jueves, 1 de enero de 2026

Verónica y Karl

En Barcelona, entre 2019 y 2025, la ciudad respiraba idiomas y promesas. Verónica, una joven latina llegada con la vocación clara de estudiar enfermería, pasaba tardes enteras en la biblioteca de la Universitat de Barcelona. Allí conoció a Karl, un alemán recién graduado en turismo que había aterrizado en la Ciudad Condal para aprender castellano y catalán, convencido de que las lenguas también se estudian caminando las calles.

Un día compartieron mesa y apuntes; al siguiente, un almuerzo en un bar moderno, de esos que parecen diseñados para turistas curiosos. La chispa saltó sin pedir permiso. En la Barceloneta se dieron su primer baño juntos, el Mediterráneo como testigo de una complicidad que crecía. Pronto fueron inseparables, y bajo las torres inacabadas de la Sagrada Familia se regalaron su primer beso público, torpe y luminoso.

Una herencia inesperada de un tío de Karl les permitió compartir apartamento y rutinas. Hubo sombras: por casualidad, Karl se reencontró con Christa, una antigua novia. Verónica lo supo y el enfado fue grande. Karl pidió perdón, aprendió a escuchar, y el amor encontró de nuevo su sitio. Se reconciliaron con la madurez que dan las decisiones difíciles.

Celebraron una boda civil con muchos invitados, risas en varios idiomas y una ciudad que los acogía. El embarazo de Verónica llegó con antojos y náuseas, pero también con una felicidad tenaz. Luisa nació como fruto de un amor trabajado día a día. Creció en una infancia feliz, mientras el mundo seguía sacudido por guerras atroces y desigualdad, recordándoles que, a veces, amar y cuidar también es una forma de resistencia.

La última partida de 2025



​El frío de la mañana del 31 de diciembre no era rival para la calidez del Bar Amsterdam. A las 10:00 en punto, como si un reloj de torneo dictara sus movimientos, los cuatro amigos se reunieron frente a la mesa de siempre. Óscar, Juan José, Ignasi y José Manuel, pilares del colectivo, no necesitaban grandes celebraciones nocturnas; su despedida del año se jugaba sobre los escaques.
​Entre el aroma a café recién hecho y el murmullo acogedor del local, desplegaron el tablero. Decidieron jugar en consulta: dos mentes contra dos, un diálogo de estrategias susurradas y miradas cómplices.
​La partida fue un reflejo de la vida misma. En el medio juego, las piezas blancas lograron una ventaja decisiva, capturando una pieza limpia que parecía sentenciar el destino del encuentro. Sin embargo, en el ajedrez, como en el último día del año, la confianza puede ser una trampa. Entre sorbo y sorbo de café, la resistencia de las negras se volvió férrea, aprovechando cada imprecisión hasta que, contra todo pronóstico, las blancas inclinaron su rey.
​La derrota de las blancas no empañó el ambiente. Al contrario, fue el detonante de las risas y el análisis compartido. Porque para el colectivo Torre Roja, el resultado era lo de menos. Lo importante era que, un año más, habían cumplido con la tradición de compartir el tiempo, la amistad y la pasión por el juego ciencia.
​Al salir, el sol de invierno brillaba sobre el barrio. Se despidieron con un abrazo, sabiendo que el año terminaba de la mejor manera posible: con una buena partida en la memoria y el sabor de un buen café en los labios.