos y los cómicos ambulantes de mi infancia, de la verbena de Sant Joan y, sobre todo, de los Reyes Magos. Hay recuerdos que sobreviven no porque fueran extraordinarios, sino porque forman parte de la manera en que aprendimos a mirar el mundo. La infancia está llena de esas pequeñas ceremonias que después se convierten en memoria.

De otras ceremonias, en cambio, me alejé. El franquismo me hizo aborrecer la Semana Santa. Supongo que también por eso desconfío de las tradiciones cuando dejan de ser una elección personal y se convierten en una obligación colectiva. Prefiero conservar aquello que nos ayuda a disfrutar, recordar, convivir y comprendernos, y dejar atrás lo que se utiliza para imponer miedo, culpa o una determinada manera de pensar.

Al final, creo que todo esto tiene bastante que ver con una misma forma de entender la vida: disfrutar de la cultura sin encerrarse en una sola cultura; comer con moderación sin convertir la comida en una religión; caminar sin necesidad de llegar a ninguna parte; conversar sin pretender tener siempre razón; mantener cierto orden sin borrar las huellas de nuestra vida; y afrontar la muerte sin demasiadas ilusiones, pero también sin renunciar mientras tanto a la curiosidad, al placer y a las pequeñas cosas que hacen que estar aquí merezca la pena.

