Ting caminaba por el bazar oriental con el corazón pesado, arrastrando una soledad que ni el sol de la tarde lograba entibiar. Tras su reciente ruptura, el silencio de su casa se había vuelto insoportable. Fue entonces cuando lo vio: un espejo de marco labrado, con volutas de madera oscura y reflejos que parecían tener vida propia. Lo compró sin dudar, esperando que un objeto tan bello lograra, de algún modo, disimular el vacío de su sala.
Lo que Ting no sabía es que aquel no era un cristal ordinario. Dentro de esa profundidad plateada malvivía Jonás, un joven marinero de espíritu aventurero que, años atrás, había sido secuestrado por un genio malvado. El genio, envidioso de la libertad de Jonás sobre las olas, lo había hechizado, condenándolo a habitar el reverso del mundo, observando la realidad como quien mira a través de una ventana empañada.
El Encuentro de dos Soledades
Al principio, Ting solo veía su propio rostro entristecido, pero con el paso de los días, la imagen empezó a cambiar. Una tarde, al acercarse al espejo con ropa sencilla de estar por casa, notó una presencia tras ella. No era un fantasma, sino un hombre de mirada profunda y gafas, que la observaba con una mezcla de asombro y desesperación.
Jonás, desde su encierro, buscaba ayuda desesperadamente. Pero al ver a Ting, su urgencia cambió. Ya no solo quería escapar; quería conocer a la mujer que suspiraba frente a su prisión. Por arte de magia, sus miradas se cruzaron. En ese instante, el frío del cristal pareció desvanecerse.
El Hechizo Quebrado
El amor, esa fuerza que el genio no pudo prever, empezó a manifestarse. Ting comenzó a ver en el espejo versiones de una vida que aún no habían tenido:
• Se vio a sí misma sonriendo de nuevo, luciendo un vestido azul floreado.
• Vio a Jonás abrazándola por la cintura, protegiéndola del mundo exterior.
• Incluso vio paisajes lejanos, bosques verdes donde ambos caminaban como senderistas, libres de cualquier maldición.
Un día, Ting no pudo más. Apoyó su mano sobre el cristal y sintió el calor de la mano de Jonás del otro lado. El deseo de estar juntos fue más fuerte que la madera y el vidrio. Con un estruendo que sonó como música, el espejo se fragmentó en mil pedazos de luz.
Un Nuevo Comienzo
No hubo heridas, solo libertad. Jonás dio un paso hacia el suelo de madera de la habitación, dejando atrás su prisión de siglos. El marinero y la mujer que buscaba consuelo se fundieron en un beso que selló su destino.
Desde entonces, ya no necesitan espejos para verse. Ahora recorren juntos los bosques que una vez soñaron, cargando solo con lo necesario para una vida de aventuras, dejando que el pasado sea solo un reflejo lejano que el tiempo terminó por borrar.