El frío de la mañana del 31 de diciembre no era rival para la calidez del Bar Amsterdam. A las 10:00 en punto, como si un reloj de torneo dictara sus movimientos, los cuatro amigos se reunieron frente a la mesa de siempre. Óscar, Juan José, Ignasi y José Manuel, pilares del colectivo, no necesitaban grandes celebraciones nocturnas; su despedida del año se jugaba sobre los escaques.
Entre el aroma a café recién hecho y el murmullo acogedor del local, desplegaron el tablero. Decidieron jugar en consulta: dos mentes contra dos, un diálogo de estrategias susurradas y miradas cómplices.
La partida fue un reflejo de la vida misma. En el medio juego, las piezas blancas lograron una ventaja decisiva, capturando una pieza limpia que parecía sentenciar el destino del encuentro. Sin embargo, en el ajedrez, como en el último día del año, la confianza puede ser una trampa. Entre sorbo y sorbo de café, la resistencia de las negras se volvió férrea, aprovechando cada imprecisión hasta que, contra todo pronóstico, las blancas inclinaron su rey.
La derrota de las blancas no empañó el ambiente. Al contrario, fue el detonante de las risas y el análisis compartido. Porque para el colectivo Torre Roja, el resultado era lo de menos. Lo importante era que, un año más, habían cumplido con la tradición de compartir el tiempo, la amistad y la pasión por el juego ciencia.
Al salir, el sol de invierno brillaba sobre el barrio. Se despidieron con un abrazo, sabiendo que el año terminaba de la mejor manera posible: con una buena partida en la memoria y el sabor de un buen café en los labios.