Este calor de plomo me está matando. Por eso aprovecho la tregua del amanecer para salir a tomar el fresco los días que despierto temprano. Tras despachar un café con leche con galletas —desayuno de campeones—, me eché a la calle. Me acompañaban el audiolibro de Viktor Frankl, El hombre en busca de sentido, y un cansancio rancio que me tomé la libertad de atribuir a la suma del calor, los años y la artrosis.
Me apalanqué en un parque infantil con el triple y noble propósito de reposar la osamenta, asimilar el duro relato del psiquiatra austriaco y tratar de inmortalizar una modesta puerta de madera acariciada por las primeras luces de la mañana. Ya se sabe: el cartero siempre llama dos veces, Pedro Navaja nunca salía sin cuchillos de repuesto y los fotógrafos somos exactos al bacalao de George Bernard Shaw, en el sentido de que debemos despilfarrar miles de disparos al aire para que una sola imagen se salve de la quema.
El caso es que disparé varias tomas a la dichosa puerta cuando, de pronto, el visor se me llenó de la masa encefálica de una señora con perrito que casi me tapó la lente. Se me abalanzó con el kit completo de la histeria ciudadana: que qué hacía yo allí, que si la había grabado, que le enseñara el móvil inmediatamente, que borrara la foto, que me iba a denunciar al mismísimo Tribunal de La Haya y que, por si fuera poco, ella no hacía nada malo porque llevaba bolsas para las cacas de su chucho. Un auténtico sainete.
Creo que fue Mariano José de Larra quien sentenció que escribir en España es llorar. A este paso habrá que actualizar la máxima: salir a la calle a mirar el mundo y fotografiarlo es llorar, pedir perdón y buscarse un pleito. Hoy cotiza al alza la paranoia: se contempla con muchísimo más recelo a un fotógrafo aficionado intentando matar el tiempo para que el tiempo no lo mate a él, que a un reputado amigo de lo ajeno haciendo su agosto a plena luz del día.