domingo, 19 de abril de 2026

Memoria de luces y sombras


​Apenas frecuento ya las salas de cine. Hoy, mi ritual se ha vuelto más íntimo: busco tesoros en formato DVD en las estanterías de las bibliotecas públicas, alimentando una pequeña colección personal donde el cine mudo —esos susurros de principios del siglo XX— ocupa un lugar de honor.
​Sin embargo, mi memoria siempre regresa a aquel haz de luz que el sacerdote de la parroquia de San Esteban proyectaba en la penumbra. En mi infancia, la magia eran los westerns, las peripecias de Charlot o las desventuras de El Gordo y el Flaco. Poco después, cuando cumplí los diez años, la primera televisión en blanco y negro colonizó mi salón. Guardo con una ternura intacta el recuerdo de Locomotoro, Valentina y el Capitán Tan, aunque el tiempo, siempre generoso, acabó por abrirme las puertas a los ciclos de Humphrey Bogart y Marilyn Monroe.
​Por aquel entonces, la figura de mi tío José Martínez irrumpía de vez en cuando en Barcelona. Venía de Perpiñán, donde se había afincado en los años treinta, y traía consigo un aura más francesa que española. Fue él quien, con su cámara, capturó mis primeras imágenes domésticas en color; y fue él quien me llevó de la mano a descubrir la inmensidad de La conquista del Oeste en el mítico Cinerama del Paralelo, antes de conducirme a mi primera corrida de toros.
​Años más tarde, el cine dejó de ser solo asombro para convertirse en estudio. De la mano de Miquel Porter, aprendí a descifrar la historia a través de la lente y rescaté, con ojos nuevos, las imágenes de mi adolescencia. Bajo su tutela descubrí la fuerza del cine soviético y el expresionismo alemán; me fascinó especialmente La fiebre del ajedrez, aquella joya de 1925 donde la figura de José Raúl Capablanca se movía entre fotogramas.
​Todavía puedo sentir el impacto de ver, hacia 1979, Star Trek en la pantalla del cine Río, en la calle Matanzas. Solía frecuentarlo porque allí cerca, en mi querido Club d’Escacs Congrés, pasaba las tardes entregado al tablero. Eran tiempos en los que el barrio estaba vivo de salas: el Diamante en la Riera de Horta, el Virrey, o los templos del paseo de Fabra i Puig: el Astor, el Victoria y el Odeón.
​Hoy, de toda aquella geografía sentimental, solo nos queda el refugio moderno del Heron City. El resto es, como en las películas que tanto amo, un fundido a negro.