El film de David Trueba, Saben aquell, me ha hecho recordar aquella Barcelona en la que fui más joven: la Barcelona de los años setenta y primeros ochenta, todavía envuelta en el humo de los bares, los cafés y los teatros; una ciudad que cambiaba deprisa, que salía de una época gris y descubría nuevas formas de vivir, de hablar, de amar y, por supuesto, de reír.
También me ha recordado que hay muchas maneras de vivir y muchas maneras de hacer reír. Eugenio, con su silencio, su mirada y sus historias aparentemente sencillas, convirtió la melancolía, el absurdo y la vida cotidiana en una forma de arte.
Inevitablemente, la película también me ha devuelto a aquellos ambientes cargados de humo, alcohol y otras sustancias y hábitos peligrosos que formaban parte de la vida cotidiana y que, por desgracia, todavía no han desaparecido. Pero, sobre todo, me ha recordado una época y una ciudad en transformación, y a una generación que aprendió a reírse de sí misma mientras intentaba aprender nuevas formas de vivir.
Quizá por eso el humor de aquellos años sigue teniendo algo de terapéutico: porque detrás de cada chiste había una verdad, y detrás de cada carcajada, una manera de sobrevivir.