jueves, 13 de agosto de 2026

Elogio de la Canon T90


​Con solo mirarla se despertaba el deseo de poseerla. Su cuerpo era una maravilla: suave y estilizado, limpio y enigmático, sensual y exuberante. No le faltaba de nada, pero más que su figura, lo que realmente me impresionaba eran las cosas que hacía. Y aunque nos separaba la luna del escaparate, ya tenía la agradabilísima impresión de estar acariciándola, y lentamente ir desvelando sus misterios más ocultos hasta llegar a penetrar en el fondo de su alma.
​Aunque en circunstancias "normales" sirven casi todas las buenas, lo cierto es que, cuando se desea actuar con rapidez en las situaciones más adversas, hay que ser muy selectivo. De este modo me sentí fascinado ante aquella moderna cámara fotográfica de alta tecnología, la Canon T90. Me impresionó profundamente su medición "spot", su flash TTL y su rapidísimo motor integrado. No tuve que realizar ningún esfuerzo intelectual excesivo para darme cuenta de que con aquel maravilloso instrumento mis fotografías ganarían en rapidez y precisión.
​Mientras estaba absorto contemplándola, alguien intentó llamar mi atención diciendo "hola". Y al girarme, unos sensuales labios femeninos me dibujaron una sonrisa perfectamente estudiada, que interpreté como una clara invitación a realizar un intercambio sexual de carácter contractual dado que por aquella zona coincidían las tiendas de fotografía profesional con las profesionales del amor —a decir verdad, siempre me ha llamado la atención esta coincidencia espacial, pero lo que también me ha picado la curiosidad es el porqué el calificativo de "profesional" tiene connotaciones tan distintas en el arte fotográfico y en el arte de amar—. Correspondí a su saludo con otro "hola" y con una mirada triste casi tan estudiada como su sonrisa. Entonces unos inmensos ojos verdes tenuemente pintados de azul se clavaron ante los míos, mientras que sus labios escribían en el aire una frase preparada: "¿Quieres pasar un rato?".
​Tanto la cámara como la muchacha me habían fascinado. Estaba hecho un lío y no sabía si entrar en la tienda de fotografía o corresponder de alguna manera a la invitación de la muchacha. Finalmente opté por esto último, porque en mi escala de valores tienen prioridad los seres humanos a las maquinitas.
​Poco después, estábamos sentados en la terraza de un café. Nos bañaba la luz difusa de un lento atardecer de agosto que descubría con toda nitidez la enigmática belleza de su rostro, el dinamismo de unos senos que jugueteaban como peces infantiles bajo una blanca blusa de seda natural y el ligero bronceado de unas piernas perfectamente moldeadas que nos descubría una ajustada falda tejana. El contacto de mis labios con el reconfortante dulzor de una copa de Baileys me dio la suficiente valentía como para ser relativamente sincero. De este modo, le expliqué mi ansiedad por satisfacer un doble deseo: fotografiarla con la Canon T90. Mientras ella saciaba su sed con un refresco de cola sin cafeína, me miró como si yo fuera un ser alucinado, y entonces estalló en una risa absolutamente espontánea.
​Realmente estaba satisfecho porque había conseguido que ella se comportase de forma natural y dejase de representar aquel papel tan turbio, pero todavía esperaba que ella dejase de decir banalidades. Después de sorber un nuevo trago de Baileys le regalé una tierna mirada y le dije:
​—Bueno, ya es hora de que me cuentes algo, ¿no?
​Sus ojos buscaron los míos, posó su mano entre sus labios, sonrió artificialmente y poniendo cara de mujer fatal me dijo:
​—Yo soy la puta respetuosa.
​De repente empecé a recordar, y creí identificar su rostro en alguna de mis fotografías de teatro.
​—Claro, tú protagonizaste hace unos siete años un montaje de La puta respetuosa de Sartre. Tú estabas en una compañía independiente y yo empezaba a interesarme por la fotografía del espectáculo. Por aquel entonces yo trabajaba con una Canon A-1 y un 50 mm 1:1.4, y el Tri-X forzado a 1600 ASA y revelado con HC-110 era mi combinación preferida de película/revelador. Lo recuerdo todo menos tu nombre.
​—Me llamo Carmen y ciertamente representé la obra de Sartre siete años atrás. Pude verte claramente poco antes de que te quedaras como hipnotizado frente al escaparate de la tienda de fotografía; parecías estar tomando la fotografía de la sombra de un árbol proyectada en una pared. Como no llevabas cámara fotográfica pensé que estabas loco, pero después recordé que un extravagante fotógrafo tomó varias fotografías sin cámara mientras ensayábamos La puta respetuosa. Aquel fotógrafo se parecía mucho a ti, aunque más delgado y menos calvo. Acabé reconociéndote y decidí gastarte una pequeña broma para comprobar si realmente los fotógrafos poseen memoria fotográfica. Por cierto, tampoco recuerdo tu nombre.
​—Los buenos fotógrafos —contesté— poseen visión fotográfica, pero la memoria fotográfica es una virtud que normalmente no tenemos, ya que acostumbran a monopolizarla los estudiantes de Derecho, los opositores profesionales y los espías homologados. Me llamo José Manuel, aunque mis amigos más odiosos me llaman J. M.
​Me habló de que había regresado a los escenarios hacía escasos meses. Explicó cómo su exmarido le había presionado para dejar el teatro independiente y de que, después de su participación en La Pau retorna a Atenes de Rudolf Sirera, tuvo que elegir entre el escenario y su "Sheriff", y en mala hora se decidió —y cito palabras textuales— "por el de la pistola". Para ocupar su tiempo libre se matriculó en la Facultad de Geografía e Historia y, al cursar el quinto año la asignatura de "Historia del Arte Dramático", volvió a desatarse su pasión por el teatro. Naturalmente, no pudo encontrar ningún trabajo relacionado con la Historia, así que continuó trabajando en una lóbrega oficina.
​Carmen era una mujer extraordinariamente fotogénica y cada vez que me miraba con los ojos abiertos de par en par, yo previsualizaba su retrato fotográfico; la veía en un primer plano ligeramente picado y enfocando cuidadosamente unos ojos que miraban fijamente a la cámara. La profundidad de campo era muy pequeña porque utilizaba un Tamron 90 mm 1:2.5 a su máxima abertura, la cámara era una novísima Canon T90 con prioridad a la velocidad y con el índice de medición selectivo; la película Vericolor III fue la elegida para resaltar el ligero tono rosado de sus mejillas, el fascinante fulgor de sus ojos verdes y su hermosa media melena dorada. En ocasiones confundía la imagen previsualizada con la real; afortunadamente el Vericolor III no es Kodachrome, por lo que rápidamente aprendí a diferenciar ambas imágenes a través de los tonos suaves y la menor nitidez que daba la imagen previsualizada en Vericolor que la imagen real. Más tarde, la tarea se simplificó enormemente al previsualizar únicamente en blanco y negro, con Ilford FP4 revelada con Rodinal a 1:50 y positivada en Ilfospeed Multigrade II. Me sentía mucho mejor previsualizando en blanco y negro que en color, porque además de poder identificar claramente "la realidad y el deseo" —que diría Luis Cernuda—, podía apreciar también mejor la personalidad de la modelo. En realidad para el retrato no hay nada como el blanco y negro, porque proporciona la necesaria abstracción cromática para poder concentrarse plenamente en los rasgos físicos y psíquicos de nuestro modelo.
