lunes, 18 de mayo de 2026

Caminar 10.000 pasos

Modestamente, y sólo en mis mejores mañanas, a veces me permito imitar al gran Francesc Català-Roca en su etapa de jubilado. Català paseaba por Barcelona con una pequeña cámara de bolsillo equipada con un objetivo Zeiss, caminando sin prisa, como corresponde a los hombres que ya han dejado de fingir que el tiempo les pertenece. Se detenía en lugares particularmente fotogénicos, escogía una posición discreta y estratégica y esperaba. Esperaba simplemente a que ocurriera algo. O, más exactamente, a que la realidad tuviera la cortesía de organizarse ante sus ojos.
Ese gesto aparentemente inútil —esperar en una esquina a que pase una sombra, un perro, una pareja discutiendo o una anciana con bolsas de la compra— contiene probablemente más sabiduría que muchos tratados de productividad contemporánea.
Yo intento caminar diez mil pasos diarios, como recomiendan ahora médicos, relojes inteligentes y aplicaciones obsesionadas con evitar que muramos demasiado pronto. Así que me detengo menos que Català y, lamentablemente, tampoco poseo su mirada fotográfica. Él encontraba geometrías secretas; yo, con suerte, encuentro una farola torcida y un perro resignado.
Sin embargo, de vez en cuando hago alguna fotografía que me parece digna de salvarse del olvido inmediato. No digo una gran fotografía. No exageremos. A cierta edad uno aprende que la modestia no es una virtud: es simplemente una forma elegante de evitar el ridículo.
Por comodidad y discreción utilizo un smartphone. En este caso, un Huawei P40 con objetivo Leica, que funciona sorprendentemente bien para estos ejercicios de flânerie suburbana. Hay algo deliciosamente irónico en utilizar una tecnología diseñada para consumir vídeos idiotas y mensajes instantáneos con el propósito ligeramente anticuado de mirar el mundo.
Porque eso hacía el viejo flâneur: mirar.
Charles Baudelaire inventó la figura del flâneur como ese paseante urbano que vaga sin rumbo productivo, entregado a la observación minuciosa de la vida moderna. Más tarde, Walter Benjamin convirtió al flâneur en una especie de héroe melancólico de la ciudad contemporánea. Un espía sentimental del capitalismo. Un jubilado avant la lettre.
Y hay que reconocer que la jubilación favorece muchísimo el flâneurismo. El jubilado dispone precisamente de aquello que el capitalismo considera sospechoso: tiempo libre y lentitud. El jubilado pasea sin finalidad visible, y eso inquieta. La sociedad tolera mejor al corredor exhausto que al paseante contemplativo. El runner parece disciplinado; el jubilado que se detiene a mirar un balcón parece un individuo potencialmente peligroso o, peor aún, alguien que piensa.
Pasear tiene además un efecto terapéutico del que se habla poco. Caminar varias horas por la ciudad permite una saludable suspensión de la neurosis privada. Uno sale de casa preocupado por la tensión arterial, la factura de la luz o el deterioro de las rodillas y termina observando cómo un gato contempla el mundo desde un balcón con una serenidad budista.
La fotografía callejera cumple una función parecida. Obliga a prestar atención. Y prestar atención es quizá la forma más humilde y eficaz de meditación laica.
Mientras uno encuadra una sombra o espera a que un anciano cruce lentamente la acera con su perro, desaparece durante unos segundos el ruido mental habitual: la política, los suplementos culturales, el colesterol LDL y las noticias apocalípticas sobre inteligencia artificial. La cámara —incluso la humilde cámara del teléfono— actúa como una prótesis de la curiosidad.
En la fotografía que acompaña estas líneas aparece precisamente uno de esos momentos mínimos que probablemente no interesan a casi nadie y que, sin embargo, contienen una extraña densura humana. Un jubilado pasea a un perro. Arriba, en el balcón, otro animal observa la escena con esa superioridad moral que sólo poseen los gatos y algunos funcionarios de Hacienda. Una sábana cuelga atravesando la imagen como una bandera doméstica de rendición civil. La luz del mediodía organiza las sombras con una precisión casi teatral.
Nada extraordinario sucede. Y, sin embargo, sucede exactamente la vida.
Eso era lo que comprendían fotógrafos como Català-Roca: la épica verdadera de las ciudades no está en los monumentos sino en las pequeñas coreografías involuntarias de la gente corriente. Un hombre caminando. Un perro cansado. Un balcón desordenado. La ropa secándose al sol. La lenta decadencia de las fachadas. El milagro estadístico de que todos esos elementos coincidan durante una fracción de segundo.
Naturalmente, las redes sociales suelen recibir estas imágenes con una indiferencia devastadora. Uno sube la fotografía convencido de haber capturado una delicada meditación visual sobre la condición humana y obtiene tres “me gusta”: uno de un antiguo compañero de trabajo, otro de un primo que se ha equivocado de botón y un tercero generado probablemente por un bot ruso especializado en contenido geriátrico.
Las redes sociales prefieren otras cosas: gatos haciendo parkour, indignaciones instantáneas o fotografías de desayunos escandinavos. La contemplación lenta del espacio urbano compite mal contra una receta de tortilla viral.
Pero quizá esa indiferencia sea incluso saludable.
El fotógrafo aficionado jubilado descubre tarde o temprano que fotografiar no sirve para triunfar socialmente sino para sostener una conversación silenciosa con el mundo. Una conversación privada y ligeramente absurda. Uno sale a caminar con la vaga esperanza de encontrar algo que merezca ser mirado y regresa a casa con la sospecha de que el simple hecho de haber mirado ya justificaba el paseo.
Tal vez por eso tantos jubilados caminan.
Caminan para mantener a raya el azúcar, la hipertensión y la melancolía. Pero también para seguir formando parte del movimiento general de la ciudad. El jubilado sedentario desaparece lentamente; el jubilado que pasea todavía pertenece al paisaje humano.
Y si además lleva una pequeña cámara en el bolsillo —aunque sea un vulgar teléfono móvil con pretensiones Leica— puede incluso llegar a experimentar la ilusión maravillosa de que aún participa modestamente en la vieja tarea de descifrar el mundo.
No está mal para una mañana cualquiera.