Un día compartieron mesa y apuntes; al siguiente, un almuerzo en un bar moderno, de esos que parecen diseñados para turistas curiosos. La chispa saltó sin pedir permiso. En la Barceloneta se dieron su primer baño juntos, el Mediterráneo como testigo de una complicidad que crecía. Pronto fueron inseparables, y bajo las torres inacabadas de la Sagrada Familia se regalaron su primer beso público, torpe y luminoso.
Una herencia inesperada de un tío de Karl les permitió compartir apartamento y rutinas. Hubo sombras: por casualidad, Karl se reencontró con Christa, una antigua novia. Verónica lo supo y el enfado fue grande. Karl pidió perdón, aprendió a escuchar, y el amor encontró de nuevo su sitio. Se reconciliaron con la madurez que dan las decisiones difíciles.
Celebraron una boda civil con muchos invitados, risas en varios idiomas y una ciudad que los acogía. El embarazo de Verónica llegó con antojos y náuseas, pero también con una felicidad tenaz. Luisa nació como fruto de un amor trabajado día a día. Creció en una infancia feliz, mientras el mundo seguía sacudido por guerras atroces y desigualdad, recordándoles que, a veces, amar y cuidar también es una forma de resistencia.