​Finalmente, acabé proponiendo a Carmen que participara en un proyecto fotográfico sobre retrato en el que relacionaba dialécticamente a la persona y al objeto que más deseaba en aquel momento: Carmen y la Canon T90. En definitiva, se trataba de lograr unas condiciones de ambientación e iluminación en las que el sistema fotométrico de la cámara, la resolución del objetivo, la inteligencia del fotógrafo y la fotogenia de la modelo fueran capaces de traducirse en buenos retratos fotográficos. Ella manifestó un sincero interés por mi proyecto, y nos citamos para desayunar dentro de tres lunas, es decir, el sábado. Me hubiera quedado con ella una eternidad, pero había quedado con unos coleguillas que estaban intentando montar un congreso de fotografía científica para el mes de septiembre. Además ella me dijo que tenía una cena con excompañeros de facultad que trabajaban de cualquier cosa menos de historiadores. Nos despedimos con un beso en la mejilla, mis labios quedaron impregnados de un delicado sabor a melocotón en almíbar y mi cuerpo vibró más que el espejo de una réflex de 6 × 7.
​Realmente, no resultaba demasiado difícil familiarizarse con el manejo básico de la Canon T90, especialmente si, como era mi caso, se tiene una experiencia previa con cámaras electrónicas. Pero las complejas medidas puntuales multizonales, los controles de sombras y altas luces, y la presunta conexión a un ordenador MSX, me hicieron quemar más neuronas de la cuenta, hasta que llegué a la conclusión de que de momento era mejor pasar de aquellas virguerías y utilizar el coco para corregir las situaciones de iluminación complicadas. Después de leer el libro de instrucciones, tomé unos retratos a "Lucy", la coquetona perrita pequinesa de mi vecino, y tras comprobar que los resultados habían sido correctos, me entregué a la preparación de la sesión con Carmen.
​Antes de iniciar la redacción del guion, perdí un par de horas hojeando los magistrales retratos de Julia Margaret Cameron, Nadar, August Sander, Cecil Beaton, Arnold Newman, Irving Penn, Richard Avedon, Yousuf Karsh, Diane Arbus y Philippe Halsman. Me pasé la tarde consultando revistas gráficas en una biblioteca pública. Poco antes de acostarme consulté mi archivo de retratos, y debo confesar que las comparaciones fueron odiosas.
​Todavía me quedaban dos lunas. Durante el penúltimo día estuve repasando La fotografía como documento social de Gisèle Freund, y aún me dio tiempo de poder visionar en mi videoteca Lolita, de Stanley Kubrick, y Manhattan, de Woody Allen. Posiblemente al lector le parecerá que esta no es una manera seria de preparar un proyecto fotográfico. Sin embargo, debo manifestar que tanto la lectura de ensayos fotográficos como la visión de películas cinematográficas hacen que el fotógrafo enriquezca extraordinariamente su bagaje. De esta forma acaban flotando en su intelecto nuevas ideas latentes que se revelan cuando el fotógrafo entra en acción. La obra de Gisèle Freund es una lúcida reflexión sobre el papel de la fotografía en la sociedad contemporánea, y sus comentarios sobre el retrato son absolutamente geniales. Kubrick y Allen son dos directores que acostumbran a pensar por sí mismos, además piensan muy bien en blanco y negro. Supongo que cualquiera de las películas monocromas de ambos directores hubiera servido, pero a decir verdad, las protagonistas de ambas me recordaban de alguna manera a Carmen y esta era una razón suficiente para volver a verlas.
​Tan solo me quedaba un día y tenía que escribir el guion; afortunadamente mi preparación teórica y psicológica no podía ser más afortunada, por lo que debo confesar que la redacción del guion fue tarea fácil. Reflexionar por escrito sobre los temas que uno va a fotografiar no es ninguna chorrada, sino que es un medio extraordinariamente útil para conseguir resultados aceptables; además conviene recordar que nuestros hermanos los cineastas siempre trabajan con guion. Sin embargo, hay que realizar guiones abiertos para dejar que la espontaneidad tenga su papel. Siempre realizo mis guiones utilizando un pequeño block de notas ligeramente inferior a una cuartilla, dedicando una hoja para cada apartado. El guion quedó de este modo:
​Título: Doble deseo.
Autor: José Manuel Torres.
Barcelona, abril de 1987.
​Tema: Retrato de una mujer.
Objetivos: Estudiar el comportamiento de una mujer y una cámara absolutamente maravillosas.
​Material: Canon T90, Tamron 90 mm 1:2.5, filtro ultravioleta, parasol, Ilford FP4.
​Iluminación: Luz natural difusa.
Fondos: Casas de planta y piso de finales del siglo XIX y principios del XX de expueblos que hoy están agregados a Barcelona.
​Descripción de la modelo: Se trataba de una de esas escasísimas mujeres que, cercana ya a los treinta, era capaz de despertar simultáneamente la atracción física y la admiración intelectual. Extrovertida e imprevisible, de manos finas y talle esbelto. Su afición por el teatro hacía que estuviese representando hasta en la vida real. Sus inmensos ojos verdes resplandecían como estrellas gemelas y su nariz de diosa griega nos conducía a unos labios diseñados para besarse. Su fracaso matrimonial, su monótono trabajo de administrativa y la falta de salida de sus estudios de Historia la hacían caer en periódicas crisis de identidad. En definitiva, se trataba de una rubia particularmente impactante a primera vista y absolutamente fascinante al conocerla mejor.
​Encuadres: Básicamente decidí dejarme llevar por las imágenes que había previsualizado, aunque introduje algunas modificaciones. Continué con la idea de que la modelo destacara del fondo, pero me pareció demasiado arriesgado realizar todas las tomas a máxima abertura, 2.5, dado que se suelen producir demasiadas aberraciones y las ópticas no rinden a tope. De este modo, mis diafragmas oscilarían entre 4 y 5.6. Evidentemente la mayoría de los encuadres serían verticales y bastante ajustados, no obstante también realizaría algunos horizontales en los que la modelo ocuparía una parte pequeña y lateralizada de la imagen; izquierda o derecha según los casos, dejando ver un fondo amplio y desenfocado que preferentemente sería alguna casa modernista o algún edificio público. También había pensado algunos encuadres en plano americano en los que los brazos y las caderas de Carmen describirían el armonioso lenguaje del deseo. Por el contrario huiría de las tomas de cuerpo entero, que siempre me recuerdan a las fotografías familiares mal hechas. En fin, intentaría jugar con su mirada y su sonrisa y no perdería la ocasión de resaltar su busto en algún contrapicado.

​Había llegado el día; después de un pantagruélico desayuno iniciamos la sesión fotográfica. Fotógrafo y modelo sintonizamos a la primera, parecía que nos transmitiéramos el pensamiento. La cámara funcionó perfectamente. La fotogenia de Carmen hizo que se despertaran algunas ideas latentes que flotaban en mi memoria. Fue, en definitiva, un éxito completo.
​El epílogo de esta historia concluyó aquella misma noche cuando, después de revelar los negativos, aprendimos juntos nuevas técnicas del positivado por contacto.
​J. M. Torres 

lunes, 10 de agosto de 2026

Fotografiar en agosto

​Este calor de plomo me está matando. Por eso aprovecho la tregua del amanecer para salir a tomar el fresco los días que despierto temprano. Tras despachar un café con leche con galletas —desayuno de campeones—, me eché a la calle. Me acompañaban el audiolibro de Viktor Frankl, El hombre en busca de sentido, y un cansancio rancio que me tomé la libertad de atribuir a la suma del calor, los años y la artrosis.
​Me apalanqué en un parque infantil con el triple y noble propósito de reposar la osamenta, asimilar el duro relato del psiquiatra austriaco y tratar de inmortalizar una modesta puerta de madera acariciada por las primeras luces de la mañana. Ya se sabe: el cartero siempre llama dos veces, Pedro Navaja nunca salía sin cuchillos de repuesto y los fotógrafos somos exactos al bacalao de George Bernard Shaw, en el sentido de que debemos despilfarrar miles de disparos al aire para que una sola imagen se salve de la quema.
​El caso es que disparé varias tomas a la dichosa puerta cuando, de pronto, el visor se me llenó de la masa encefálica de una señora con perrito que casi me tapó la lente. Se me abalanzó con el kit completo de la histeria ciudadana: que qué hacía yo allí, que si la había grabado, que le enseñara el móvil inmediatamente, que borrara la foto, que me iba a denunciar al mismísimo Tribunal de La Haya y que, por si fuera poco, ella no hacía nada malo porque llevaba bolsas para las cacas de su chucho. Un auténtico sainete.
​Creo que fue Mariano José de Larra quien sentenció que escribir en España es llorar. A este paso habrá que actualizar la máxima: salir a la calle a mirar el mundo y fotografiarlo es llorar, pedir perdón y buscarse un pleito. Hoy cotiza al alza la paranoia: se contempla con muchísimo más recelo a un fotógrafo aficionado intentando matar el tiempo para que el tiempo no lo mate a él, que a un reputado amigo de lo ajeno haciendo su agosto a plena luz del día.